LA FILOSOFÍA DE LA INTELIGENCIA

 

 

Cuando finalizara el año 2000, escribimos que era altamente probable que la inmensa mayoría de los uruguayos más informados no tuviera conocimiento de que en ese año, se produjo un hecho que la posteridad recogerá como un hito en la evolución del pensamiento uruguayo, latinoamericano y universal: la publicación de “Lógica de la razón y Lógica de la inteligencia” de Arturo Ardao.

 

Aunque este tesoro filosófico que nos entregara el compatriota más sabio e ilustre que vive entre nosotros, continúa siendo frecuentado y estudiado en un círculo aún muy estrecho, debemos destacar la decisión de la Cámara de Senadores de publicar todas las obras de Arturo Ardao -adoptada en noviembre del año 2002, por la unanimidad de sus integrantes y que infatigablemente promoviera Adolfo Garcé, a partir de la iniciativa que propusiera Jorge Liberati-, en oportunidad de que festejáramos sus noventa jóvenes años.

 

Poco después, en “Filosofía de la inteligencia – Arturo Ardao, historiador y filósofo” –Suplemento Cultural de “El País” de Montevideo, 13/XII/2002-, Jorge Liberati ha escrito: “De esta manera se dibuja el triple sustento de un pensamiento que se arroga el difícil designio de reorganizar las ideas de la América Latina: la ciencia, la filosofía y la historiografía. Pero también la lógica y la epistemología, aun la lingüística, dan marco a varios ensayos de Ardao. Y además cultiva la historiografía y la historia de las ideas, principalmente en lo que tiene que ver con la génesis de las ideas y posteriores desarrollos. A su vez, la historia del detalle, esa otra historia subsidiaria de la historia mayor, en Ardao cobra un gran relieve. Para decirlo con palabras de Rodó, que el mismo Ardao estampa como epígrafe de uno de sus libros, esta historia es ‘la consideración de los orígenes humildes de las cosas, que después se engrandecieron y magnificaron’. Eso es lo esencial que los pueblos necesitan conocer para mejor comprenderse.

 

Continuando con esa tradición del origen humilde de las cosas, fue que se imprimió la primera edición de “Lógica de la razón y Lógica de la inteligencia, publicada por la Biblioteca de Marcha y la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, con el auspicio de la Universidad de la República. Su contratapa –escrita por María Angélica Petit, dilecta alumna del autor y destacada difusora de su obra- nos anuncia que se trata de una obra medular del pensamiento filosófico de Arturo Ardao, agregando que precedida de ESPACIO E INTELIGENCIA (Caracas 1983, Montevideo 1993), otro texto paradigmático del filósofo uruguayo, desarrolla y explicita uno de los temas en este libro comprendidos, para constituir uno de los mayores aportes a la filosofía en lengua española y el saber filosófico universal. Ardao se integra al debate contemporáneo sobre el valor de la razón abstracta y, sin mengua de ella, reivindica la legitimidad y el valor de la inteligencia creadora, de la inteligencia concreta y aplicada. La razón del sujeto histórico en sí mismo”.

 

En la introducción a Lógica de la Razón y Lógica de la Inteligencia”, Arturo Ardao advierte que no se interna este trabajo en el contenido o la materia de la Lógica, agregando que se trata de un trabajo, en consecuencia, no de lógica en cuanto específicamente tal, sino de filosofía de la lógica desde una de sus aristas.

 

El epígrafe que eligiera Arturo Ardao para su obra es el siguiente: “Ariel es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia…/Rodó, 1900.”

 

Es una obra erudita, en la que Ardao nos permite avanzar hacia lo que nos desea legar, comenzando por el Estagirita y culminando con los aportes más recientes, deteniéndose particularmente en los filósofos de la vida y desarrollando los temas esenciales que dejaran planteados, tanto Vaz Ferreira como los principales fundadores de la filosofía latinoamericana.

