La
administración del poder no es cosa sencilla. Mucho más cuando no se tiene una
formación política que permita desarrollar la habilidad de negociar y tranzar
encontrando los puntos de contacto entre lo que “se quiere”, lo que “quieren los
demás” y lo que “se puede”. Para que esto se dé es imprescindible, entre otras
cosas, disponer de la suficiente humildad, y más diría ubicación de reconocer
que la única verdad, si es que esta existe, puede no ser la propia. Pero
además, hay que tener bien en claro, que el “yo”debe disfumarse más cuanto más
importante es el cargo que se ocupa.
A
partir de la generación de un clima de
verdadero dialogo, es que los que saben, consiguen administrar, con justicia,
el poder que detentan.
Con
alarma vemos que andamos bastante lejos de esto. La pelota del autoritarismo ya
pego varias veces en el palo, y apenas van unos pocos minutos de juego.
Y
como para muestra alcanza un botón: El caso Leborgne desnuda el problema en toda su dimensión. La patética
sustitución de un mundialmente reconocido científico por una profesional
carente de antecedentes, por el exclusivo cargo de competir
medico-profesionalmente con la empresa familiar del Dr.Vazquez, da vergüenza
ajena. Es que resulta tan grotesca la arbitrariedad de la decisión, que solo
pudo ser superada en su brutalidad por el contraataque infantil que se puso en
practica para acusar a quienes solo pretendieron defenderse.
Así,
las cosas van mal. MUY MAL.
Es
que de la frontera que separa al ejercicio democrático republicano, nada quedó
en esta oportunidad. La misma fue bombardeada con cobalto, probablemente suministrado por la clínica COR.
Cuidado
con perder los puntos de referencia. Alerta con la ceguera del poder. Cuidadito
de no cruzar la delgada línea que separa a la autoridad del autoritarismo.