EL PENSAMIENTO PROPIO
El año pasado, Gustavo San Román, académico
uruguayo en la antigua Universidad de St. Andrews, Escocia, publicó en nuestro
país su trabajo Rodó en Inglaterra – Edición de la Asociación de
Amigos de la Biblioteca Nacional y Agadu.
El ensayo de Gustavo San Román nos revela la
influencia ejercida por el pensamiento de José Enrique Rodó en la acción
desplegada por el político laboralista Aneurin Bevan, creador del Servicio
Nacional de Salud británico en el año 1948, el cuál, hasta la actualidad, se
considera como un sistema paradigmático en las sociedades más desarrolladas del
hemisferio norte. Extraída de la más importante biografía de Aneurin Bevan,
escrita por Michael Foot, quién en su tiempo fuera líder del Partido Laborista,
San Román subraya esta impactante aseveración: “Junto a Marx, y en ciertos
aspectos superando a Marx, Rodó fue una influencia fundamental en su formación
intelectual.”
Rodó en Inglaterra, además de la referencia
obligada a Henry Havelock Ellis - como el principal difusor de las ideas de
Rodó en la ínsula -, contiene en su apéndice la versión bilingüe del ensayo que
publicara en Londres, en el año 1917, reseñando una edición española de
trabajos del pensador uruguayo. Gustavo San Román nos muestra y demuestra la
profunda comprensión de Havelock Ellis de las ideas fundamentales de Rodó, de
quien dijera en las primer párrafo del mencionado ensayo: “Asociamos
Sudamérica con un conjunto misceláneo de cosas, quizás en su mayor parte
desagradables. Rara vez pensamos en ella – aun cuando por casualidad hemos
estado allí – como una tierra de poetas y artistas y críticos. En este contexto
no es para nada sorprendente que muy pocos entre nosotros sepamos siquiera el
nombre del mejor escritor de Sudamérica, quien también era el mejor escritor de
todo el idioma castellano, y uno de los espíritus más distinguidos de nuestros
tiempos.”
Pero mucha tinta hubieran ahorrado algunos de los
detractores de Ariel, si hubieran accedido a estas
consideraciones de Ellis: “Como se habrá notado, tanto en su visión de la
vida como en sus criterios sobre el progreso, Rodó toma una postura
esencialmente democrática. No cabe en su filosofía la concepción
anti-democrática de la vida a menudo asociada con la doctrina del Superhombre
de Nietzsche. Descartó cortésmente la afirmación de Bourget de que el triunfo
de la democracia significaría el fin de la civilización, y aunque admiraba
profundamente a Renan, se negó a creer que una preocupación por los intereses
ideales se opone al espíritu democrático.......Solo la democracia puede
conciliar la igualdad en el comienzo con una desigualdad al final, brindando
todas las posibilidades a los mejores y más aptos para trabajar por el bien de
toda la comunidad. Así considerada, la democracia se convierte en una lucha, no
para reducir a todos al más bajo nivel, sino para elevar a todos al más alto
grado de cultura posible.”
En un comentario sobre Rodó en Inglaterra,
publicado en la edición digital del diario El País de Montevideo (www.diarioelpais.com), su autor, Daniel
Mazzone, expresa juicios que merecen ser destacados: “Para San Román no
queda duda de que Ellis ‘aprobaba la postura de Rodó y deseaba promoverla en
Inglaterra [así como que] su elogiosa reseña iba a tener un poderoso efecto en
una figura muy diferente tanto del presentador como del presentado: el
carismático político socialista, Aneurin Bevan’./ San Román reafirma en su
ensayo, una opinión que figura en la clásica biografía de Víctor Pérez Petit y
en el libro de Benedetti publicado por Eudeba; la de que Rodó era un tímido
intelectual. Rodó y Ellis eran tímidos intelectuales, dice./ Quizá se confunda
timidez con dificultad para la sociabilidad. Si bien se mira, el adjetivo
tímido, que el diccionario define como temeroso, medroso o apocado, no cuadra
para quien se enfrentó con el político más importante de su tiempo, el dos
veces presidente José Batlle y Ordóñez./ Rodó no era tímido; quizá fuera poco
sociable, pero no tímido. Ese adjetivo parece una atribución errónea, para
caracterizar al intelectual más filoso y con más carácter de la historia
uruguaya./ Probablemente San Román pretenda contraponer la imagen de Rodó a la
de Bevan, ‘famoso por su oratoria brillante e irónica’, para sugerir que
mientras Rodó era el intelectual por excelencia, que procuraba aislarse del
mundo, Bevan, era el político por antonomasia, absolutamente metido en el
mundo. Sobre el final de su ensayo, San Román establece que ‘además de figuras
paralelas, Rodó y Bevan pueden verse como personajes complementarios’./ En
síntesis, si ubicar a Rodó en un lugar central es una tarea decisiva para el
futuro, este libro camina en esa dirección y merece leerse. Al mismo tiempo
advertiremos que quizá nos equivoquemos desde hace mucho con los intelectuales
que proyectamos y con los que desplazamos./ Por todo ello hay que dar la
bienvenida a este libro que puede incluirse en el inventario de las nuevas
buenas –y todavía pocas- cosas que están empezando a ocurrir.”