 

En el primer capítulo Ardao nos dice: “En el plano verbal, la distinción entre razón e inteligencia ha sido hecha desde antiguo por  el lenguaje filosófico, tanto como por el corriente. Prefigurada, o esbozada, en el originario dualismo helénico de los multívocos términos nous-logos, resultó definitivamente instaurada en el latino intelligentia-ratio.  No otra cosa que directos descendientes suyos han venido a ser dualismos románicos como intelligenza-ragione, intelligence-raison, inteligencia-razón; y todavía, el intelligence-reason, una de las numerosas presencias latinas en el inglés.” Para más adelante puntualizar: “Consideradas razón e inteligencia en el solo ámbito subjetivo de las facultades – empleando aquí con todo el convencionalismo  del caso el historiado término facultad – muy lejos están de resultar intercambiables. Una cosa es la razón, facultad del sujeto en tanto que sujeto racional, mediata aprehensora lógica de la legalidad de los fenómenos; y otra, la inteligencia, facultad del sujeto en tanto que sujeto inteligente, inmediata aprehensora supralógica de toda la compleja relación viviente – intelectual, pero además activa y afectiva – entre el objeto conocido y el sujeto que lo conoce./…Sirviéndose de las visiones directas que por distintas fuentes la inteligencia le aporta, la razón relaciona, identifica y cuantifica; lo hace en un abstracto plano en el que se ha establecido el vacío neumático – tropo léxico a la vez que literalidad etimológica – no sólo de las sensaciones sino también del movimiento, incluso del psíquico. Pero la inteligencia reconduce todavía el orden formal así logrado, a la realidad concreta de donde fue abstraído, para darle en lo que de orden tiene, su sentido más profundo: el de la diversidad y la cualidad, antitéticas al mismo tiempo que solidarias de la identidad y la calidad.”

 

En el primer capítulo Ardao clarifica que la distinción conceptual entre razón e inteligencia será con la que abordará, en el trabajo, la existente entre lógica de la razón y lógica de la inteligencia, sin que ninguna excluya a la otra. Para terminar diciendo: “En su común condición de facultades, o funciones, de conocimiento, es en definitiva una diferencia de grado –así llegue a ser decisiva en sus extremos – la que las separa: diferencia en el grado en que en una y otra se relaciona lo abstracto, dominante en la pura razón, y lo concreto, dominante en la vital inteligencia. Gradación, por otra parte, cuyos matices sólo la inteligencia es capaz de captar. / Cabe esperar en el futuro – acaso no demasiado próximo – nuevos vigorosos enriquecimientos de la lógica (como asimismo de la teoría del conocimiento), por los progresos de la investigación multidisciplinaria e interdisciplinaria de la inteligencia. De los Binet a los Piaget y continuadores – de diversidad científica y filosófica tanto como nacional – mucho camino se ha recorrido; pero mucho también, sin duda, queda por recorrer, particularmente en lo que respecta a enigmas del cerebro todavía pendientes./ En cualquier caso, el enunciado Lógica de la Inteligencia, lejos de constituir la propuesta de una lógica más, apuesta sólo a emparentar – y eventualmente unificar – las variadas lógicas que vienen ensayándose como alternativas de la lógica formal.”

 

Ardao puntualiza que hasta que se comenzara a hablar de lógica informal, desde principios del siglo XX, se ha hablado de: “lógica viva, lógica de la razón vital, lógica de la razón histórica, lógica concreta (o de lo concreto), lógica razonable (o de lo razonable); y últimamente, además, de lógica borrosa (o de lo borroso), lógica vaga (o de lo vago), lógica inexacta (o de lo inexacto).” Pero señala que más allá de las diferencias que ellas tengan entre sí, poseen todas ellas por lo pronto dos denominadores comunes bien ostensibles: rechazo de la exclusividad de la tradicional lógica formal y la orientación filosófica hacia lo concreto. De ahí que Ardao concluya este capítulo afirmando: “Pero uno y otro denominador común no son, a su vez, sino el resultado de una coincidencia anterior, más radical, y por lo mismo más determinante: mientras la formal tradicional (la clásica y la simbólica), es lógica de la razón (en el estricto sentido de ésta), la no formal aportada por nuestro siglo –no sin instancias precursoras- es lógica de la inteligencia (en el más propio sentido de la misma).

