Comienzo tienen las cosas
Diversas
tendencias nos llevan a pensar que la coyuntura económica crítica que comenzara
hace más de cuatro año se encuentra llegando a su fin. La situación en la
región tiende a estabilizarse y, como consecuencia de ello, podemos avizorar el retorno al camino del
crecimiento de nuestra alicaída economía.
Ante
esta nueva coyuntura, debemos resaltar que las dramáticas secuelas de estos
años lo constituyen la situación de verdadera emergencia social en la que
diariamente sobreviven cientos de miles de compatriotas. Y dado los escasos
recursos y la lentitud con que el crecimiento económico repercutirá en la
creación de empleos, todos los esfuerzos que se hagan, desde los diferentes
ámbitos del Estado, difícilmente alcanzarán a paliar las necesidades
insatisfechas de tantos ciudadanos. En escueta síntesis, podemos avizorar un
proceso de recuperación de largo aliento y de muchos sacrificios para remontar
el conjunto de dificultades que tanto se ha acrecentado en los últimos años.
Esta
realidad se torna aún más compleja si le sumamos el escepticismo generalizado
de la ciudadanía y su visión crítica del estado actual de la política en
general y de la actuación de los políticos en particular.
Y
no se trata de un estado de ánimo de los ciudadanos ante una desmesurada
coyuntura crítica, propiciada por un sinfín de factores exógenos que cualquier
analista sensato no puede minimizar. No estamos tampoco ante una situación,
como la asumida por algunos actores políticos, que encuentre explicación en la
culpabilidad de un ciudadano o dos o tres, o de un partido político o dos.
Nuestra
situación es mucho más grave y profunda. En estos últimos años se ha hecho un hábito el atender pura y
exclusivamente los asuntos urgentes y prioritarios, postergando los de fondo y más esenciales para el futuro del
país. Esa es la base en la que se sustenta el escepticismo de los ciudadanos,
abonado con los fenómenos de corrupción de dirigentes políticos que no han
cesado de atormentarlos en los últimos años y que te tan generalizadamente se
han hecho públicos en las últimas semanas.
Han
pasado ya unos cuantos años desde que Juan Andrés Ramírez, enfrentara sin
subterfugios y sin cálculos políticos menores, el flagelo de la corrupción
política que se instalara, nuevamente, después de la recuperación de la
institucionalidad democrática, demostrándonos lo poco que las dirigencias
políticas han reflexionado sobre las luctuosas décadas que el país viviera con
anterioridad. Y han pasado algo más de dos años de que el principal dirigente
de nuestro sector le planteara, a todo el Partido Nacional, la urgente
necesidad de la renovación de sus ideas. De allí surgen las propuestas
centrales de la nueva Declaración de Principios del Partido Nacional,
definiéndolo ideológicamente como liberal igualitario y cuyo objetivo
primordial es el de abocarnos a la construcción de una sociedad justa.
Es
en estos temas que encontramos el comienzo que deben tener las cosas
importantes y de fondo que la sociedad uruguaya requiere de manera perentoria,
en el más estricto apego al punto de vista de Rodó que nos recomendara “la consideración de los orígenes humildes de las cosas,
que después se engrandecieron y magnificaron”.
Si partimos de que la recuperación que el país hoy puede
vislumbrar es de largo aliento y de muchos sacrificios, ellos sólo serán
posibles si produce una profunda renovación ética y moral de la política y los
políticos que la ejercen. Y si estamos convencidos, como lo estamos, que serán
necesarios muchos sacrificios, ellos no pueden recaer, como hasta ahora, sobre
los que menos tienen, como nos lo demuestran fehacientemente los últimos
estudios realizados sobre el actual sistema tributario.
El grave estado de injusticia en el que sobreviven cientos de
miles de compatriotas, es el objetivo central que debemos atacar, para
cohesionar el conjunto de la sociedad y darle sentido y contenido a la unidad
fundamental de la nación que tan cuestionada se encuentra en este período de la
historia que nos toca enfrentar. Paralelamente debemos dotar al sistema de
justicia de instrumentos eficaces e implacables para luchar contra el creciente
flagelo de la corrupción.
Esas dos líneas programáticas y de acción, constituyen la
columna vertebral de las certidumbres fundamentales que tanto necesita el
conjunto de la ciudadanía para volver a creer y crecer como sociedad,
haciéndola cada vez más libre, democrática y justa.
Es sobre estas bases que debemos trabajar para la construcción
del proyecto de país de cara al
porvenir que concite la adhesión de las amplias mayorías ciudadanas, por encima
de sus pertenencias político-partidarias. Esa es la tarea primordial del
momento actual, en la que debemos sumar esfuerzos con todos los
correligionarios y compatriotas consustanciados con esta misión que, con
matices y en silencio, es la que hoy exige el conjunto de la ciudadanía, pero
que de manera estentórea reclama la experiencia histórica de la nación.
Luis Alemañy