El cambio justo

 

La renovación del Partido Nacional, consagrada por la voluntad popular en las últimas elecciones internas de los partidos, fue ungida como la segunda fuerza política del país en las elecciones nacionales del último 31 de octubre. Ahora se enfrenta al desafío crucial, desde el importante posicionamiento que le adjudicara la ciudadanía, de impulsar las transformaciones que la sociedad uruguaya reclama desde hace varias décadas y que constituyen las más importantes lecciones que mostrara la crisis económica y social de los últimos años.

 

Pero es relevante destacar que el proceso de la renovación nacionalista, comenzó con anterioridad a la profunda coyuntura crítica vivida en el transcurso del año 2002, como fruto de la decisión unánime de debatir sobre las ideas que permitieran encontrar las soluciones a los problemas cruciales que traban la evolución de la sociedad uruguaya contemporánea.

 

Fue en ese proceso de debate interno que se alcanzó un amplio consenso sobre las exacerbadas características economicistas del debate político de los últimos tiempos, concluyendo que la lucha por construir una sociedad justa y solidaria debía ser el objetivo superior de los nacionalistas, como fuera enunciado en el Programa común presentado en el comienzo de la campaña electoral.

 

Estas nuevas definiciones ideológicas del nacionalismo encuentran fundamento filosófico tanto en la obras forjadas por los más destacados pensadores uruguayos e hispanoamericanos del siglo XX, así como en las ideas más avanzadas que, desde muy diversas experiencias y disciplinas, se vienen abriendo paso actualmente en el mundo.

 

En líneas generales, el paradigma de sociedad humana que se comienza a diseñar en nuestra contemporaneidad, surge como la más elevada expresión de la sociedades liberales y democráticas modernas, cimentadas en diferentes pueblos de Occidente desde comienzos del siglo XX, cuando recién al término de esa misma centuria comenzaran a quedar atrás las utopías reaccionarias corporativistas que desde los extremismos ideologistas -tanto de derecha como de izquierda-, jaquearan sus evoluciones.

 

Se trata de forjar un nuevo contrato político y social, como el camino más fecundo para construir una sociedad reconocida por todos sus integrantes como decente, ordenada y previsible. Se trata, también, de transitar nuevos senderos que nos lleven a dejar atrás dichas ideologías cerradas y retardatarias que sobre estos temas sólo han propuesto confrontación y falsa oposición.

 

En un proceso que data de cuatro décadas, en el que ha venido creciendo sostenidamente la percepción de estar viviendo en una sociedad injusta y por lo tanto, indecente, desordenada e imprevisible, el problema central  ha radicado en el acelerado aumento de las desigualdades entre el quintil superior y el quintil inferior de sus integrantes. Y ha sido recientemente que se ha incrementado vertiginosamente el índice de desigualdad: en 1998 el quintil superior recibía 8,4 veces más del total de PBI de lo que percibía el quintil inferior y según los datos disponibles por el PNUD -que corresponden al año 2000-, hace cuatro años nos encontrábamos en el 10,4. Por lo tanto, en la actualidad, no es para nada aventurado proyectar un índice de desigualdad superior a 12.

 

Buscar disminuir a la tercera parte dichas desigualdades, es el objetivo fundamental de la hora actual, como condición indispensable para lograr desencadenar el crecimiento de la sociedad y de todos los individuos que la componen. La sociedad justa, a la que todos sus integrantes reconocen como decente, ordenada y previsible, permite la  acumulación de reservas éticas y morales para enfrentar los ciclos económicos adversos, en la medida que se encuentra garantida la distribución equitativa tanto de las ganancias como de las pérdidas.

