APROVECHEMOS EL TIEMPO

 

Ser director técnico del seleccionado nacional, como ser Ministro de Economía, son los pasatiempos preferidos de buena parte de nuestros compatriotas. Y, últimamente se ha incorporado a estas vocaciones las de ser analista en temas internacionales.

 

En un país reiteradamente dividido en dos, son cada vez más frecuentes los debates que tratan sobre la inserción internacional de nuestro Uruguay, transformándose en otra perla del demasiado largo collar cotidiano de dicotomías –verdaderas falsas oposiciones- que nos entretienen discutiendo, impidiéndonos avanzar.

 

El absurdo antagonismo entre lo regional y lo global, o entre el MERCOSUR y el ALCA, o entre la solidaridad entre los países pobres y la malicia de los ricos, ha tenido por estas horas un singular resurgimiento que ponen de manifiesto estas diferentes visiones de una misma realidad.

 

El novedoso concepto de “divorcio regional”, así como el grotesco resultado de las negociaciones de la OMC en Cancún, como los supuestos amoríos con la Venezuela chavista y un reciente informe de la Fundación Heritage que nos recomienda separarnos del Mercosur para obtener un tratado de libre comercio con Estados Unidos, son la prueba de ello y demuestran las profundas dificultades que enfrentamos cuando tomamos solamente en cuenta los términos macroeconómicos para buscar beneficios.

 

Es indudable que el acceso a los mercados son para economías como las nuestras, competitivas mayoritariamente a través de los comodities absolutamente imprescindibles, pero no por ello deben de relegar las mejoras que  tenemos al alcance de la mano, pues si somos capaces de aprovecharlas generarían una revolución productiva sin divisiones ideológicas.

 

¿Porqué no nos planteamos solucionar los diferendos en materia de lácteos, especialmente de quesos que tenemos en Venezuela, en vez de querer lograr una asociación con nuestro mercado regional?

 

¿Cuál es la razón por la que no avanzamos en la ampliación del tangible Sistema Generalizado de Preferencias con la administración Bush, en vez de seguir soñando con un tortuoso y difícil tratado de libre comercio que indefectiblemente  debe tener al aval de un sistema político tremendamente conservador y burocrático, en donde por obvias razones nuestro país no integra ni la centésima prioridad?

 

¿Cómo estamos preparándonos para aprovechar el titánico desafío de ingresar con nuestros productos a México y a sus ciudades, en donde no es lo mismo exportar al Distrito Federal que a Monterrey o a la región de Yucatán? Resulta obvio que el conocimiento de estos diferentes mercados son imprescindibles para poder aprovechar todas las espectaculares oportunidades que el reciente tratado ofrece.

 

¿Qué medidas hemos tomado para asesorar a nuestros productores frente a la inminente aplicación de una nueva traba pararancelaria como lo es la nueva ley antibioterrorismo en los Estados Unidos que exige, para la introducción de mercaderías a esa nación, un sinnúmeros de nuevos requisitos que de no adaptarnos ocasionarían perdidas millonarias a nuestros exportadores?

 

¿Cuándo se aprobará finalmente una elemental ley de consorcios de exportación que no tiene otro objetivo que el de posibilitar las asociaciones entre pequeños empresarios para tener un volumen exportable no tradicional y por tanto no cuotificado para acceder a mercados de alto valor adquisitivo y que hace nueve meses duerme en el Senado de la Republica?

 

Podremos encontrar cientos de elementos que ayuden a generar un marco de optimismo que de la mano de un tipo de cambio favorable y un aprovechamiento de nuestra excelente mano de obra apuntalen fehacientemente esta incipiente reactivación.

 

Aprovechemos el tiempo, ese valor tan escaso que siempre nos adormece, a diferencia de nuestros competidores y entendamos por una vez y para siempre que lo complementario en política exterior es siempre más aconsejable que lo artificialmente antagónico. 

 

Sebastián Da Silva