 

En el capítulo IV -La Lógica Viva, Lógica de la Inteligencia-, Ardao nos muestra como se entrelazan los aportes trascendentales de Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset y Carlos Vaz Ferreira, como continuadores y enriquecedores de la filosofía de la vida y de la acción.

 

Ardao precisa que fue en el año 1910, que Vaz Ferreira publicara en Montevideo, su “Lógica Viva”, de la que anuncia destacará lo “que concierne al valor de la razón, y por consiguiente, del razonamiento. Pero en su caso, abordada ya no en el plano teórico del pensamiento lógico formal, sino en el por excelencia práctico del ejercicio – psicológicamente concreto – de la razón y el razonamiento en el seno de la vida: de la vida humana en su más inmediata experiencia corriente.” Y unas líneas más abajo, precisa que “la epocal confrontación entre la razón y la vida en nombre de esta última, dio lugar, en líneas generales – prescindencia hecha, claro está, del racionalismo tradicional puesto a la defensiva – a tres actitudes: primera, de franca imposición irracionalista de la vida sobre la razón; segunda, de distinción entre dos formas de razón, una de ellas predominante por identificada con la vida; tercera, de concepción de una facultad distinta de la razón, suplementaria tanto como complementaria de ella./ En la filosofía de lengua española representan respectivamente a cada una, con sendas formulaciones en el exacto primer cuarto del siglo, Unamuno, Ortega, Vaz Ferreira.”

 

Comienza Ardao ese capítulo, con dos citas de Unamuno, extraídas de “Vida de Don Quijote y Sancho” (1905) y “Del sentimiento trágico de la vida “(1913): “La vida es el criterio de verdad y no la concordia lógica, que lo es sólo de la razón”; “Todo lo vital es antirracional, no ya sólo irracional, y todo lo racional es antivital (…) ni la fe es transmisible o racional, ni la razón es vital.”

 

E inmediatamente Ardao, nos señala la respuesta de Ortega y Gasset, en “Meditaciones del Quijote” (1914): “Esta misma oposición, tan usada hoy por los que no quieren trabajar, entre la razón y la  vida, es ya sospechosa. ¡Como si la razón no fuera una función vital y espontánea del mismo linaje que el ver y el palpar!”.

 

Defensa de la razón”, comenta Ardao, “pero en definitiva, de una concepción de ella bien distinta del racionalismo tradicional: de la razón que más tarde llamará derechamente razón vital, opuesta a la vez que dominadora de que por otro lado llama ‘razón pura’.” Para citar, seguidamente, de “El tema de nuestro tiempo” (1923): “El tema de nuestro tiempo consiste en someter la razón a la vitalidad (…) El hombre del presente no niega la razón, pero reprime y burla sus pretensiones de soberanía (…) La razón pura no puede suplantar a la vida (…) Es tan sólo una breve isla flotante sobre el mar de la vitalidad primaria (…) La razón, more geométrico, es una adquisición eterna. Pero es preciso corregir el misticismo socrático, racionalista, culturalista, que ignora los límites de aquélla (…) La razón es sólo una forma y función de la vida (…) La razón pura tiene que ceder su imperio a la razón vital.”

 

Ardao sostiene que “semejante concepción de la razón permitió que se hablara luego de Lógica de la Razón Vital, que vino así a seguir, muy cercana en el tiempo, a la vazferreiriana Lógica Viva. Más allá del parentesco léxico, ambas denominaciones resultan ser – si bien no superponibles, ni menos intercambiables – notoriamente afines o convergentes. En abordaje implícito del lustros más tarde bautizado por el hispano, tema de nuestro tiempo, había hecho el uruguayo con el mismo énfasis la defensa de la razón, también desde la filosofía de la vida y también con expreso rechazo del racionalismo tradicional. / Defensa de la razón en ambos, igualmente – en algún momento de sus respectivas escrituras – frente a los avances irracionalistas de Unamuno. Lo vimos en Ortega. Por su parte, diría Vaz Ferreira en su cátedra y luego en Fermentario (1938): ‘Unamuno, que exalta el quijotismo y desprecia la razón, no comprendió el supremo quijotismo de la razón. El quijotismo sin ilusión es el más heroico de todos.’/ No obstante, la defensa de la razón que él hacia, lo era con un criterio distinto, sin dejar de partir – como lo haría a su hora Ortega – de las limitaciones de la misma cuando de la vida se trata. Mientras desdoblaría éste a la razón en pura y vital, diferenciaba Vaz Ferreira de la razón estrictamente lógica, otra facultad – o función, o capacidad – de conocimiento, nombrada de diversos modos, que ya veremos, pero básicamente, buen sentido./ Por supuesto, como todo el conjunto de su filosofía, ese ‘buen sentido’, según lo entendía, no era menos reflejo que la próxima ‘razón vital’, del general movimiento novecentista hacia lo concreto que en la filosofía de la vida tenía su más eminente expresión.