 

Son estos problemas estructurales los que han hecho oscilar, en Uruguay, tan bruscamente los índices de pobreza durante los últimos veinte años. De más de un 46% de compatriotas pobres al final del período dictatorial, se llegó a disminuirlos hasta un 15% en 1999, como consecuencia del crecimiento económico producido entre los años 1990 y 1998. Pero ahora, a partir de los últimos años críticos, nos encontramos con algo más del 30% de la población empobrecida. Ello nos habla a las claras de que el crecimiento económico para que no sea efímero y tan fuertemente condicionado por los factores exógenos, debe ser un crecimiento sustentable, enraizado en la equidad. Estas son lecciones muy duras que nos ha dejado la vida en democracia, refrendadas por los agudos padecimientos de demasiados cientos de miles de compatriotas.

 

Entre las características fundamentales de ese paradigma surgido del proceso de renovación de las ideas en el Partido Nacional se destaca la búsqueda por lograr atemperados grados de desigualdad en la distribución del PBI entre el quintil superior y el quintil inferior de su población, propiciando la extensión y ascensión de las capas medias. El Estado impulsa, a través de sus servicios, un igual punto de partida para todos los individuos, haciendo de la eficiencia y transparencia en su gestión, las características básicas y elementales de su práctica cotidiana; a su vez, es garante de la libertad de mercado y de los derechos de los asalariados, así como el principal instrumento dinamizador de la vida económica, social, política y cultural, en una relación de estrecha complementariedad e interacción con el tercer sector, compuesto por las organizaciones de la sociedad civil. El desarrollo estratégico se sustenta en el crecimiento cultural de los individuos que la componen, promoviendo las asociaciones entre ellos para la planificación prospectiva del crecimiento, tanto a nivel local como regional, nacional e interregional.

 

Es un paradigma de sociedad adaptable a cada civilización y cultura, habida cuenta de que las experiencias actuales más ilustrativas de construcción de sociedades justas las podemos encontrar entre los pueblos escandinavos y en otros, tan diferentes, como los son ciertos pueblos del sudeste asiático. Es, por lo tanto, un paradigma pasible de alcanzar altos grados de consenso entre diferentes concepciones filosóficas razonables     -como en Uruguay, por ejemplo, son las liberales, las socialdemócratas y las socialcristianas- y diversas creencias religiosas que puedan existir en una sociedad dada, en el mismo sentido del “consenso traslapado” exhaustivamente desarrollado por John Rawls -“Liberalismo político”, Fondo de Cultura Económica, México, 1995- durante los últimos años de su vida.

 

En el caso de la experiencia histórica de la sociedad uruguaya, durante el último siglo transcurrido, nos muestra la necesidad de sumar a los mecanismos que garantizan el funcionamiento de la institucionalidad democrática, una concepción política común sobre la justicia en el funcionamiento cotidiano de la sociedad y como punto de partida indispensable para elevar y potenciar su accionar.

 

En la sociedad justa, no se trata de uniformizar a los individuos, ni que sus vidas transcurran a la manera que lo hacen las meras piezas de una máquina, como lo propusieran y lo hicieran a lo largo y ancho del siglo XX las utopías reaccionarias corporativistas. El objetivo es, precisamente, el inverso: el de que cada individuo tenga las garantías básicas indispensables para desarrollar su propia personalidad, sin otro límite que no sea el de su esfuerzo, de su vocación o del rol que se proponga desempeñar en la sociedad.

 

Por lo tanto, es sobre las bases de un nuevo contrato político y social dirigido a la construcción de una sociedad justa, que se dinamizarán la transformaciones culturales, abarcadoras de todos los ámbitos del quehacer nacional, que la historia de las ideas y de la política en Uruguay nos reclaman desde hace cuatro décadas.

 

El proceso de renovación de las ideas que se ha producido en los últimos años en el Partido Nacional, señala el rumbo de las transformaciones que la sociedad uruguaya debe implementar en este primer tramo del siglo XXI. El cambio justo que presupone constituye la vía más confiable y posible para edificar en Uruguay una sociedad justa y solidaria, partiendo de la preservación y profundización de todas las libertades, tanto las públicas como las individuales.

 

Es de esperar que las nuevas autoridades que asumirán las máximas responsabilidades en el período institucional que se avecina, sepan comprender la esencial justeza de las nuevas ideas del Partido Nacional.

 

Luis Alemañy