Ciudad de Dios

 

 

Hace unos días tuve la oportunidad de concurrir al cine a ver la película brasilera “Ciudad de Dios”. En ella se relata la historia de una de las favelas más grandes y populosas de Rio de Janeiro desde su formación en los años 60’ hasta mediados de los 80’ y como lo que en principio buscaba ser una solución habitacional para cientos de familias de escasos recursos se va transformando en un infierno de marginalidad y delincuencia pautado básicamente por el tráfico de drogas.

 

 

Más allá de los valores cinematográficos de la realización, que los tiene y muchos, el espectador atraviesa por una experiencia de la que difícilmente pueda escapar sin realizarse un montón de reflexiones. Inicialmente se tiende a tomar distancia de lo que allí se muestra; todo transcurre en otro país, con personas que hablan un idioma distinto y que mantienen códigos muy distintos al de cualquier uruguayo. Pero enseguida nos preguntamos si lo que vimos puede pasarnos a nosotros, los cultos y alfabetizados. Y nos damos cuenta de que sí, nos puede pasar.

 

 

De unos años a esta parte, especialmente los habitantes del departamento de Montevideo, hemos visto el crecimiento brutal que han tenido los llamados asentamientos irregulares. Miles de familias han optado, para poder satisfacer sus críticos problemas de vivienda, por ocupar terrenos en el cinturón de la ciudad y allí levantar alguna precaria construcción para darle techo al núcleo familiar. La magnitud del fenómeno ha hecho que la sociedad civil y el gobierno haya comenzado a mirar con preocupación este hecho al punto de que muchos de los asentamientos han sido regularizados, dando tranquilidad a sus ocupantes. De todas formas, quienes han recorrido muchos de estos lugares, saben de las condiciones infrahumanas a las que muchas personas están condenadas a vivir, en general sin luz ni saneamiento, y en construcciones que en muchas ocasiones ponen en peligro hasta a sus propios habitantes. En esta realidad nacen decenas de niños que desde su cuna van a ver limitado su accionar, su desarrollo como personas en lo que respecta, especialmente, a su educación y a las opciones de vida que estos puedan hacer a medida que se transformen en adultos.

 

 

Estamos sin duda lejos del infierno que la película mencionada nos muestra, pero no podemos dejarnos estar ya que se ha montado una escenografía similar, que hemos reseñado y que todos conocemos. Debemos prevenir males mayores y ese no es un deber únicamente del estado sino de todos y cada uno de los uruguayos desde el lugar que estemos ocupando en la sociedad.

 

 

Quienes abrazamos la actividad política vemos estos problemas y estamos trabajando seguros de ofrendarle a la ciudadanía nuestro máximo esfuerzo para brindar los aportes sustanciales que puedan otorgar soluciones a quienes más lo necesitan. De eso se trata el hacer política y creemos que no hacemos más que cumplir con nuestro deber. Mientras tanto habrá que seguir esforzándonos para que lo que confortablemente presenciamos en una sala de cine no se transforme en realidad y no haga falta pagar una entrada para asomarnos a la Ciudad de Dios.

 

Alfredo Susena