Los viejos ideales de la izquierda
Las veinte páginas que componen el Programa del Encuentro
Progresista–Frente Amplio–Nueva Mayoría (Grandes líneas programáticas 2005-2010) son una asombrosa recopilación de
generalidades, en las que sus redactores han puesto su mayor empeño en escribir
lo que les fue posible sin exponer el verdadero pensamiento de quienes
determinan el accionar de la coalición izquierdista.
Indudablemente, se trata de
una estrategia de comunicación para ocultarle a la ciudadanía lo que
verdaderamente sus integrantes más conspicuos piensan realmente hacer, en el
caso de acceder al gobierno del país, es decir, cuales serían los objetivos a
alcanzar para implantar el “nuevo modelo de sociedad” que han venido anunciando
en los últimos años. De todas formas y aunque a cualquier lector desprevenido
bien se le pueden pasar por alto sus significaciones reales, en una frase
introductoria, nos lo anticipan: “Hoy, esta fuerza política tiene ante sí
problemas nuevos, pero también nuevas posibilidades, nuevos aprendizajes y
viejos ideales para potenciar sus propuestas.”
La vida social nunca cesa de plantear problemas nuevos,
aunque también pueden ser muchos los problemas de larga data, en cualquier
sociedad, a los cuales no se les encuentran las soluciones apropiadas.
Pero, el problema fundamental de la inmensa mayoría de la
dirigencia de la izquierda -y ese es uno de nuestros problemas de larga data-,
lo constituye el desconocimiento de la historia de las ideas producidas e
impulsadas por los propios pensadores uruguayos que cuestionan esencialmente
sus esquemas ideológicos decimonónicos.
Lo que en el mundo desde hace ya hace un siglo se reconoce
como la
filosofía de la vida o de lo concreto, de
El hecho de que por un azar del destino el gobierno del
país, a fines de los sesenta, quedara en manos de políticos ineptos que les
otorgaran destacada participación a representantes de grupos económicos
inescrupulosos, fomentó la creciente influencia de
Existen quienes buscan entender ese período dentro de lo que
se ha dado en llamar la “teoría de los dos demonios”: los demonios del
comunismo y el fascismo, de la ultraderecha y la ultraizquierda,
del revolucionarismo y
Màs, la debilidad de la “teoría de los
dos demonios”, radica en el hecho de que culpabiliza enteramente a quienes
formaron parte de esos bandos, exonerando de responsabilidades a muchos actores
claves, tanto intelectuales como políticos, que por acción, omisión o
pusilanimidad contribuyeron a
De ahí que cuando la izquierda proclama que tiene viejos ideales
para potenciar sus propuestas, reivindica los altos grados de
irracionalidad que hasta el día de hoy se ha empecinado en conservar. Ello se
expresa en sus exageradas falsedades cuando interpreta lo sucedido en el país
como consecuencia de la crisis regional, al estigmatizar como enemigo a todo
aquél que no milite en sus filas, al negar las renovaciones políticas ungidas
ante sus ojos por el voto popular, al hacer del mal llamado neoliberalismo su
actual enemigo omnipresente y fantasmal, como forma de tomar distancia, desde
su corporativismo autoritario, de las auténticas ideas liberales que conforman
la más rica tradición de la nación, desde su propia fundación.
Esa izquierda, así concebida, es una de las principales
responsable de los importantes grados de empobrecimiento intelectual de
Las razones fundamentales de que el país se sumergiera en el
espiral autoritario e irracional hace ya más de cuatro décadas, se encuentran
en la crisis de las ideas que se instalara en esa época y de la cual, hasta el
presente, no se ha logrado salir. El resultado ha sido el creciente empobrecimiento
de nuestros intelectuales, genéricamente considerados, en un exacto proceso
inverso al que últimamente han conocido los procesos de evolución de las
sociedades más desarrolladas y justas. Pero lo que resulta altamente
impactante, es que los caminos fundamentales seguidos por esas sociedades, son
los que, muy tempranamente, señalaran y transitaran los pensadores uruguayos de
la Generación del 900 y su pléyade de continuadores.
La izquierda uruguaya, después de haber sido brutalmente
reprimida durante la dictadura militar, se ha mantenido obcecadamente
empecinada en conservar sus viejos ideales,
sin detenerse a reflexionar sobre la influencia retardataria que, precisamente,
desde hace cuarenta años, ha venido ejerciendo sobre una parte importante de
los intelectuales. En el empobrecimiento de las ideas se encuentran las causas
fundamentales de la devaluación intelectual de la política y demás acuciantes
miserias contemporáneas.
Todo esto explica, que en un capítulo de las Grandes líneas
programáticas 2005-2010 del EP-FA-NM que es crucial para el futuro del
país, como lo es el de la educación pública, solo nos encontremos con cinco
brevísimos y vagos párrafos, constituyendo la solución salomónica para
ocultarle a la ciudadanía el cúmulo de desatinos elaborados sobre el tema en el
Congreso del Frente Amplio que proclamara la fórmula presidencial para las
próximas elecciones nacionales, entre los cuáles se anunciara la determinación
de perseguir políticamente a los docentes que hubieran participado en ciertas
iniciativas de reforma del sistema educativo.
Es verdad que en los últimos años el país las ha pasado muy
mal, pero con los
viejos ideales de la izquierda, si se entronizaran en el poder, se corre
el riesgo de llegarlas a pasar mucho peor aún.