 

Sobre la significación del buen sentido, cita Ardao a Vaz Ferreira, en su “Lógica Viva”: “Hablamos en una de las anteriores lecciones de lo que allí llamamos el buen sentido hiperlógico, esto es, una especie de instinto lógico que, en las cuestiones de grados sobre todo (y muchísimas son cuestiones de grados en la práctica), venía a intervenir después del raciocinio, o simultáneamente con él (…) Vamos a  volver ahora sobre esas cuestiones de grado, tomándolas desde otro punto de vista; no ya, ahora, como ejemplos para mostrar los inconvenientes habituales de pensar por sistemas, y la conveniencia de pensar por ideas directrices, sino estudiándolas como casos en que el raciocinio puro falla, y en que la clase de buen sentido que vamos a describir dentro de un momento, necesita controlar o completar el raciocinio./ (…) Aquí, ya el razonamiento es impotente; lo que nos da la solución, sea en general, sea para cada caso, es la experiencia, cuando es posible; pero cuando no es posible, es el instinto empírico, el instinto experimental que todos tenemos en mayor o menor grado, al que conviene no despreciar, y completa el raciocinio.(…) faltando la experiencia, nos encontraríamos completamente desarmados en estos casos de grados, si no tuviéramos lo que se puede llamar el instinto empírico, esto es, una especie de instinto que sale de la experiencia, y que nos indica más o menos, que nos hace sentir aproximadamente cual debe ser aquel grado más justo.

 

En este capítulo Ardao continúa abundando en ejemplos, sobre la insatisfacción tanto de Bergson, Ortega y Gasset y Vaz Ferreira, para encontrar la definición apropiada para la nueva lógica que estaban forjando, puntualizando: “’Instinto’, a la vez que ‘simpatía’, y en algún momento ‘simpatía intelectual’, llamó Bergson a la intuición, declarándola necesitada siempre de colaboración con la inteligencia (en su consabido sentido de razón). A su turno Ortega, por más crítico que fuera de las posibilidades de la ‘razón pura’, no dejó de llamar ‘razón’ a su ‘razón vital’, entendida también como ‘razón histórica’. Del mismo modo se vio Vaz Ferreira en el caso de llamar ‘instinto lógico’ y hasta ‘hiper-lógico’ a su buen sentido, al tiempo de calificarlo de ‘empírico’ y hasta de ‘experimental’.

 

Líneas más adelante, Ardao patentiza esa insatisfacción en las propias palabras de Vaz Ferreira, en la conferencia “La crisis actual del mundo desde el punto de vista racional” (1939) pronunciadas en la Universidad de Buenos Aires, de la que destaca: “…digo racionalidad porque falta todavía nombre aun más comprensivo, que abarcara la razón propiamente dicha – la razón razonante – el instinto lógico (…) y muchas facultades: unas de captación, otras de resistencia, que forman esa capacidad de sentido crítico, a la vez racional, instintiva y afectiva..

 

Y a renglón seguido, Ardao señala: “Y sin embargo, pudo haberlo encontrado en su propio léxico personal, en coincidencia, por otra parte, con el no menos habitual del lenguaje corriente: en la palabra inteligencia, irremplazable nombre de esa que tan justamente invocaba y caracterizaba, ‘capacidad de sentido crítico, a la vez racional, instintiva y afectiva’. (Para que la formulación hubiera sido completa, sólo faltó que hubiera dicho: ‘capacidad de creación y de sentido crítico…’)/ Señalamos más arriba que inteligencia debió haber sido el nombre dado por Bergson, no a la razón sino a la que llamaba ‘intuición’. Igualmente, ¿no debió Ortega llamar inteligencia a la ‘razón vital’ que contrastaba a la ‘razón pura’?”

