La única reforma
El Gobierno que
actualmente detenta el Poder Ejecutivo en nuestro País, antes de ser tal, en su
campaña electoral prometió cambios y reformas de todo tipo y color.
Los
cambios evidentemente se dieron: cambiaron con respecto al FMI, a George W. Bush, a las misiones de
paz de
¿Y
de las reformas? : la educativa, la de la seguridad
social, la de la salud, la del agro, la del país productivo, y podríamos seguir
con muchas reformas más prometidas y que a dos años y tanto de estar al timón
del País (parece tiempo más que suficiente para hacerse una composición de
lugar y poder actuar en consecuencia) no ha pasado nada. Solo una reforma
prometida se hizo y va a aplicarse: la reforma tributaria.
Desgraciadamente
dicha reforma en los discursos electorales parecía una panacea, que castigaría tributariamente al que más tiene y liberaría de la carga
fiscal al que menos posee. En los hechos se transformó en un nuevo IRP (el tan
denostado por la izquierda en la oposición, impuesto a las retribuciones
personales, que permitió al Estado paliar parte de la crisis del 2002) pero hoy
con una base contributiva más amplia.
No
nos pondremos a ejemplarizar como hoy toda aquella persona que percibe en el
entorno de los $12.000 de ingresos (no de rentas como se nos quiere hacer ver
desde los mensajes mediáticos), va a pagar más. En pocos días, cuando se
efectivice la misma, sobrarán los ejemplos, y el mejor de todos será cuando
cada uno de nosotros deba rendir las cuentas al voraz fisco progresista y lo
compare con lo que tributaba antes, con eso solo bastará.
Pero
lo que hoy queremos de alguna manera explicar es por que habiendo tanta reforma
prometida y sobre temas tan trascendentes como pueden ser la salud o la
educación, la primera y a mi juicio única que se instrumentó e instrumentará en
este período de gobierno es la reforma tributaria, del mal llamado impuesto a
la renta.
Está
en la tapa del libro.
La
izquierda nunca dejó de hacer y prometer
lo que fuera con tal de llegar al poder, a las pruebas me remito, hemos
desarrollado hasta el cansancio el tema de las promesas imposibles y las
posturas irreconciliables con la mínima ética de la responsabilidad política,
con tal de conquistar voluntades electorales, recuerdo: “igual nos abrazaremos
con culebras” del inefable Pepe Mujica. Hoy el tema
es casi el mismo: cualquier cosa con tal de permanecer en el poder.
La
izquierda está enfrentada hoy a un dilema; en las últimas elecciones
aproximadamente 100.000 ciudadanos le prestaron su sufragio con un voto de
confianza para darle la oportunidad de instrumentar ese cambio tan prometido y
que luego de la crisis del 2002 parecía imprescindible, no solo no vino el
cambio, sino que hicieron todo lo que criticaron durante tres décadas y la
bonaza que hoy vivimos proviene del rumbo económico de los gobiernos anteriores
y de la coyuntura internacional. Demos gracias a Dios. ¿Pero que consecuencias
trae aparejado todo esto para el conglomerado de izquierda?
Por
un lado esos 100.000 votantes,
mayoritariamente de clase media, han visto las marchas y contramarchas de este
Gobierno y la falta de oficio para conducir los destinos nacionales y son votos
pensantes no ovejas del rebaño mediático del Frente Amplio, además la reforma
tributaria cargará sobre esta clase media todo el peso de la misma, ergo, estos
no los votan más.
Por
el otro, muchos de los idealistas de izquierda. al ver traicionados sus
postulados por un gobierno que no solo parece de izquierda sino que sigue los
pasos de gobiernos anteriores en lineamientos fundamentales como ser la
política económica, tampoco los votarán más, difícilmente voten a los partidos
tradicionales, pero a ellos tampoco, el voto anulado y en blanco seguramente
tendrán un protagonismo importante en los próximos comicios.
¿Qué
significa todo esto? Que les faltaran al menos 100.000 votos para igualar su performance anterior, en el mejor de los casos.
¿Cómo
remediar eso para seguir en el gobierno?
Muy
fácil; en la lógica maquiavélica de acceso al poder que a demostrado la
izquierda: acumular dinero en las arcas públicas, más aún de lo que se recauda
por la importante actividad económica que hoy vive el País y luego cerca de las
elecciones repartirlo entre sectores de la población, que se encuentran de
alguna manera en condiciones menos favorables que la amplia clase media de los
uruguayos que ya no los volverá a votar. Lisa y llanamente comprar votos.
Eso
y no otra cosa, es la razón de por que esta es la única reforma.
Agustín Cobas