Los viejos ideales de la izquierda

 

Las veinte páginas que componen el Programa del Encuentro Progresista–Frente Amplio–Nueva Mayoría (Grandes líneas programáticas 2005-2010)  son una asombrosa recopilación de generalidades, en las que sus redactores han puesto su mayor empeño en escribir lo que les fue posible sin exponer el verdadero pensamiento de quienes determinan el accionar de la coalición izquierdista.

 

Indudablemente, se trata de una estrategia de comunicación para ocultarle a la ciudadanía lo que verdaderamente sus integrantes más conspicuos piensan realmente hacer, en el caso de acceder al gobierno del país, es decir, cuales serían los objetivos a alcanzar para implantar el “nuevo modelo de sociedad” que han venido anunciando en los últimos años. De todas formas y aunque a cualquier lector desprevenido bien se le pueden pasar por alto sus significaciones reales, en una frase introductoria, nos lo anticipan: “Hoy, esta fuerza política tiene ante sí problemas nuevos, pero también nuevas posibilidades, nuevos aprendizajes y viejos ideales para potenciar sus propuestas.”

 

La vida social nunca cesa de plantear problemas nuevos, aunque también pueden ser muchos los problemas de larga data, en cualquier sociedad, a los cuales no se les encuentran las soluciones apropiadas.

 

Pero, el problema fundamental de la inmensa mayoría de la dirigencia de la izquierda -y ese es uno de nuestros problemas de larga data-, lo constituye el desconocimiento de la historia de las ideas producidas e impulsadas por los propios pensadores uruguayos que cuestionan esencialmente sus esquemas ideológicos decimonónicos.

 

Lo que en el mundo desde hace ya hace un siglo se reconoce como la filosofía de la vida o de lo concreto, de la que Carlos Vaz Ferreira se destacara como uno de sus principales forjadores –y que Arturo Ardao, poco antes de irse físicamente de este mundo hace exactamente un año, junto a todos los nuevos desarrollos producidos a lo largo del siglo XX, reuniera bajo la nueva y justa denominación de Filosofía de la Inteligencia- muy lejos de cualquier sistema ideológico reducidor de la realidad, postula pensar y resolver por ideas propias cada problema nuevo y concreto que la vida nos presenta. El enseñar a pensar por ideas y no por sistemas que tanta influencia tuviera en Uruguay hasta la década de los años sesenta del siglo XX, fue uno de los principales factores para que en el mundo se nos reconociera como la Suiza de América o la Atenas del Plata, con los altísimos índices de desarrollo humano que lográramos alcanzar en esos tiempos que, aunque tan próximos, aparentan encontrarse como muy lejanos.

 

El hecho de que por un azar del destino el gobierno del país, a fines de los sesenta, quedara en manos de políticos ineptos que les otorgaran destacada participación a representantes de grupos económicos inescrupulosos, fomentó la creciente influencia de la Guerra Fría. Aunque las inmensas mayorías ciudadanas quedaron al margen, los sistemas ideológicos cerrados que impulsaran la división simplificadora entre derechistas e izquierdistas crearon las condiciones para la irrupción de la violencia y el advenimiento del período dictatorial.

 

Existen quienes buscan entender ese período dentro de lo que se ha dado en llamar la “teoría de los dos demonios”: los demonios del comunismo y el fascismo, de la ultraderecha y la ultraizquierda, del revolucionarismo y la contrarrevolución. Pueden tener parte de razón, pero lo que verdaderamente se instaló en el país en aquéllos años fue la irracionalidad intrínseca de los sistemas ideológicos cerrados, común denominador de lo que aparenta ser irreductiblemente antagónico y no lo es, porque ambos caminos precipitan a la involución, al retorno de lo arcaico, dado que en la base de estas concepciones, existe una misma visión autoritaria sobre la vida y el conocimiento, conculcadora de la libertad. La instalación de los sistemas ideológicos cerrados en nuestra sociedad, demostró su carácter antihistórico masacrando todo lo nuevo que pudiera germinar, en una realidad que hasta ese momento era rica en diversidad y pluralidad, después de una trabajosa acumulación creativa de varias generaciones.

