Uno
de los principales dilemas que existen en nuestra ciudadanía es el referido a
la obligación del Estado en encontrar soluciones al drama del desempleo. Es
frecuente la retórica que culpabiliza a los gobiernos por las deficiencias que
en materia laboral se suscitan y se agudiza aun más con crisis abruptas de la
profundidad de estos últimos tiempos.
El sueño uruguayo del carguito público en un Estado protagonista de
todas las áreas de actividad económica sintetiza esta convicción y la evidente
desigualdad en la estabilidad laboral de los trabajadores públicos y privados
la convierte en mas añorable.
Con nuestro Estado quebrado y sin la conciencia real de que debemos
encontrar un consenso básico para permitirle una razonable operatividad en el
futuro, genera un sentimiento que
comienza a permear en gobernantes y gobernados: no contar más con el empleo
público como variable de empleo, y la inminente obligación por generar
condiciones para la creación de empleos genuinos.
A fines de marzo de este año la CEPAL hizo público un informe que
habla de esta realidad latinoamericana referida al mercado laboral y la internacionalización
de nuestras economías titulado “
Pérdidas de empleos, multinacionales, y globalización: Anatomía de una perdida
de poder”.
En el mismo hace referencia al valor de la mano de obra
latinoamericana y las califica como más
caras y menos capacitadas que las de
otros países en desarrollo por lo que anuncia serias dificultades para que el
continente consiga la radicación de corrientes de inversión.
Somos de los que creemos en decenas de ventajas naturales y políticas
que esta región del mundo sigue aportando por tanto no coincidimos en esta conclusión tan tajante,
pero es buena para analizar el grado de preparación que tenemos como sociedad
frente a este oscuro panorama.
Sin dudas que el Uruguay sigue estando en los primeros lugares de
niveles de educación de la región y que la universalización en el acceso a la
misma es motivo de orgullo, sin embargo es absolutamente visible la brecha
existente para acceder al mercado laboral de aquellos formados y educados con
aquellos de desertan de la formación inicial, y que desde nuestro punto de
vista encuentra su génesis en lo poco
tangible que se les presenta los planes
básicos de estudio en el ámbito de secundaria que sumados a la necesidad
económica trasforma un triste circulo vicioso de desigualdad que agiganta
las diferentes posibilidades de
desarrollo de nuestros compatriotas.
En consecuencia vemos como absolutamente impostergable, el colocar a
la Universidad del Trabajo (UTU) como
eje esencial de un cambio radical en la forma con que educamos a nuestros jóvenes.
Trasformándola, asignándole un presupuesto que le permita ser más
atractiva, más cercana a la enormemente
cambiante realidad de hoy, y que sea la respuesta más inmediata a la
proliferación de oficios que entiendan de aspectos tecnológicos que coloque a
los egresados de 17 o 18 años en el camino por donde transita el mundo.
Así podremos tener mas elementos para incorporarle valor a nuestros
productos naturales, desarrollar las
tan mentadas cadenas agroindustriales con más eficiencia y por sobre todas las
cosas acompañar esa silenciosa revolución de
generación de software y productos informáticos nacionales.
De esta forma seremos respetuosos escuchas del clamor popular por
empleo y daremos las respuestas sinceras que el momento exige.