La carta
En
una semana signada por polémicas medicas y cortinas de humo de tabaco se dieron
a conocer por parte de las autoridades económicas la Carta de Intención que
nuestro gobierno suscribió con el Fondo Monetario Internacional de forma de
garantizar la asistencia crediticia suficiente tanto para la sustentabilidad
del programa financiero como para estar en condiciones de recibir los fondos de
los otros multilaterales dirigidos al financiamiento de obras de
infraestructura y reformas estructurales.
Hasta
ahora el análisis de la misma ha quedado reservado para los especialistas, dado
que el debate político va como casi siempre en la trascendencia de mantener el
asado de manufactura a treinta pesos o en la
eventual falta de soberanía de una hipotética inversión uruguaya en los
Estados Unidos, pero lo que es seguro que a medida que se acerque la etapa
presupuestal vamos a tener la posibilidad de ver un nuevo lió en ciernes en el
oficialismo.
Los
compromisos asumidos son inclusive más restrictivos que toda carta intención
firmada con anterioridad, iniciar la discusión del presupuesto nacional con la
intención de llegar a un superávit primario del entorno del 4 % del PBI para los años venideros,
plantea un horizonte poco propenso a aquellas “iniciativas populares” plasmadas
por la izquierda en aditivos legislativos que recogían al barrer todo planteo
proveniente de cualquier repartición del Estado, termina con la máxima definida
por la pro actividad estatal para generar crecimiento porque obviamente limitará
tremendamente las inversiones y obras públicas y lo más preocupante es que
define como prioritario la baja de inflación por encima de la competitividad lo que asegura en el mediano plazo un mercado seco
de moneda nacional y un dólar con un
techo de 25 pesos o menos.
Vemos
por tanto plasmado en la realidad el “modelo frentista”, la receta del país
productivo con atraso cambiario
comprometido y con todo tipo de promesas de recuperación salarial en el sector
público modificada al influjo de esta
extensión del Consenso de Washington de corte progre, así que nada podrá
decirse de Zerbino, Braga, De Posadas, Mosca, Bension o Alfie, dado que la
terminología es literalmente similar y por ende reivindicatoria.
Salvo
por la herejía de no favorecer el tipo de cambio, estamos absolutamente de
acuerdo con lo comprometido, siempre creímos en la necesidad de generar un
marco propicio para las inversiones, siempre sostuvimos que esta es la única
forma de asegurar empleos genuinos, apoyamos de todas las maneras existentes
mecanismos para reducir el peso del aparato estatal en nuestra economía, para
favorecer el crecimiento económico, y por supuesto que apostamos a un
presupuesto austero y equilibrado de las finanzas públicas.
Fueron
otros los que hablaron de que la Shell y la Texaco invertían para apropiarse
del agua de los uruguayos, otros fueron los que solucionaban los aumentos
salariales con la maquinita de imprimir billetes y otros fueron los dueños de
los originales conceptos de déficit
buenos, de inflación controlada y beneficiosa, o deuda externa confiscatoria.
Ahora
que son gobierno se conocerá la verdad, probablemente llena de reproches a la
herencia maldita, llena de declaraciones de buena voluntad y tapadas de
excusas.
Lo
que seguro también habrá es un incumplimiento o con lo comprometido con el
Fondo o con las promesas electorales, dado que en Economía por ahora esta todo inventado y no hay
ingreso ciudadano que pueda hacerle frente.
Cualquiera
que sea el camino elegido lo padeceremos todos los uruguayos, así que a
prepararse desde el gobierno, porque la opción de gobernar en solitario es suya
y nada más que suya y la de practicar el doble discurso también.
Suerte
en pila.
Sebastián
da Silva