NAVEGAR ES NECESARIO

 

 

Si el país no es un barco a la deriva en peligro de naufragio, se debe a la sensatez, ecuanimidad y prudencia de la mayoría de sus ciudadanos. Pero lo que preocupa hondamente es el hecho que, de esta forma, si bien el barco puede mantenerse a flote, permanece en el mismo lugar, en tanto no cuenta con un rumbo cierto hacia el cuál navegar.

 

Las actuales dirigencias hegemónicas en los partidos políticos se comportan como si la oficialidad, encargada de trazar la ruta, hubiera sido ganada por la demencia. Divididas por lo menos en dos bandos, corriendo frenéticamente de estribor a babor, dando órdenes a voz en cuello apuntando a destinos diametralmente opuestos, mientras los atónitos marineros que contemplan el espectáculo permanecen inmóviles, conformándose con que el barco permanezca anclado, flotando sobre las aguas. Y aunque las aguas pasan y pasan, el barco allí se queda...

 

En la medida que nos acercamos al próximo año electoral, somos testigos del apresurado comportamiento de aquellos dirigentes que se conforman con estrategias de confrontación, creyendo que las posiciones negativas les acarrearán importantes réditos electorales y un presumible acceso al poder. Otros sólo se desvelan -deambulando de pueblo en pueblo- por mantener, con suerte, las posiciones que hasta el presente ocupan; y buen número de oportunistas no atinan a descubrir como apostar a ganador.

 

Es decir que, al menos hasta ahora, no se vislumbra en las dirigencias políticas la sensatez, madurez, ecuanimidad y prudencia para proponer el rumbo que la ciudadanía en silencio y que con tanta paciencia espera.

 

Además, hasta el mes de diciembre del presente año, la discusión se verá polarizada por un tema meramente instrumental, como lo es la Ley de Ancap, dilatando el debate trascendente sobre los nuevos rumbos que el país reclama. Aún más, gran parte de las dirigencias políticas entrarán en una polémica de sordos, dado que los promotores del referéndum son partidarios del status quo en la empresa pública en la que muchos de ellos trabajan, siendo verdaderos privilegiados respecto de la mayoría de trabajadores que viven cotidianamente la zozobra del flagelo del desempleo.

 

Los dirigentes sindicales de Ancap que promovieran dicho referéndum se comportan como si la empresa en la que tienen el privilegio de trabajar –y de la que son inamovibles- les perteneciera, cuando en verdad es propiedad del conjunto de la ciudadanía; es de ellos y de los demás compatriotas, tanto de los que tienen trabajo seguro, como de los miles y miles cuyos empleos son precarios o de baja calidad o se encuentran sin empleo.

 

Los grandes problemas del país son otros y muchos más importantes. Y su evolución, el verdadero rumbo hacia el progreso de la nación, es encontrar los caminos más fecundos hacia el desarrollo, dejando de lado toda visión reaccionaria, sea ésta de izquierda o de derecha.

 

Sólo avanzaremos decididamente hacia el futuro si  garantizamos que todo lo adquirido -el conjunto de libertades y su consecuente institucionalidad democrática-,  no se encuentre amenazado por corrientes ideológicas que lo menosprecian y que bregan por imponer, al conjunto de la sociedad, visiones arcaicas.

 

Esto no quiere decir que la sociedad no necesite reformas profundas, muy por el contrario. Tenemos el más firme convencimiento de que los grados de injusticia son elevados y continúan profundizándose.

 

Y el problema fundamental para que la sociedad sea cada vez más libre y democrática, llegados hasta el momento actual, es el de encontrar el rumbo hacia la decidida superación de la injusticia en sus diferentes manifestaciones que la crisis de los últimos años tanto agudizara.

 

La cuestión no pasa por derrumbar lo conquistado por la sociedad  a lo largo de su marcha histórica, sino de ser capaces de avanzar a partir de todo lo andado. La mayor lección que nos deja el siglo XX es de que toda sociedad que llega a una instancia en la que anuncia la abolición de su pasado, no esta haciendo otra cosa que repetirlo.

 

La experiencia histórica de la sociedad uruguaya nos demuestra que ella crece y avanza, en la medida que a los individuos que la componen se les brindan las posibilidades educativas y culturales de desarrollarse, de ser capaces de pensar y actuar por sí mismos. Esa es la tradición más elevada que también aún conserva nuestra sociedad, encontrándose todavía presente, en mayor o menor medida, en todos y cada uno de los diferentes y heterogéneos agrupamientos políticos, que es crucial potenciar para superar tantas paralizantes falsas oposiciones y, de una vez por todas, poder volver a navegar.

 

Luis Alemañy