En
el artículo de la semana pasada afirmamos que el designio de dividir a los
ciudadanos en dos bandos, los de izquierda y los de derecha, constituye un
fenómeno político esencialmente retardatario que obstaculiza fuertemente las
posibilidades de desarrollo del país en su conjunto, en el marco de la
experiencia histórica particular y concreta de la sociedad uruguaya.
Dicho
fenómeno es consecuencia del proceso de empobrecimiento intelectual de la
política que comienza a producirse en el país en la década de los sesenta y que
en vorágine precipitada sumerge al país en una crisis económica y social como
no había conocido en todo el siglo XX, incentivada fuertemente por las nuevas
tendencias que se registran a nivel mundial y regional durante esos años. El
empobrecimiento intelectual se manifiesta nítidamente en el país a nivel
político, a partir del fallecimiento del Presidente Gestido. La crisis
económica y social se transforma en crisis de la política, abonando el terreno
para que irrumpa la dialéctica de los extremos que creara las condiciones de la
crisis institucional que hoy reconocemos como el período dictatorial.
Si
hablamos de empobrecimiento intelectual, podemos deducir de que antes el país
contaba con riqueza intelectual, con pensadores y filósofos que nutrían de
ideas a los jóvenes intelectuales y a las dirigencias políticas para su
accionar en la construcción de la sociedad. Y sí, ese fue el fenómeno que se
produjo en la sociedad uruguaya durante la primera mitad del siglo XX, a partir
de una generación de intelectuales que prontamente se le reconoció como la
Generación del Novecientos, en cuya vanguardia se encontraban José Enrique Rodó
y el joven Carlos Vaz Ferreira. Es a partir de sus obras, como una expresión
del arte de pensar a partir de los más elevados desarrollos de la filosofía
occidental -desde los aportes forjados desde la Antigua Grecia en adelante- y a
la luz de las circunstancias que vivían nuestros pueblos, que en cinco décadas
nuestro país, beneficiado por la caótica situación internacional que propiciara
nuestra inserción económica, fuera reconocido mundialmente tanto como la “Suiza
de América” o como la “Atenas del Plata”.
El
camino que en Uruguay inaugurara muy tempranamente la Generación del
Novecientos, es el mismo –aunque sin sustentarse en los consistentes
desarrollos filosóficos de los pensadores uruguayos- que han transitado las
sociedades más desarrolladas del norte de Occidente, después de la Segunda
Guerra Mundial.
La
experiencia nos demuestra que los fenómenos de transformación cultural son
procesos de largo aliento, pues requieren que el esfuerzo intelectual inicial
se profundice y amplíe en el tiempo, impactando en la formación de formadores y
en los individuos que acceden a las diversas disciplinas de la enseñanza
superior.
Con
la publicación y difusión de la obra de Rodó, durante la primera década y media
del siglo XX, se funda lo que hoy denominamos como la filosofía uruguaya. Carlos
Vaz Ferreira es el más elevado continuador y artífice de nuestra filosofía que,
junto a una pléyade de discípulos, van formando, en las décadas posteriores,
generaciones y generaciones de docentes, profesionales, dirigentes y
estadistas.
Quiso
el destino que al mismo tiempo que instalaba en el país el período regresivo, a
nivel mundial se comenzara a reconocer las obras de Rodó y Vaz Ferreira tanto
por sus aportes sustanciales al pensamiento universal, como por el carácter
fundacional y vital de la novel filosofía latinoamericana.
En el año 2001, la Academia Nacional de Letras,
publica “Medio Siglo de Ariel (Su significación y trascendencia
literario-filosófica)” de Carlos Real de Azúa, que se mantuviera inédito
desde el año 1950, cuando el trabajo obtuviera el primer premio en un concurso
convocado por las autoridades de Enseñanza Secundaria, celebrando los cincuenta
años de la primera edición del trabajo de José E. Rodó.
E independientemente de la voluntad de los autores,
para quienes integramos generaciones posteriores, este texto de Real de Azúa
publicado tan tardíamente, encuentra una estrecha complementariedad, con el
trabajo de Arturo Ardao, reeditado por los Cuadernos de Marcha en el año 2000 –
Números 165 y 166 -, al conmemorarse los cien años de la publicación de “Ariel”,
titulado “Del mito Ariel al mito Anti-Ariel”.
El trabajo de Ardao, fue publicado por primera vez en
el año 1977, en la Revista Actualidades de Caracas, respondiendo a las
apreciaciones del periodista venezolano Carlos Rangel sobre “Ariel”,
realizadas en “Del buen salvaje al buen revolucionario”, una publicación
de sorprendente influencia, inclusive hasta nuestros días, en determinados
círculos de intelectuales latinoamericanos. Ardao sintetiza en cuatro puntos,
las críticas de Rangel a Rodó: “1º) la condenación de la democracia; 2º) la
apología de Atenas como representante del lujo de la inteligencia; 3º) la
apología del ocio basado en el trabajo esclavo; 4º) la apología de América
Latina como residencia de Ariel, en contraste con Estados Unidos, residencia de
Calibán.”; agregando a renglón seguido: “Se ha padecido confusión en la
interpretación del pensamiento de Rodó. Más que distinto es él contrario en
todos estos puntos.” Sintetizando, también en cuatro puntos, el contenido de
su respuesta, Ardao escribe: “A su respecto, lo que Rodó hizo en Ariel fue:
1º) la defensa de la democracia frente a quienes en su época la impugnaban; 2º)
la apología de Atenas por lo que entendía ser un sabio equilibrio de lo ideal y
lo real, de la razón y el instinto, de las fuerzas del espíritu y las del
cuerpo; 3º) la condenación del ocio basado en el trabajo, no sólo esclavo, sino
simplemente ajeno; 4º) la crítica de América Latina por lo que a su juicio
tenía, y por largo tiempo seguiría teniendo, de residencia de Calibán.”
Aunque en las notas introductorias a su trabajo,
Carlos Real de Azúa nos previene de que su trabajó “intentó realizar un
estudio casi exhaustivo de los significados y resonancias de Ariel”,
constituye una contribución insoslayable para el estudio de la repercusión e
influencia de uno de los principales fundadores de nuestra filosofía, durante
el primer medio siglo posterior de difusión de su obra más famosa. Pero la
reflexión final de Real de Azúa, contenida en su último párrafo, adquiere una
asombrosa actualidad: “Hasta que llegó un instante, nuestra hora, en que la
valoración rodoniana y arielina se libera de las partes muertas de su mensaje y
destaca en él lo que es vivo e inmortal.....La vigencia combatiente de la
tradición, la urgencia de lo espiritual, la defensa de la intimidad amenazada,
remozan la palabra arielina. Y la hora del Cincuentenario es hora de
reparación.”
Pasada
ya la hora del Centenario lo vivo e inmortal de la obra de Rodó continúa
esperando esa hora de reparación. Su postergación, durante el medio siglo
subsiguiente al Cincuentenario, ha propiciado, en una buena medida, la sucesión
de los principales males padecidos por nuestras sociedades.
Mas,
en los días que se conmemorara el Centenario de la publicación de “Ariel”,
en el mes de junio del año 2000, Arturo Ardao publica “Lógica de la Razón y Lógica de la Inteligencia” -una obra sobre la que nos referiremos detenidamente en
próximos artículos-, en la que el mayor de nuestros maestros y filósofos
contemporáneos nos muestra y demuestra la renovada vigencia de la filosofía
uruguaya, constituyendo un aporte medular para la formación de la nueva
generación de intelectuales y dirigentes que el país reclama.
Luis Alemañy