Mucho se ha hablado y se seguirá hablando

 

 

Mucho se ha hablado y seguramente se seguirá hablando y discutiendo sobre un tema que ha pasado de ser importante, a acuciante para la sociedad, como lo es, el de la seguridad pública.

Seguridad pública, que deviene día a día como un valor cada vez más escaso, y que a su vez a nivel mundial es también cada vez más valorado por lo exiguo.

Es un aspecto que representa un conjunto de valores muy positivos, y que se despliegan en un vasto abanico que va desde calidad de vida para los ciudadanos de un país, al mismo tiempo que garantía de ingresos por turismo, atractivo para inversores, incentivo para quienes se quieran radicar en un país, etc.

Recordemos que la seguridad, implica “un estado de confianza en la que el individuo percibe que sus bienes y su propia integridad física están protegidos de acciones destinadas a producir un sentimiento contrario”. Pero, además, la seguridad significa “un sistema de organización de la fuerza pública que cuida de manera eficaz de impedir o reprimir las agresiones de que pueden ser víctimas las personas honradas; y que infunde —sin excluir esporádicos ataques— la tranquilidad de poder circular sin preocupaciones especiales por cualquier punto del territorio y el frecuentar o visitar cualquier lugar sin temor”.

La seguridad pública es un valor esencial para la comunidad y para el desarrollo y se afronta un permanente y constante ataque a la misma por parte de la delincuencia.

La seguridad es la primera de las libertades, por cuanto ella vela y garantiza el ejercicio pleno de las demás libertades. Un Estado que no garantice la seguridad, difícilmente podrá garantizar ninguna de las otras libertades.

La Seguridad es un  bien preciado y costoso. Existe un aumento constante de la demanda de mayor seguridad y que a su vez tiene como contrapartida y desafío la necesidad de mayores requerimientos de inversión. La seguridad es algo muy serio. No es terreno, ni hay margen, para voluntarismo, o improvisaciones.

En casi todos los países se viene manifestado el lamentable fenómeno del aumento de la delincuencia y de la violencia. Uruguay no ha podido escapar a esa realidad, que tanto afecta a la sociedad. Debe consignarse asimismo que el delito, una vez que se asientan en la comunidad, se hará muy difícil la tarea de erradicarlo. Por ende hay que evitar que ello suceda, combatiéndolo antes de que “eche raíces”.La preocupación primera debe radicar entonces, en como combatir más eficazmente el incremento de la delincuencia y de la inseguridad ciudadana.

Sensación y temperatura.

Un aporte para enfrentar este fenómeno del crecimiento delictivo o del incremento de sus manifestaciones cada vez más violentas, pasa por la aplicación de la que denominaremos “teoría del péndulo” –aplicada a la seguridad pública-.

Esta teoría, parte del supuesto de aceptar como válida, la tan mentada “sensación térmica de inseguridad”.

¿En que consiste una “sensación térmica”?. La sensación térmica es definida como la sensación aparente que las personas tienen en función de los parámetros que determinan la atmósfera en la que se mueve y el metabolismo del cuerpo. Por ejemplo, todo mecanismo que aumente las pérdidas de calor del cuerpo, dará sensación de frío y al contrario, independientemente de la temperatura real existente en determinado ambiente. Se pueden combinar así diferentes parámetros que alteren esa “sensación térmica”.

El término sensación térmica es usado para describir el grado de incomodidad que un ser humano siente, como resultado de la combinación de la temperatura y el viento en invierno y de la temperatura, la humedad y el viento en verano.

Mientras que la “temperatura” es una medida del calor que tiene un cuerpo. Y para determinarla se utilizan los termómetros, instrumentos basados en algún fenómeno físico cuantificable que brindan una medida objetiva de la temperatura. Por el contrario, las sensaciones –como la térmica- son subjetivas, poco exactas, difícilmente repetibles, depende de numerosos factores y no son de carácter universal,  pero no por ello son irreales o fantasiosas.

Ahora bien, en materia de seguridad pública, sin dudas, se admite que el concepto de “sensación térmica” pueda ser trasladado.

Ella se traduce, en que la gente, el ciudadano, tiene la percepción, la impresión, el sentimiento de que puede ser víctima de un delito, independientemente de los índices o cifras oficiales en la materia. La sensación de inseguridad expresa entonces la presencia de un peligro inminente o de una amenaza.

 

Tales circunstancias derivan de que por ejemplo, el sentido común del ciudadano, le hace reflexionar que no puede ser casualidad que en los últimos meses tantas personas que conoce personalmente o de referentes confiables o creíbles hayan sufrido problemas con su seguridad. Es el conocer lo cotidiano, la diaria en la que vive y percibe esa inseguridad que lo rodea y lo amenaza a él, a su familia, a su entorno o a su hogar. No se trata de un problema de la prensa, ni de la oposición política, ni de una campaña orquestada, ni es culpa de las encuestas. Ninguno de estos factores puede crear una sensación térmica bastante diferente a la verdadera temperatura, no hay la mínima duda de ello, por cuanto esa eventual distorsión no podría durar mucho, a la larga siempre se combinan la obstinada realidad y la inteligencia de los ciudadanos y el termómetro social vuelve a sus verdaderos niveles.

La prueba del nueve. La prueba categórica de que la sensación térmica es real y no una mera sensación, surge indiscutiblemente de los hechos. En efecto, de lo contrario no se entendería porque el gobierno contratá 1500 nuevos policías, tal como lo establece el proyecto de Rendición de Cuentas.

