LO QUE EL PAIS RECLAMA

 

Desde nuestro punto de vista lo más rescatable del contundente resultado del 7 de Diciembre fue observar detenidamente las reacciones de los principales protagonistas. En cualquier caso pareciera que lo manifestado en las urnas reafirma mi convicción de que a nuestra sociedad lo único que la sacude son las secuelas de algún hecho consumado de dolorosas proporciones y que estas características se trasladan en un todo al sistema político que la representa.

 

No se debe dudar que el pronunciamiento mayoritario de la ciudadanía rechazó la Ley referida a la Administración Nacional de Combustibles, Alcoholes y Pórtland que aprobara el Poder Legislativo. Pero, como lo  relevara una encuesta de opinión pública en los últimos días previos a la instancia plebiscitaria, un importante número de uruguayos decididos a votar la derogación de la norma, lo hacían a pesar del convencimiento de que se trataba de una buena obra del legislador.

 

Indudablemente nos encontramos ante un pronunciamiento ciudadano que marca fuertemente el descreimiento en una buena parte de las actuales dirigencias. Mucho antes del 7 de diciembre, cuando los dos ex presidentes de la República -que representan a los sectores mayoritarios de los dos partidos históricos- lanzaron sus campañas en defensa de la Ley, automáticamente se registró un importante descenso en los porcentajes de ciudadanos que hasta ese momento estaban decididos a pronunciarse a favor de la nueva normativa.

 

Mucho más allá de la peligrosa situación a la que se verá enfrentada la empresa pública ante la derogación de la Ley que buscara reformarla, el problema más importante que enfrentamos es el descreimiento ciudadano en una parte importante de las actuales dirigencias y en sus formas de practicar la política.

 

No podemos desconocer que el sin fin de penurias que padecen cientos de miles de compatriotas, desde hace casi un lustro, se reflejó en los resultados de este referéndum. Las debilidades alarmantes de nuestra organización social, con sus flagrantes desigualdades e injusticias, exigen una profunda renovación de las dirigencias y de la acción política. Es cierto que las causas externas han contribuido a ahondar todos nuestros males, pero la frivolidad de una miope visión economicista que ha sido hegemónica en las actuales dirigencias, exige imperiosamente que sea relevada.

 

Si al 62% de los ciudadanos que por diferente motivos se pronunciaron por derogar la Ley, le sumamos el prácticamente 17% que totalizan quienes votaron en blanco, anulado y quienes optaron por pagar la multa, nos podemos aproximar a comprender la magnitud del profundo malestar que campea en la sociedad.

 

 

Dada vuelta la triste página del proceso que llevó a la anulación de la Ley de Asociación de ANCAP, donde tanto los consensos, la palabra empeñada y el valor de la verdad se devaluaron tan profundamente, es hora que se encare una sincera renovación en las practicas políticas, en donde las consignas queden relegadas frente a una verdadera actitud de búsqueda de entendimientos que antepongan a cualquier tipo de corporativismo.

 

A casi dos décadas de la recuperación de la institucionalidad democrática, con la gravedad de las circunstancias por las que estamos atravesando, con tantos peligros como los que nos acechan, es imperioso el surgimiento de una nueva generación de dirigentes que se aboque a llevar adelante las transformaciones profundas que el país real reclama.

 

Para que ello sea posible, necesitamos un programa de reformas, lejos de todo recetario de ideas prestadas y de esas visiones economicistas sin alma que tanto males nos han acarreado, para forjar un consenso social y político que nos permita construir una sociedad decente que  podamos reconocer como esencialmente justa.

 

Si ello fuera posible, nada de todo lo vivido habrá sido en vano.

 

Sebastián Da Silva