Son 102 los millones de razones que nos provocan una inusual indignación. Cada dólar mal gastado que ayudó a la elevación de la Torre de Antel nos debe llevar hoy mas que nunca, con la realidad del 2003 a la vista, a realizar una profunda reflexión sobre las motivaciones que tiene nuestro Estado en el momento de hacer inversiones públicas.
Desde
el mismo día de su gestación allá en el lejano 1995, con un país que no vivía
ni por asomo las consecuencias de su sinceramiento económico, nuestro sector
Desafío Nacional advertía públicamente el despropósito que constituía que la
Empresa de Telecomunicaciones dedicara la mayor parte de sus inversiones a la
comodidad de sus funcionarios.
Nada
justificaba su construcción, salvo las apetencias de perpetuidad que algún
sueño político podía propiciar y la increíble sensación de impunidad en el
gasto de sus ocasionales administradores.
Dicen
sus funcionarios públicos cuando salen a recoger firmas que hay que defender a
Antel por el supuesto de que como es de los uruguayos hay que protegerlo,
olvidándose sistemáticamente de la poca consulta que permanentemente se le hace
a sus “propietarios” cuando se fijan las tarifas, las remuneraciones o como en
este caso sus supuestas inversiones.
Como
en tantas ocasiones lamentamos haber tenido razón, no solo cuando denunciábamos
su impresionante costo, sino cuando advertíamos la posibilidad hoy confirmada
de que el mismo se duplique.
Con
los costos a la vista, y con la pesadumbre de ver la insignia del mal gasto
público a punto de inaugurarse es que hasta por masoquismo nos volvemos a
imaginar los enésimos destinos de mayor solidaridad, productividad o eficiencia
por los que cambiaríamos a este edificio de cristal.
Por
tanto y ante la cuenta regresiva que marca
el comienzo de la mudanza que confirme la constitución de la oficina
pública de mayor confort y lujo de América Latina nos proponemos sugerir un
destino más acorde con el momento que vivimos
y transformar el icono del despilfarro a un ejemplo de modernización
nacional.
Se
debe declarar a este edificio una zona franca tecnológica de forma que el
auspicioso desarrollo de nuestra
informática se consolide y se promueva.
Si
las más variadas empresas de servicios informáticos, las exportadoras de
software, las de soporte técnico o las simplemente proveedoras de insumos se
complementan en una misma ubicación en
el corazón de la ciudad, estaremos ofreciendo a este necesario sector de la
economía un marco mas adecuado a su verdadera condición de motor de desarrollo.
Este
cluster vertical sería un sincero orgullo y nuestros compatriotas entenderán lo
tangible de nuestro desarrollo tecnológico cuando al pasar por sus puertas
observen el trabajo genuino de miles de jóvenes las veinticuatro horas en vez
de irritarse con las miles de horas extras y los costosos gastos de
mantenimiento de esta torre que sin parar incrementarán mes a mes nuestra cuenta telefónica.
A
no incurrir en debates estériles acerca del traspaso de la propiedad, seamos
imaginativos, generemos un marco o
bien de financiamiento, o de
arrendamiento, o de leasing que procure la atracción de aquellos inversores que
al influjo, no solo de nuestra excelente capacitación en informática, algo
felizmente constatable, vean en nuestro Uruguay de hoy un país que
decididamente apuesta a la tecnología entregando su mas fastuoso símbolo a la
promoción del mundo real y no al burocrático.
Todavía
estamos a tiempo.