Pues bien, admitida entonces, la célebre “sensación térmica” tanto para el ámbito meteorológico, como para el de la seguridad pública, cabe entonces destacar un aspecto para nada menor y que es la piedra de toque en esta teoría.

Este refiere, a que de igual manera que “TODOS” sentimos y vivimos desde el punto de vista “climático”, cierta “sensación térmica”, desde el punto de vista de la seguridad pública, también “TODOS”, podemos ser afectados por esa sensación de inseguridad.

El problema radica entonces, cuando solo algunos perciben esa sensación de inseguridad –los ciudadanos comunes-, mientras que otros –los delincuentes- no solamente, no la perciben, sino lo que es peor en algunos casos, perciben una “sensación térmica de seguridad.

 

Me explico. Lo que se repite es una doble situación: más hechos delictivos y más osados, una delincuencia más desafiante y violenta. Hay más inseguridad, partiendo de un concepto, la seguridad es también una sensación de la gente, un clima social y una compleja relación entre los habitantes y su entorno, por lo tanto la ''sensación térmica'' influye más en las víctimas que en los delincuentes. Unos se repliegan -porque se sienten inseguros- y los otros se atreven –porque se sienten más seguros-.

 El tema central es que mientras, los ciudadanos honestos sienten una sensación térmica de inseguridad, como contrapartida los delincuentes estarían percibiendo una sensación térmica de seguridad, que traducen para ellos, en mayor margen de maniobra, más impunidad, tolerancia, permisibilidad, libertad de acción, más flexibilidad, menos controles, menos riesgo, etc.

La teoría.

Es en este punto, donde entra en acción la “teoría del péndulo”. Esta teoría sostiene que lo que corresponde es justamente, mover el péndulo. Inclinar el péndulo hacia el otro lado, de forma tal que esa “sensación térmica” de inseguridad, pase a afectar, significativamente, a los delincuentes.

 La “teoría del péndulo” postula que debe invertirse el orden de los factores, alterando justamente el producto. En otros términos, trasladar la “pesadilla” de la inseguridad pública, de la ciudadanía a la delincuencia. De la ubicación del péndulo, dependerá el incentivo o desincentivo para la delincuencia.

 

Es decir, que sea la delincuencia, la que pase a tener, a considerar, una fuerte “sensación térmica de inseguridad”, por presentir que aumentan las posibilidades de ser perseguido, atrapado y que termine preso por largo tiempo. Que sienta la amenaza y el peligro eminente de que el gobierno, las autoridades, la justicia, la policía, les aplicará todo el peso de la ley, sin contemplaciones, ni titubeos.

          En efecto, los delincuentes son en su mayoría racionales, tienen sentido común. Al cometer un ilícito, toman en cuenta el beneficio de hacerlo, la probabilidad que lo atrapen, el perjuicio eventual de tal circunstancia, y cuál es la “sensación térmica” que presienten al delinquir. El delincuente mide generalmente la permisibilidad del sistema, es muy buen conocedor del derecho penal y lo hace jugar a su favor, también esta informado y ve las noticias, percibe el “como viene la mano”.

         En consecuencia, si aumenta la probabilidad de ser atrapado, o ser perseguido por las autoridades o un notorio perjuicio (por la severidad de la pena), se tenderá a reducir el delito. Se puede concluir entonces, que cuanto mayor sea la probabilidad de ser atrapado y castigado, menor será el atractivo para delinquir.

Por ende, el delincuente, debe pasar a presentir que se le aplicará todo el peso de la ley, que el sistema penal es firme, eficaz y severo y que le será verdaderamente difícil, encontrar vericuetos o artimañas para eludir su responsabilidad. En suma, que existirán menos delincuentes en la calle, porque estarán tras las rejas, por un buen tiempo. Y lo que es más importante, que los que están libres se sientan seriamente disuadidos por la mayor probabilidad de ser atrapados y castigados efectivamente.

 En síntesis, que la ecuación riesgo/beneficio que evalúa la delincuencia, le sea absolutamente negativa, de forma tal que intuyan “ellos”, una “sensación térmica de inseguridad” por estas razones.

En lugar de debatirse en materia delictiva, sobre su comprensión y las causas sociales profundas de estos procesos, deben priorizarse las exigencias diarias, que requieren una atención urgente de acción y de reacción. La potencial víctima del delito debe ser atendida en primer lugar y antes que el delincuente. Ello involucra un claro cambio de rumbo, un giro de timón, que haga que el péndulo de la “sensación térmica de inseguridad” sea una “espada de Damocles” sobre los delincuentes y no sobre la inmensa mayoría de la ciudadanía honesta.

Seguramente en la historia de nuestro país, no ha habido desde hace muchas décadas otro ministro del Interior con su bancada de gobierno con mayoría absoluta en el Parlamento. Goza entonces, de esta excepcional coyuntura política, que lo habilita para instrumentar una batería de iniciativas que permitan a la Justicia, a la Policía y a los poderes públicos, volcar el péndulo, de forma tal de no solo enfrentar con mayor contundencia a la delincuencia, sino de devolverle a la gente la bien merecida sensación térmica de seguridad que se merece.

 Es claro que si no se asume la situación, sino no se acepta que hay un problema creciente, es muy difícil adoptar las medidas necesarias para encaminar el problema. Siempre se esta a tiempo de modificar el rumbo, pero cuanto más se demore en inclinar el péndulo, más difícil se hará, y más víctimas engrosaran las estadísticas de los delitos.

Guillermo Maciel