Reencontrar el rumbo

 

Apenas comenzado el nuevo siglo, nuestro sector político, encabezado por Juan Andrés Ramírez, fruto de la reflexión sobre la crisis ética y política vivida por el Partido Nacional en el último lustro del siglo XX, planteó en la Comisión Delegada de la Convención Nacional que los graves problemas que acuciaban a nuestra colectividad solo podrían remontarse a partir de una profunda renovación de las ideas, obteniendo en dicho ámbito un importante consenso.

 

A poco andar, llegamos al convencimiento de que la crisis de ideas experimentada al interior del Partido Nacional desde la desaparición física de Wilson Ferreira Aldunate, formaba parte de la crisis de las ideas que vivía el conjunto de nuestra sociedad y de sus expresiones políticas, desde la década de los años sesenta, cuando el país -a pesar de la rica historia de sus ideas y su experiencia política propia-, se sumergiera en la mundialización de la Guerra Fría.

 

Es en dicho marco que debemos comprender el fecundo legado que Wilson le dejara a su Partido y la sociedad uruguaya en su conjunto. Hasta ahora ha sido ampliamente reconocido su papel en la lucha por la recuperación democrática y la reconciliación nacional, aunque cuando los historiadores comiencen a investigar minuciosamente el período pos-dictatorial y las circunstancias particulares en las que el Poder Legislativo aprobó la “Ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado” en los últimos días de 1986, se acrecentará su figura ante las generaciones por venir.

 

Tenemos la profunda convicción que la historia destacará a Wilson Ferreira Aldunate como el único líder que, por su grandeza política y amplitud de miras, supo consolidar la pacificación de la República, en la coyuntura más dramática y peligrosa que viviera el país en el último cuarto de siglo, haciendo a un lado las enormes injusticias cometidas sobre su persona y las persecuciones que por azar no terminaran con su propia vida junto a sus compañeros y amigos.

 

Mas, si todo esto fue crucial para poder vivir en paz y en democracia hasta nuestros días, la misión fundamental hasta ahora escasamente comprendida, desde que  Wilson asumiera el Ministerio de Ganadería y Agricultura y el liderazgo político a fines de la década de los sesenta y comienzos de los setenta, fue de que el país no perdiera definitivamente el rumbo de las grandes realizaciones sociales, económicas, políticas y culturales que, de manera pionera, la sociedad uruguaya había comenzado después de 1904, guiada por el formidable impulso intelectual de la Generación del 900.

 

           

Wilson Ferreira Aldunate, así como Carlos Quijano, Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini, -muy por encima de los matices ideológicos que los pudieran diferenciar, pero altamente complementarios y consensuales-, se habían formado a la luz de la naciente filosofía de la inteligencia que acababan de fundar José Enrique Rodó y Carlos Vaz Ferreira, como nos lo demostrara fehacientemente Arturo Ardao. Ellos aprendieron muy tempranamente que “los hombres de pensamiento pueden ser también hombres de acción, sólo que de mucha más acción”, como enseñara a tantas generaciones de uruguayos Carlos Vaz Ferreira.

 

           

El papel determinante de los hombres en la historia ha quedado indeleblemente probado en estos últimos largos años, en los que no hemos podido contar con todos ellos, y en particular con Wilson y su consolidado liderazgo nacional. De ahí que el país continúe prisionero de las oprobiosas consecuencias de la Guerra Fría, sin poder volver a encontrar el rumbo de las grandes realizaciones sociales, económicas, políticas y culturales. Y lo paradojal de la historia ha sido corroborar como, a partir de que finalizara la Segunda Guerra Mundial, los países de Europa Occidental emprendieran ese mismo rumbo que Uruguay acertara a encontrar en los albores del siglo XX, llegando a transformarse en la gran potencia que hoy reconocemos como la Unión Europea.

 

           

Muy poco antes, en 1940, advertía Carlos Vaz Ferreira: “De nuestros antiguos modelos, sigamos tomando lo que sea progresivo y sano, sigamos recibiendo, y aplicando, imitando en su caso, aquello en que aun seamos inferiores; pero cerremos la América a todo lo que sea odio, persecución, intolerancia, prepotencia, absolutismo, crueldad, regresión; a todo lo que afecte, comprometa o confunda los supremos ideales humanos de libertad e individualidad. No sólo porque éstos son, en sí, los supremos bienes; sino porque nuestro continente tiene ya hoy, y puede ocurrir que deba asumir aún más gravemente, responsabilidad mundial.” (“Sobre interferencia de ideales, en general, y caso especial de imitación en Sudamérica”)

 

           

En directa relación con estas ideas y advertencias de Carlos Vaz Ferreira, escribiría Wilson Ferreira Aldunate en el exilio, exactamente cuatro décadas después, en el año 1980, en el diario “El País” de Madrid: “En mi país, el riesgo no es que un día demos la espalda a lo que se acostumbra a llamar los valores de Occidente, sino precisamente el contrario: que un día podamos llegar a la conclusión de que es mentira que Occidente cultive realmente esos valores.”

 

           

Ante un país que políticamente continúa dividido artificial y falsamente en dos, fruto del odio, la persecución, la intolerancia, la prepotencia, el absolutismo, la crueldad, la regresión residuales de los años negros, de los que a pesar de todo lo vivido siguen abrevando tantos intelectuales y dirigentes, es imprescindible abocarnos a la tarea de redescubrir el inagotable legado intelectual y político de nuestros mejores antecesores y profundizar el proceso de renovación de las ideas, como la mayor contribución que la sociedad uruguaya reclama.

 

No tenemos una idea aproximada del inmenso legado que continúa oculto en las mejores obras de nuestros antepasados, en las que podemos encontrar buena parte del diseño del porvenir que nos merecemos y, en particular, una nueva forma de pensar, de comprender la realidad y de hacer creativamente las cosas.

 

Ese es el único camino para volver a reencontrar el rumbo de las grandes realizaciones sociales, económicas, políticas y culturales que nuestro país perdiera hace ya cuarenta años y, si así no fuera, continuaremos como hasta el mismo día de hoy: viviendo a ciegas, inmersos en lo peor de nuestra historia, haciendo más de lo mismo,  cosechando fracaso tras fracaso.

 

Luis Alemañy