La labor intelectual más importante
de nuestros días es precisamente - como señala Daniel Mazzone -, la devolverle el papel central que jugara Rodó en la
formación de nuestro pensamiento propio, reconocido hoy en el mundo filosófico
como uno de los pioneros de la filosofía latinoamericana. Sin su aporte
decisivo, no se comprende cabalmente la monumental obra de Carlos Vaz Ferreira
ni los nuevos desarrollos que, en nuestra contemporaneidad, ha venido
realizando Arturo Ardao.
Es verdad que la época de oro
que conociera la sociedad uruguaya en los años cincuenta del siglo XX, cuando
se la reconociera en el mundo como la Suiza de América o la Atenas
del Plata, encontró condiciones económicas externas que beneficiaron su
desarrollo, pero el análisis meramente economicista de aquél fenómeno conduce a
desconocer el lento y fecundo proceso de formación de nuestros ciudadanos
durante la primera mitad del siglo XX, en el que se consolidara una extendida y
particular clase media, conformada por individuos capaces de pensar y actuar
por sí mismos. La base sobre la que sustentara esa época de oro
fue la conformación de una intelectualidad con pensamiento propio, de la que
surgieran varias generaciones de dirigentes políticos y estadistas de excelente
nivel, a pesar de las características de un Estado del que tan sólo, en la
actualidad, magnificamos sus males. Últimamente se ha tendido a olvidar la temprana y efectiva separación de
sus poderes – como garantía fundamental del proceso de construcción de la
institucionalidad democrática – en esta región del mundo o que, ese mismo
Estado, llegó a retribuir los servicios brindados a la comunidad por sus
legisladores y maestros de la enseñanza primaria, con salarios que
prácticamente alcanzaban el mismo monto.
Carlos Vaz Ferreira, el filósofo y maestro que
enseñara a pensar con cabeza propia a tantas generaciones de uruguayos,
comienza su Lógica Viva (1910),
afirmando: “Una de las mayores adquisiciones del pensamiento se realizaría
cuando los hombres comprendieran – no sólo comprendieran, sino sintieran – que
una gran parte de las teorías, opiniones, observaciones, etc., que se tratan
como opuestas, no lo son. Es una de las falacias más comunes, y por la cual se
gasta en pura pérdida la mayor parte del trabajo pensante de la humanidad, la
que consiste en tomar por contradictorio lo que no es contradictorio; en crear
falsos dilemas, falsas oposiciones. Dentro de esa falacia, la muy común que
consiste en tomar lo complementario por contradictorio, no es más que un caso
particular de ella, pero un caso prácticamente muy importante.”
Tan importantes, en la práctica, han resultado ser
esas falacias que la evolución de las sociedades humanas, en buena medida, ha perdido buena parte del siglo XX. Y
en particular, nuestras sociedades en América Latina, obnubiladas por las
falsas oposiciones de los sistemas ideológicos cerrados, las posteriores
simplificaciones economicistas – que magnánimamente podemos calificar como
neopositivistas – y sus contra
caras populistas, han gastado en pura pérdida las últimas cuatro
décadas transcurridas.
La mundialización ideológica generada a partir de
la Guerra Fría, produjo, en Uruguay, un acelerado proceso de vaciamiento
intelectual de la política que llega, exacerbadamente agudizado, hasta nuestros
días. Desde fines de los años sesenta las falsas oposiciones de las ideologías
cerradas penetraron fuertemente entre nuestros intelectuales, fenómeno que se
agravara durante los once años de régimen dictatorial. Pero la experiencia
histórica de la ciudadanía en la construcción de la sociedad democrática,
durante un extenso tramo del siglo XX, junto al esfuerzo intelectual de la
Generación del 900, constituyeron las claves esenciales para comprender el
proceso de recuperación institucional y convivencia en paz producido desde
mediados de los años ochenta del siglo pasado.
De todas formas, la influencia intelectual de las
generaciones idas, ha sido inercial, más allá de que una transformación
cultural y política como la experimentada en la primera mitad del siglo XX, no
es posible extinguir en poco tiempo, pues continúa actuando en el inconsciente
colectivo a través de los valores heredados por las nuevas generaciones de ciudadanos.
Mas, desde hace varias décadas nuestros
intelectuales - entendido el adjetivo en su acepción más amplia -, no tienen
conciencia y muchos de ellos ni siquiera lo saben, que contamos con un
pensamiento propio que puede conducirnos a la práctica de construir, paso a
paso, sin prisa pero sin pausas, una sociedad cada vez más justa y libre.
A poco más de un siglo de la primera publicación
del Ariel de José Enrique Rodó, esa es la mayor contribución que
la sociedad uruguaya puede aportar a la construcción de la Civilización
Latinoamericana que estos pueblos le deben a la humanidad.
Luis
Alemañy