Sociedades en el agro

 

 

A tan solo un mes de haber anunciado con bombos y platillos la inversión por mas de cien millones de dólares por parte de la mayor empresa papelera del mundo, el Gobierno retoma su añeja idea de impedir la tenencia de tierras a nombre de sociedades anónimas con acciones al portador.

 

Se esgrimen para esta inexplicable marcha atrás, argumentos tan falsos como livianos que no hacen otra cosa que descubrir la preocupante y ambivalente visión que se tiene en el ámbito gubernamental sobre el beneficio de las inversiones extranjeras.

 

El primer argumento sostiene que las acciones al portador impiden conocer los verdaderos dueños de la tierra, por consiguiente con su prohibición sabremos quienes son los legítimos propietarios del suelo oriental. Esto es falso, cualquier estudiante de abogacía sabe cuales son los artilugios legales para nombrar testaferros y no hacer figurar a individuos que no les interesa que sus nombres aparezcan como propietarios de determinada explotación agropecuaria.

 

Tampoco se entiende como van a explicarle a las multinacionales que están comprando campos forestales, Botnia, Stora Enso y Ence, que ahora no puedan lograr el financiamiento de sus inversiones en las bolsas de valores de sus países de origen porque algún trasnochado en Uruguay pretende saber el nombre de los que compran y venden sus acciones.

 

Otro argumento entiende que el saber los nombres de los tenedores de tierras ayudará a la aplicación del Impuesto a la Renta de las Personas Físicas, desconociendo cual es la realidad de la tributación agropecuaria; en la actualidad los productores pagan por la renta generada, optando por las dos vias existentes para hacer frente a sus obligaciones.

 

O bien pagan por un ficto ( IMEBA) o pagan el 30% de la renta real generada en su establecimiento a lo largo de un ejercicio.

 

Por tanto suponer la barbaridad que un individuo puede ser pasible de una doble imposición por el mismo concepto desnuda, o, lo poco leído que están algunos gobernantes en literatura tributaria, o en el peor de los casos que el futuro IRPF es un impuestazo de madre y señor mío.

 

El tercer argumento señala que con esta prohibición se evitará la llegada de especuladores al sector agropecuario.

 

Sería muy bueno invitar a quienes piensan de esta forma, a que visiten los establecimientos adquiridos  por sociedades anónimas o extranjeros. Podrán constatar in situ si estos campos están chilqueados o mal trabajados o por el contrario se nota la inversión en mejoramientos de pasturas, en intensificar los ciclos de producción, en renovación de maquinarias o en la optimización genética.

 

El más triste de los argumentos es el que entiende que como la tierra es un elemento estratégico del “País Productivo” se deben tomar estas medidas para seleccionar la inversión.

 

Esta distinción coloca al resto de la actividad económica, comercial, industrial o turística con un marco jurídico más beneficioso que el que en teoría se quiere promover. El mensaje es ponga una importadora, compre un kiosco  que puede utilizar todos los instrumentos,  pero si su preocupación es hacer una inversión agropecuaria, sepa que a la izquierda le preocupa mucho recibir a gente que quiera trasformar los potenciales de nuestro suelo y por ello le complica la existencia.

 

En dos años el precio de la tierra en el Uruguay ha aumentado casi en un 80%, este beneficio se explica por las ventajas comparativas del suelo oriental junto a la señera tradición nacional en recibir de brazos abiertos a todo aquel que confíe en las bondades de nuestro país.

 

Este mensaje entendido por las cientos de inversiones extranjeras radicadas en nuestra agricultura , que posibilitó  el boom de la soja o  con las inversiones forestales, pareciera no ser lo suficientemente tangible para que desde el gobierno pretendan ir contra la ley de gravedad y cambiar lo que fehacientemente anda bien.

 

Sebastian da Silva