Con mucha habilidad política el Ministro Astori logró desviar de la
atención pública la crisis de la semana pasada, lo hizo utilizando el más viejo
de los recursos existentes en materia política que no por viejo deja de tener
eficacia, que no es otro que el de lanzar un globo sonda polémico para generar
el debate que distraiga de los verdaderos problemas que lo acucian.
Para lograr este efecto debía meterse con algo significativo, un asunto
lo suficientemente dicotómico como para hacer olvidar que estuvimos a minutos
de quedar sin Ministro de Economía y sin presupuesto quinquenal, y de un
variado menú de opciones eligió al ícono más protegido por la izquierda desde
la época de Frugoni como lo es la vieja
y querida Universidad de la República.
Sin anestesia barrió con décadas de plataformas de la FEUU referidas a
las bondades del sistema gratuito y sin exclusiones, olvidó decenas de
resoluciones de los consejos universitarios contrarias a su propuesta y por si
esto fuera poco, omitió la tradicional defensa del Frente Amplio a no tratar ni
siquiera superficialmente la posibilidad de aplicar una matrícula de ingreso a
nuestra mayor casa de estudios por considerarlo horripilantemente neoliberal.
Sabiendo pues, que el objetivo
fue no hablar más de las diferencias que tiene con Vázquez, vale la pena de
todas formas fijar posición sobre este tema que lejos de centrarse solamente en
las bondades que una matricula pueda aparejar en los estudiantes
universitarios, debe centrarse en la cuestión de fondo que no es otra que
evaluar la justicia que implica
que la Universidad siga existiendo tal
cual la conocemos.
Es obvio que no es justo que parte de los impuestos que paga un
trabajador en seguro de paro, un peón rural o un obrero de la construcción vaya
dirigido a pagar las decenas de miles de dólares que costaron mis estudios
universitarios. Con la carga tributaria de nuestro país, en donde los que ganan
menos son los que aportan más al erario publico, es absolutamente inmoral
pretender que se me paguen mis estudios terciarios, máxime si provengo de un
Colegio privado.
En segundo lugar, la existencia de una matricula no va a cambiar la
composición del estudiantado universitario; seguirán siendo la mayoría
integrantes de esa clase media uruguaya que hoy por hoy con casi la mitad de la
población en situación cercana a la pobreza es más que un privilegio.
Negarse a discutir el tema, escudándose en principismos perimidos
esquiva la verdadera discusión de hasta dónde los cientos de millones de
dólares que invertimos en la Universidad, son gastados con un mínimo de
eficiencia como para contentar los esfuerzos de los contribuyentes que hacen de
tripas corazón, para permanecer en la legalidad.
Los países que crecen con justicia, lo hacen sabiendo y corrigiendo
quienes son los verdaderos sostenes de sus estructuras públicas, el nuestro no
puede seguir imaginando que en aras de proteger la autonomía incambiada en casi
cincuenta años, seguir manteniendo la gratuidad en los ingresos a los altos
estudios, cuando en las clases más humildes hay una deserción de más del
cincuenta por ciento de los adolescentes en segundo año de liceo.
Si queremos ser justos, al que pueda matrícula, y lo generado por la
misma que vaya dirigido a hacer más atractiva e incluyente la enseñanza técnica
de la ex UTU, de forma de incorporarles a los más necesitados un oficio que les
permita ganarse la vida con la misma dignidad que un abogado, un arquitecto o
un licenciado en relaciones internacionales.