LA PROPUESTA DECEPCIONANTE

 

El gobierno hizo conocer los lineamientos básicos de su propuesta de reforma tributaria.

 

La misma supone la simplificación del modelo vigente, con la eliminación de varios impuestos y un cambio de orientación de la estructura tributaria.

 

Así se anuncia la rebaja del IVA, con una ampliación de la base de aportación, y la creación del llamado Impuesto a las Rentas de las Personas Físicas.

 

Pero, lamentablemente, arrancamos mal.

 

Coincidimos en el objetivo de que haya menos impuestos, más fáciles de controlar y que por consiguiente comprometan un mejor nivel de eficacia respecto de la situación actual.

 

En lo que no coincidimos, es en la creación de un impuesto a los INGRESOS tal como se plantea para las personas físicas. El Ministro de Economía no debería caer en la irreverencia técnica de llamar como “impuesto a la renta “a uno que solo grava los ingresos. La diferencia es abismal, rompe los ojos.

 

El hecho de no poder descontar los gastos inherentes a la generación de los ingresos, descalifica la definición que el gobierno le da a su buque insignia en materia de tributos.

 

Estamos frente a una propuesta de aumentar la carga sobre los salarios y las jubilaciones y de ampliar la base de recaudación a aquellos que hoy no están en la misma. Solo eso.

 

Esto supone un esquema de mayor presión impositiva sobre, especialmente, la

clase media que vive de sus ingresos fijos.

 

Como agregado, aparecen alarmantes propuestas de gravar los alquileres y los ingresos por intereses de colocaciones financieras.

 

Esta es una propuesta decepcionante.

 

Decepciona porque no ataca la base del problema y no avanza sobre la

construcción de un sistema que permita atacar la injusticia del modelo actual.

 

Hoy, en proporción paga más el que menor capacidad contributiva tiene, y paga menos el que la tiene en mayor medida.

 

Si se hubiese optado por un impuesto a las RENTAS y no por un impuesto a los INGRESOS, se estaría avanzando en materia de justicia tributaria. No es ese el caso.

 

Decepciona esta propuesta, además, porque no ayuda a mejorar sobre lo que debería ser una prioridad nacional: el combate del informalismo.

En esta materia se va en sentido inverso al recomendable. Si se hubiese optado, en cambio por un impuesto a las rentas, con deducción de gastos, el ciudadano común y cada uno de los agentes económicos se sentirían atraídos  a salir del espiral nefasto de la práctica de la informalidad económica, y por consiguiente a ir emparejando las posibilidades de desarrollo de personas y las empresas, no en función de su habilidad evasora, sino en cuanto sean capaces se de ser mejores administradores de sus recursos.

 

Como si todo esto fuese poco, además, se anuncia que el financiamiento del Seguro Nacional de Salud, del que se sabe poco, y lo poco que se sabe es también alarmante, no se va a dar a partir de lo que se recaude por esta vía como originalmente se había dicho.

 

Va a haber más impuestos para este boletín.

 

En conclusión, compartimos la necesidad de reformar y simplificar el sistema, pero, lamentamos profundamente que se haya elegido, una vez más, el camino más sencillo que es el del aumento de la carga de impuestos que la sociedad paga.

 

Como propuesta, es decepcionante.

 

Alvaro Alonso