La loca del Bequeló
Antes,
cuando se decía Millán 2515 o Bequeló, todo Montevideo comprendía que se hacía
referencia al Hospital Vilardebó, ahora quizás ya muchos no lo sepan.
Sin
embargo, hasta leer La Loca del Bequeló de Ramón de Santiago (ver texto al
final), que fuera maravillosamente arreglado y cantado por Santiago Chalar, no
comprendí por qué la referencia al
Bequeló para nombrar ese hospital.
Ramón
de Santiago se inspiró en una leyenda popular originada en las revoluciones
montoneras de fines del siglo XIX y comienzos del XX, donde las viudas y
huérfanos abundaban por la Patria, secuela de las luchas entre orientales
defendiendo sus divisas. Luchas cruentas y sanguinarias, donde los muertos y
heridos se contaban por cientos en cada batalla y donde participaban hombres y
mujeres, jóvenes y viejos, a veces niños y algunos extranjeros.
Se
enfrentaban los Revolucionarios y el Ejército, ambos con pasión y coraje, no se
daban tregua y los horrores en la defensa de la Heroica Paysandú (1865) y en la
batalla del Quebracho (1886), quizás sean los más emblemáticos y recordados.
Los degüellos y fusilamientos de los vencidos sin toma de prisioneros,
mostraron la realidad de la guerra y
nos legó la memoria del martirio de Leandro Gómez y sus valientes.
Esos
horrores no solamente dejaron muertos e inválidos, sino que también
distanciaron familias, separaron a padres de hijos, a hermanos entre sí,
significó que llevar un apellido era pertenecer y llevar una divisa. Todo eso
marcó una generación y otra, hasta que recién la que nació a mediados del siglo XX dejó de sentir los efectos
directos de las guerras y por tanto aquellos odios y dolores que las marcaban y separaban.
Las
diferencias ideológicas se mantienen aún hoy, pero los sentimientos se fueron
morigerando. Las Locas del Bequeló siguieron existiendo por años, pero el
tiempo y los hombres que gobernaron nuestro Uruguay buscaron la reconciliación,
acortaron distancias, negociaron posiciones en donde todos cedían algo y todos
ganaban algo a cambio.
La
consigna era que nunca más sucedieran esas guerras fratricidas entre
orientales.
Sin
embargo otros horrores ocurrieron.
Los
hechos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la revolución Cultural China,
la guerra de Corea, la Guerra Fría y el muro de Berlín, la guerra de Vietnam,
la guerra de Argelia y la independencia de las colonias africanas, la
revolución Cubana, los movimientos por la igualdad de derechos de los hombres
de color en los Estados Unidos, la reivindicación de los derechos de la mujer,
los cambios religiosos y doctrinarios derivados del Concilio Vaticano II y el
acercamiento de las religiones occidentales, el desarrollo de la investigación
científica aplicado a mejorar la calidad de vida y a prolongarla, el aumento de las comunicaciones y la revolución
tecnológica, la conquista del espacio, el descubrimiento de la píldora
anticonceptiva, la Primavera de Praga, el movimiento contracultural y pacifista
Hippie, el movimiento estudiantil de París, el desarrollo de la teología de la
liberación y la opción por los pobres y el Hombre Nuevo, la exportación de la
revolución cubana y la creación de los movimientos guerrilleros en
Latinoamérica, fueron algunos de los signos de los tiempos que marcaron y
cambiaron a las generaciones que actuaron en la segunda mitad del siglo XX.
A
todo esto debemos agregar algunos cambios de la escala de valores que signaron
la sociedad. Las “cosas dejaron de estar en su sitio”, la forma de expresar el
respeto y relacionamiento con los mayores cambió, el matrimonio dejó de ser un
compromiso para siempre, el sexo pudo ser modificado y una persona nacida
hombre cambió a mujer y viceversa y la sociedad lo aceptó como no lo hacía
antes, cambió la cultura del esfuerzo y el trabajo por la hedónica, comenzó a
tener auge el principio de que el fin justifica los medios y se fue extendiendo
minando los pilares de la sociedad, se dejó de respetar la palabra empeñada, y
el “vivo” fue entronizado.
La
ambición de poder y las injusticias sociales se fueron confundiendo unas con
otras y trajeron reacciones desmedidas
y no siempre cabalmente reflexionadas. En todo este escenario se crea el MLN
Tupamaros, además de otros como el OPR 33, el aparato armado del Partido
Comunista, del Partido Socialista y otros. Todos dentro del contexto latinoamericano
donde operan los Montoneros argentinos, el Che Guevara en Bolivia y otros.
Todos con los mismos fines: tomar el poder político por las armas para
implementar sus planes de gobierno, independientemente de las decisiones
populares conducidas por “burguesías dirigentes”.
Esas
guerrillas se nutrían de recursos materiales, armas y dinero, mediante acciones
delictivas, es decir, se apropiaban de armas y dineros ajenos. Cuando los
cuadros guerrilleros eran detenidos, fueron procesados por la justicia ordinaria.
Sin embargo, al ser detenidos solicitaban ser considerados prisioneros de
guerra bajo los términos de la Convención de Ginebra. Y todo comenzó otra vez.
Desgraciadamente, comenzó otra vez. Aquello de nunca más fue olvidado. La
violencia nos ganó nuevamente. La diferencia es que mientras antes se trataba
de guerras con enfrentamientos esporádicos entre ejércitos más o menos
organizados, ahora se trató de enfrentamientos violentos frecuentes entre
guerrilleros y fuerzas policiales primero y militares luego.