 

Este capítulo se completa refiriéndose Ardao a trabajos de los discípulos uruguayos de Vaz Ferreira - deteniéndose en particular en los de Luis E. Gil Salguero y Carlos Benvenuto -, destacando la labor de divulgación de la “Lógica Viva” fuera de fronteras, realizada a mediados del siglo XX por Francisco Romero y José Gaos, así como, posteriormente, también lo hiciera José Ferrater Mora. Precisamente de Ferrater Mora son las consideraciones escogidas por Ardao, para el fin de éste capítulo, publicadas en su “Diccionario de filosofía” (1971): “La filosofía de Vaz Ferreira es así, pues, algo más que un simple programa para una lógica concreta y viva, y representa un vigoroso esfuerzo para la realización de semejante propósito. Pues una lógica viva solamente puede alcanzar pleno sentido en la aplicación a la realidad, y, por consiguiente, a la estructuración de lo real según esquemas muy distintos a los habituales.

 

De ahí en más, Arturo Ardao se detiene a considerar los renovados impulsos filosóficos que, en el mismo sentido, se registran en la segunda mitad del siglo XX, deteniéndose a destacar la pertenencia a la misma familia de la Lógica Razonable, la Teoría de la Argumentación, la Lógica Vaga y la Lógica Borrosa.

 

El último numeral del capítulo VII y de la obra, Ardao lo compuso con una serie de aforismos que bien merecen acompañarnos permanentemente, a la manera de un conjunto de ideas directrices:

 

·        La razón se constituye, opera y evoluciona en la experiencia; en la experiencia histórica de la inteligencia.

·        Inteligencia y experiencia son consonantes conceptuales, no menos que léxicas.

·        La razón asume el movimiento –externo o interno- desde fuera de él; la inteligencia es, ella misma, movimiento.

·        La cantidad, dominio favorito de la razón; la cualidad, de la inteligencia.

·        La razón contrasta con la vida; la inteligencia no sólo armoniza sino que fraterniza con ella.

·        La inteligencia posee siempre, en mayor o menor grado, tonalidad (afectiva) y entonación (activa); la razón debe excluirlas.

·        En la marcha de las partes al todo, la razón articula, la inteligencia abraza.

·        La técnica es articulada por la razón; la inteligencia la prefigura primero, y luego la guía y la sobrevuela.

·        Importa en una argumentación lo rigurosamente racional; pero más lo persuasivamente razonable.

·        Lo racional resulta de la rígida razón; lo razonable, de la plástica inteligencia.

·        Al igual que el ingenio, la habilidad no resulta de la razón; resulta de la inteligencia.

·        De la razón, la explicación lógica; de la inteligencia, la comprensión psico-lógica.

·        Los rígidos contenidos lógicos de la razón, exigen ser entendidos; los plásticos psico-lógicos de la inteligencia, comprendidos.

·        La justicia recibe su fundamento de la razón; la equidad de la inteligencia.

·        La reflexión es común a la razón y a la inteligencia; la meditación, exclusiva de la inteligencia.

·        De la razón, lógica del reposo y la línea; de la inteligencia, lógica del movimiento y el matiz.

·        De la razón, lógica del raciocinio; de la inteligencia, lógica del razonamiento.

·        El arte es producto y consumo de la inteligencia.

·        Toda creación –en el arte, en la acción, en la ciencia, en la filosofía- es inteligente movimiento de la sombra a la luz.

·        Es la inteligencia la que ha reencontrado en las nubes, los vientos y las olas, la misma racional legalidad de las estrellas.”

