EL PARTIDO DE LA NACIÓN

 

Hace poco más de dos años, Juan Andrés Ramírez propuso en el ámbito de la Comisión Delegada de la Convención del Partido Nacional, una profunda renovación de las ideas en nuestra colectividad política, recogiendo un importante respaldo que se plasmara en la redacción de la nueva Declaración de Principios que se transformará en el marco teórico político que guiará el accionar de los nacionalistas en este primer tramo del siglo XXI.

 

Esa fue la función que cabalmente cumpliera la anterior Declaración  de Principios -refrendada en el año 1983-, la cual rigiera el accionar político del Partido Nacional durante el difícil e intrincado período de recuperación de la institucionalidad democrática y derrocamiento pacífico de la dictadura, conducido magistralmente por Wilson Ferreira Aldunate.

 

En los últimos años, las transformaciones en el mundo, la situación que vive el país y la propia del Partido Nacional, requieren una profunda renovación de las ideas para que la ciudadanía lo vuelva a reconocer como el Partido de la Nación que constituye su más íntima vocación desde el mismo instante de su fundación y su rasgo distintivo más sobresaliente en los períodos cruciales de la historia del Uruguay. Tan es así que la lucha por las libertades políticas e individuales y la consecuente edificación de la sociedad democrática en Uruguay a lo largo de los siglos XIX y XX, se han encontrado indisolublemente unidas a la propia historia partidaria.

 

En medio de la gran confusión ideológica contemporánea, plagada de falsas oposiciones, en la que abundan propuestas políticas dirigidas a la mera confrontación –simplificando hasta el paroxismo la rica realidad de los nuevos tiempos-, era necesario definir los objetivos fundamentales a perseguir por la sociedad uruguaya en el primer tramo del siglo XXI. Mostrando las grandes desigualdades que se registran entre importantes sectores sociales en el Uruguay contemporáneo, en aquella instancia del mes mayo del año 2001, Juan Andrés Ramírez demostró que el Partido Nacional no puede tener un objetivo de mayor importancia que no sea el de construir una sociedad justa, proponiéndonos abatir esas desigualdades a menos de la mitad.

 

La adhesión a los postulados del liberalismo igualitario, sitúa al nacionalismo en la corriente más avanzada de las ideas que en la actualidad se vienen abriendo paso en el mundo, en la tendencia que apunta a superar el tiempo de los fundamentalismos de las ideologías cerradas y el determinismo economicista que emergiera en la posguerra fría. Las ideas del liberalismo igualitario, propugnan la construcción de sociedades que puedan ser calificadas como decentes, en la medida de que todos sus integrantes puedan contar con las condiciones materiales y espirituales para desarrollarse como  personas. Aunque estas ideas recién ahora han comenzado a transformarse en realidad viva y palpitante, ellas se entroncan perfectamente con las mejores ideas de nuestro pensamiento propio. En esa misma dirección apuntaba José Enrique Rodó, a comienzos del siglo XX, cuando escribiera: “La conciencia de la unidad fundamental de nuestra naturaleza exige que cada individuo sea ante todo un ejemplar no mutilado de la humanidad, en el que ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada”.

 

La vida y los grandes equívocos del siglo XX, nos han enseñado más que suficientemente que es a partir de la justicia que deben entrelazarse indisolublemente la libertad con la igualdad. En su trabajo, Juan Andrés Ramírez, señala con meridiana claridad que ya no alcanza con propugnar la “igualdad de oportunidades”, pues la realidad nos demuestra que ella, así enunciada, es una abstracción. Tampoco se trata de promover la uniformidad, a contracorriente de lo que la genética a demostrado y que hiciera caducar, en su propia médula ideológica, a las utopías reaccionarias del fascismo y el comunismo; se trata precisamente de que cada individuo tenga la posibilidad de desarrollarse integralmente, en la más libérrima diversidad. Cada criatura que llega al mundo es genéticamente diferente a todas las demás, pero dependerá de las circunstancias en que se desenvuelva su vida, para que pueda construir su propia personalidad y disfrutar de la libertad que, cada vez más, depende de las posibilidades de enriquecimiento intelectual, del desarrollo de sus facultades cognoscitivas, sensibles y racionales a la misma vez.

 

En las sociedades democráticas contemporáneas, el dominio del conocimiento, el desarrollo de la inteligencia de los ciudadanos, en esquemas organizativos altamente flexibles, descentralizados y autónomos, constituyen la clave para desencadenar la vitalidad de las naciones, sus ciudades y regiones. Por eso dirigir los principales esfuerzos del Estado a la educación, la formación profesional y la capacitación permanente de los ciudadanos y muy en particular de los sectores más desfavorecidos, es el camino para construir una sociedad libre, equitativa y justa.

 

Por estos senderos, también, es que el Partido de los blancos volverá a ser reconocido como el Partido de la Nación.

 

Luis Alemañy