El
horror de la guerra lo teníamos nuevamente entre nosotros. Los unos
participando directamente, los otros como rehenes de situaciones. Los más, bien
intencionados, los menos malintencionados y manipuladores. Así perdimos amigos
que murieron, familiares que fueron presos o al exterior, otros que nos
excluían porque no pensábamos como ellos. Sin divisas de color, las divisiones
ideológicas nos volvieron a separar entre uruguayos. Volvió a haber odio y
rencor, también deseos de revancha o de venganza. Hubo muertos y heridos,
prisioneros y abusados. Es que la guerra es así, al decir de la canción “... es
un monstruo grande y pisa fuerte...”
De
esta forma empezaron a aparecer viudas y huérfanos, y así las nuevas Locas del
Bequeló. Los esfuerzos por atemperar los adversos efectos de esa guerra de
guerrilla, durante los últimos veinte años no alcanzaron. Hoy las Locas del
Bequeló son muchas y están diseminadas por todo el Uruguay. No son solamente
tres y relacionadas con Gelman, Michelini y Gutiérrez Ruiz. No se trata de que
haya casos emblemáticos y otros comunes. Todos son iguales, todos injustos.
También los hay en el otro bando. La verdad todos la conocemos o la intuimos,
conocer nombres no va a cambiar el horror. Tampoco nos dará seguridad de que nunca
más se producirán barbaridades, no seamos ilusos ni manipuladores. Respetemos a
las Locas del Bequeló, sean hombres o mujeres, madres o esposas o hijos, su
dolor no puede ser compartido pues es personal e intransferible y merece todo
el respeto de la sociedad.
También
respetemos la dignidad de los combatientes, de ambos bandos. No queremos que
nadie pida perdón. El dolor que causaron no puede ser reparado. Si fueron
honestos y actuaron con convicción en defensa de sus ideas, guerrilleros,
civiles, policías y militares, por mayor que sea la discrepancia y perjuicio
que hayan causado merecen respeto por el sacrificio. Si no fueron honestos y
solamente persiguieron obtener o mantenerse en el poder merecen nuestro mayor
desprecio.
Por sobre todas las cosas,
las nuevas generaciones no comprenden vivencialmente esa guerra y no les
interesa. Si podemos hacer, que respeten el dolor de esas Locas del Bequeló y
algún día se comprenda que hubo gente honesta que dio la vida por hacer de este
un mundo mejor. Lo que no tenemos derecho a hacer es a manipular a las Locas
del Bequeló.
En la enramada de un
rancho viejo,
Nido de gauchos cerca del
Yí,
Guitarra antigua, tierna
cantaba –
La triste historia que
escribo aquí:
- ¿Sabéis paisanos, por qué ando errante
Entre estos bosques de
Bequeló?
Me llaman loca; pero es
mentira:
Es que no tengo ya
corazón...
Venid, paisanos, venid
conmigo;
Diré mi historia junto al
fogón.
¿Veis mis cabellos? Eran
muy negros
Más que las alas del
cuervo; más;
Están muy lacios...tan
blancos...blancos...
Como las flores del
arrayán.
¿Veis estos ojos? ¿No
tienen vida?
Pues antes puros como el
cristal,
Fueron dos luces que se
encendieron
En una aurora del
Uruguay.
Tristes mis labios son
amarillos
Como corteza del butyhá;
¡Ay! Los tenía rojos y
alegres
Como el penacho del
cardenal.
Allá en la loma como un
calvario
Veréis ruinas y un triste
ombú;
Fueron mi cuna, fueron mi
estancia,
Fueron mi nido verde y
azul.
Cuando yo muera, clavad,
paisanos,
Bajo aquel árbol mi
humilde cruz;
Que allí murieron mis
dichas todas;
Allí he perdido mi
juventud.
Tenía un esposo que
ardiente amaba
Y un hijo bello que era
mi Dios.
¡Ah que contenta perdiera
el cielo
Si yo pudiera ver a los
dos!
Una mañana... !Maldita sea!
Cuando esta guerra se
pronunció,
Mi esposo tierno me dio
un abrazo,
Llorando mucho su hijo
besó,
Pálido el rostro tomó su
lanza,
Montó a caballo triste, y
partió.
Aún me parece lo ven mis
ojos
De lejas lomas, haciendo
¡Adiós!
¡Ay! Mis paisanos, en ese
día
Perdí un pedazo del
corazón...
Pasaron meses, pasaron
años,
Llorando siempre, siempre
peor,
Cuando una tarde que al
hijo amado
De mis entrañas contaba
yo
Del pobre padre, que no
volvía,
La ausencia larga, su
último adiós,
Cruzando campos llegó un
sargento,
De su caballo se
desmontó,
Y al solo rayo de mi
esperanza
Estas palabras le
dirigió:
¿Ves esta lanza? Fue de
tu padre;
Por la divisa bravo
murió:
Tómala y vamos, no te
demores,
Que en las cuchillas se
duerme el sol.
Llorando mi hijo me dio
un abrazo,
Montó a caballo triste, y
partió.
¡Ay!! Mis paisanos, en
esa tarde
Quedó mi pecho sin
corazón.
Ya van dos veces que las
torcaces
Dulces arrullan en el
sauzal,
Y los boyeros, cantando
alegres,
Cuelgan sus nidos del
ñandubay;
Pero no he visto más a mi
hijo
Desde esa tarde negra y
fatal.
Allá en la loma como un
calvario
Veréis ruinas y un triste
ombú:
Cuando
yo muera, clavad paisanos,
Bajo aquel árbol mi
humilde cruz.
Esta es la historia que
una guitarra
De un rancho viejo triste
lloró.
¡Ay! Cuántas locas habrá
en mi patria
Como la loca del Bequeló.
Ramón de Santiago.