LAGRIMAS EJEMPLARES

 

 

Una de las consecuencias naturales de la instalación definitiva y masiva del sistema de televisión por cable es la de acostumbrar al espectador al “zapping” permanente. Uno siempre tiene la sensación de que trata ver todo pero termina sin ver nada. De todas formas, de vez en cuando el televidente se encuentra con algún programa que le despierta curiosidad o interés.

 

Hace unos días, en una cadena internacional de deportes se emitió un programa especial en donde los jugadores y técnicos de la Liga de Fútbol Americano de los Estados Unidos, relataban sus sentimientos y emociones al momento de escuchar, previo al inicio de los partidos, el himno nacional. Allí por supuesto que también se emitían imágenes de los momentos a los que se hacía alusión, provocando, al menos para quien esto escribe, sentimientos de admiración primero y rebeldía después. Admiración frente al recogimiento colectivo de protagonistas y espectadores de un simple espectáculo deportivo ante la presencia de un símbolo patrio. Resulta profundamente conmovedor el ver a esas “bestias” musculosas ofrendando sus lágrimas en reconocimiento de lo mucho que su patria ha hecho por ellos. Porque eso es lo que significa el himno patrio para todos ellos; la representación de lo que el país les ha brindado, posibilitándoles, en conjunción con su esfuerzo personal, ser seres humanos realizados. Esa emoción además es reflejo de un colectivo que se siente orgulloso de ser nación y que sabe que el secreto de su grandeza como país radica, justamente, en ese sentimiento compartido que no ha podido ser quebrado aún en las más difíciles y cuestionables de las circunstancias.

 

Rebeldía porque las comparaciones son inevitables cuando miramos a nuestro país. Un colectivo con poca fe en sí mismo y con una excesiva tendencia a la autocrítica, a la envidia y a la desconfianza. Un país donde los que destruyen parecen tener más adeptos que los constructores. Un lugar en donde al exitoso se lo mira de reojo pensando en qué habrá hecho “torcido” para que le vaya tan bien. Una sociedad en donde la cultura se ha olvidado de sus raíces y se ha embarcado en la apología de lo negativo descartando lo culturalmente valioso por lo intelectualmente “correcto”. Un país en donde los adolescentes no tienen ni idea de quiénes fueron Aparicio Saravia, Leandro Gómez o Manuel Oribe, pero si conocen al Che o a Fidel. Los uruguayos hemos perdido la capacidad de ser exigentes con nosotros mismos al punto de dar como valiosas las opiniones de aquellos que por conveniencia política anteponen los intereses personales o de grupo a los nacionales y colectivos.

 

No escuchemos, uruguayos, los cantos de sirena de los que apelan a la mediocridad. Debemos fortalecernos como país y como nación porque esa será la forma en que, todos juntos, obtengamos la felicidad colectiva. Al exitoso habrá que facilitarle el trabajo; al emprendedor deberemos incentivarlo para que encuentre los caminos de concreción de su emprendimiento. Debemos reflotar el sentimiento general de orgullo por ser quienes somos, sabedores de nuestros aspectos negativos y tratando de desarrollar nuestras facetas positivas. Tal vez algún día esas lágrimas que parecen tan lejanas vuelvan a humedecer nuestros ojos por el solo hecho de sentirnos orgullosos de ser orientales. 

 

 

Alfredo Susena