 

Màs, la debilidad de la “teoría de los dos demonios”, radica en el hecho de que culpabiliza enteramente a quienes formaron parte de esos bandos, exonerando de responsabilidades a muchos actores claves, tanto intelectuales como políticos, que por acción, omisión o pusilanimidad contribuyeron a la debacle. Dicha simplificación, culpabilizando solamente a los bandos en pugna, ha contribuido a que buena parte de militares y militantes de izquierda, continúen acuartelados en esquemas ideológicos arcaicos.

 

De ahí que cuando la izquierda proclama que tiene viejos ideales para potenciar sus propuestas, reivindica los altos grados de irracionalidad que hasta el día de hoy se ha empecinado en conservar. Ello se expresa en sus exageradas falsedades cuando interpreta lo sucedido en el país como consecuencia de la crisis regional, al estigmatizar como enemigo a todo aquél que no milite en sus filas, al negar las renovaciones políticas ungidas ante sus ojos por el voto popular, al hacer del mal llamado neoliberalismo su actual enemigo omnipresente y fantasmal, como forma de tomar distancia, desde su corporativismo autoritario, de las auténticas ideas liberales que conforman la más rica tradición de la nación, desde su propia fundación.

 

Esa izquierda, así concebida, es una de las principales responsable de los importantes grados de empobrecimiento intelectual de la política. Alarma la información brindada desde los ámbitos académicos, que nos dice que la mayoría de los estudiantes de Ciencias Políticas en la Universidad de la República, se refieran despectivamente al sistema democrático desde las categorías más puras y duras del marxismo-leninismo, como si se tratara de una democracia formal y burguesa.

                                                  

Las razones fundamentales de que el país se sumergiera en el espiral autoritario e irracional hace ya más de cuatro décadas, se encuentran en la crisis de las ideas que se instalara en esa época y de la cual, hasta el presente, no se ha logrado salir. El resultado ha sido el creciente empobrecimiento de nuestros intelectuales, genéricamente considerados, en un exacto proceso inverso al que últimamente han conocido los procesos de evolución de las sociedades más desarrolladas y justas. Pero lo que resulta altamente impactante, es que los caminos fundamentales seguidos por esas sociedades, son los que, muy tempranamente, señalaran y transitaran los pensadores uruguayos de la Generación del 900 y su pléyade de continuadores.

 

La izquierda uruguaya, después de haber sido brutalmente reprimida durante la dictadura militar, se ha mantenido obcecadamente empecinada en conservar sus  viejos ideales, sin detenerse a reflexionar sobre la influencia retardataria que, precisamente, desde hace cuarenta años, ha venido ejerciendo sobre una parte importante de los intelectuales. En el empobrecimiento de las ideas se encuentran las causas fundamentales de la devaluación intelectual de la política y demás acuciantes miserias contemporáneas.

 

Todo esto explica, que en un capítulo de las Grandes líneas programáticas 2005-2010 del EP-FA-NM que es crucial para el futuro del país, como lo es el de la educación pública, solo nos encontremos con cinco brevísimos y vagos párrafos, constituyendo la solución salomónica para ocultarle a la ciudadanía el cúmulo de desatinos elaborados sobre el tema en el Congreso del Frente Amplio que proclamara la fórmula presidencial para las próximas elecciones nacionales, entre los cuáles se anunciara la determinación de perseguir políticamente a los docentes que hubieran participado en ciertas iniciativas de reforma del sistema educativo.

 

Es verdad que en los últimos años el país las ha pasado muy mal, pero con los viejos ideales de la izquierda, si se entronizaran en el poder, se corre el riesgo de llegarlas a pasar mucho peor aún.

 

Luis Alemañy