REGENERACIÓN DE LA POLÍTICA

 

 

En la medida que nos acercamos al próximo año electoral, se va haciendo cada vez más evidente la necesidad de una profunda regeneración de la actividad política y la consecuente renovación de las dirigencias.

 

El conjunto de problemas históricos que el país hereda de las últimas décadas transcurridas, exigen un importante esfuerzo intelectual de la dirigencia mejor formada, para romper los esquemas del pasado en los que se ha visto confinada.

 

Es cierto que el país para construir su futuro inmediato y de largo plazo, requiere un gran esfuerzo nacional conjunto, pero corremos el riesgo de  que dicha empresa, aglutinante del anhelo y las esperanzas de importantes mayorías ciudadanas, se transforme en una mera consigna partidista.

 

Es imperioso subrayar que ese esfuerzo nacional conjunto al que nos referimos, debe concitar la adhesión de los individuos que han contado con mayores posibilidades para desarrollar sus capacidades. Para lograrlo es necesario que alcancen a convencerse de que es posible crear las condiciones éticas, morales, políticas y culturales para hacerlo realidad. Mancomunar esas reservas intelectuales, en aras de la evolución creadora de la sociedad, es la principal labor que la coyuntura histórica reclama.

 

Pero el principal escollo para que esto se produzca, lo constituye el hecho de que los individuos mejor formados, precisamente por ese hecho, se alejan cada día más de la acción política.

 

En una importante franja de los jóvenes intelectuales y profesionales, las trascendentalizaciones economicistas y la vorágine consumista de los últimos años -con su deleznable divisa de “haz la tuya”-, también han contribuido fuertemente a su alejamiento de la política y de su participación en la búsqueda por contribuir a resolver los problemas del conjunto de la sociedad. Pero buena parte de los pocos jóvenes que actúan en política, provenientes de los sectores sociales con mayor poder adquisitivo o que ansían pertenecer a él, también se encuentran bajo influencias similares. Esto, de alguna manera, contribuye al propio desprestigio de la política ante los ojos de los integrantes de su generación y del conjunto de la ciudadanía. En la antípoda de este grupo, pero perteneciente a la misma franja etaria, nos encontramos con los jóvenes militantes nostálgicos del fundamentalismo sesentista y de las utopías reaccionarias que quedaran sepultadas en el siglo que acabamos de terminar. Evidentemente, es necesario tomar conciencia de que se trata de  un cóctel que bien puede transformarse en explosivo y que con urgencia es necesario desactivar.

 

Estos problemas se han visto aumentados por la crisis económica y social que la sociedad uruguaya ha padecido en estos últimos años y de mantenerse el actual status quo en el sistema político, podemos encontrarnos en la antesala de decisiones ciudadanas que conduzcan a males mayores que los  ya conocidos. En dicho sentido, la experiencia registrada en el último lustro en la vecina Argentina es profundamente aleccionante.

 

Es cierto que la convivencia democrática en Uruguay es mucho más extensa y la formación cívica de los ciudadanos también es de más larga data que en el país vecino, pero la agudización de la pobreza en los últimos años y los altísimos grados de incertidumbre en los que sobreviven cientos de miles de uruguayos, brindan las condiciones para que puedan producirse cambios importantes en sus comportamientos políticos. Debe remover hasta sus cimientos nuestras conciencias el trágico dato de que nuestro país se encuentre entre los que posee los mayores índices de suicidios, enrostrándonos los altos grados de desesperación y desesperanza que se han venido registrando en la sociedad.

 

El proceso transformador que con urgencia el país reclama, encuentra su mayor impedimento en los bloques que hegemonizan al interior de los partidos políticos. Máxime cuando éstos se han visto reforzados por la nueva legislación electoral que coadyuva, decisivamente, a mantener el status quo. Las elecciones internas de los partidos, en las que sólo participa un sector de la ciudadanía, beneficia a los candidatos que mayores posibilidades tienen de estructurar aparatos militantes. La práctica demuestra que en este tipo de elecciones es decisivo contar con una masa importante de recursos económicos, para imponerse sobre los que tienen limitaciones importantes para obtenerlos. La costosa propaganda en los medios de comunicación masiva permite la exhibición de quienes cuentan con más posibilidades de obtener cargos de poder, facilitándoles la estructuración de los aparatos  recolectores de votos.

 

Lo más trágico lo constituye el hecho de que los bloques hegemónicos al interior de los tres principales partidos, continúan siendo prisioneros de los peores fantasmas del pasado que contribuyeran a propiciar el peor y más luctuoso período de la historia, actuando ahora como los principales frenos de la evolución armónica de la sociedad y como expulsores de la actividad política de los individuos mejor formados.

 

Si bien esta parte de la realidad es insoslayable, a partir de la experiencia de los casi veinte años que nos separan de la recuperación de la institucionalidad democrática, se ha venido formando una nueva generación de dirigentes políticos que se están transformando en referentes éticos y morales para el conjunto de la sociedad, alejados de toda postura fundamentalista, demagógica o populista, con sobrada conciencia sobre los graves problemas que la sociedad debe resolver, agudizados tan dramáticamente en los últimos cuatro años.

 

La honestidad intelectual exige reconocer que esa nueva generación de dirigentes se encuentra al interior de la cada uno de los partidos y que, por sobre los matices ideológicos diferenciales, los une buena parte de lo mejor de la comunidad espiritual que caracterizara la evolución histórica de la sociedad uruguaya. Ello hace que éste sea el sector de la dirigencia contemporánea más consustanciado con las transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales que la historia del país exige.

 

Si, hasta ahora, no se ha transformado en la fuerza propulsora de esas transformaciones, se debe a la dispersión de esfuerzos en la infructuosa búsqueda de renovar las estructuras esclerosadas de sus partidos. Aunque en el último tiempo han demostrado ser capaces de colocar los intereses nacionales por encima de los meramente partidistas, la adhesión a las más ricas tradiciones de sus colectividades, constituyen la importante parte de razones que explican sus sacrificadas permanencias junto a quienes de ellas prescinden.

 

Mas, la experiencia realizada con la nueva ingeniería electoral, ha demostrado que parte de esas nuevas dirigencias que no lograra imponerse en las elecciones internas de los partidos a los que pertenecen, al concurrir a las elecciones nacionales tras candidatos que contradicen esencial y formalmente sus postulados, deben resignarse, durante cinco años, a una existencia meramente testimonial y marginal en el escenario político nacional.

 

Luis Alemañy