 

En el tiempo por venir, cuando se señale cuales fueron las obras que en el siglo XX creó la inteligencia uruguaya, como aporte al arte de pensar y de hacer a la humanidad, seguramente tendrá un lugar de privilegio la tríada conformada por  Ariel” de José Enrique Rodó, “Lógica Viva” de Carlos Vaz Ferreira y “Lógica de la razón y Lógica de la inteligencia” de Arturo Ardao.

 

Cada avance trascendente de la humanidad se encuentra antecedido de un importante salto cualitativo de sus pensadores. La filosofía de la vida y sus nuevos desarrollos, como el que nos brinda Arturo Ardao en “Lógica de la Razón y Lógica de la Inteligencia”, ahora sin las importantes amenazas que la acecharon en su nacimiento, es una fuente inagotable para la evolución y transformación de las ideas en el Uruguay y la América Latina del siglo XXI, ante el ocaso del oscurantismo dicotómico y del reduccionismo deshumanizado de los sistemas ideológicos cerrados.

 

Más allá de los importantes aportes de tantos grandes pensadores, que irrumpieran en la vida de Occidente hace tan solo dos milenios y medio, la lucha entre la razón y la sinrazón en la marcha de la humanidad, es una lucha en la que muy recientemente se han abierto perspectivas para que la primera pueda llegar a prevalecer sobre la segunda. Esto quiere decir que a pesar de los enormes avances en tan diversos campos registrados en los últimos siglos, la evolución de la humanidad se encuentra aún en grados muy inferiores de su desarrollo.

 

Lo antedicho, no debe ser tomado como un canto a la desesperanza. Por encima de los relativamente escasos avances sustanciales en la evolución de la humanidad, globalmente considerada, la acumulación instrumental alcanzada en los últimos quinientos años y la experiencia histórica adquirida, nos permiten avizorar estadios superiores a los que puede acceder la evolución de nuestra especie, a pesar del sideral aumento de la desigualdad entre las naciones y la brecha abismal que separa al cada vez más pequeño grupo de los individuos más ricos de la multimillonaria cifra constituida por las personas más pobres que sobreviven en condiciones infrahumanas.

 

Y aunque todos los grandes descubrimientos, en el lento y persistente avance de las ciencias, encuentran su lógica en la inteligencia, en los propios ámbitos científicos la inteligencia continúa considerándose como un ente abstracto, pues sus diversas disciplinas se han desarrollado, hasta ahora, dentro de los estrictos marcos de la lógica de la razón y su instrumental metodológico. Esto quiere decir que si los logros alcanzados hasta el presente, a pesar de primar en la comunidad científica, concepciones cientificistas y mecanicistas, son infinitamente inabarcables las posibilidades de desarrollo que, con los nuevos soportes, accionando como liberadores de los procesos cuantitativos e instrumentales,  tiene ante sí la evolución del conocimiento científico.

 

La filosofía de la inteligencia nos compele a un nuevo pacto social desde la equidad que promueve, anulando oprobiosas desigualdades, para que cada ser humano pueda desarrollarse como tal, extinguiendo toda limitación que sea ajena a su voluntad. Desde este ángulo, la Teoría de la Justicia, elaborada por John Rawls desde la filosofía del derecho, también se inscribe en la familia mayor de la filosofía de la inteligencia.

 

Pero también y simultáneamente, la filosofía de la inteligencia constituye la principal vertiente para la también tan imperiosa renovación de nuestros educadores y de la educación misma, en sus diferentes niveles. Educación y formación permanente, que ahora contando con la ayuda de los nuevos soportes tecnológicos como instrumentos fundamentales para transmitir y almacenar información y conocimientos, abren las posibilidades de relaciones más estrechas entre el educador y el educando, contribuyendo al aprendizaje recíproco y, fundamentalmente, a la práctica del arte de enseñar a pensar y actuar por sí mismos a los individuos. Para estos cometidos, “Lógica de la Razón y Lógica de la Inteligencia” de Arturo Ardao, constituye la columna vertebral del programa para la formación filosófica de nuestros educadores, bachilleres y universitarios, en este primer tramo del siglo XXI.

 

En síntesis, la filosofía de la inteligencia es la mayor riqueza que, en la actualidad, una sociedad humana pueda llegar a contener.

 

 

Luis Alemañy