El fin de la prehistoria y la situación en Cuba

 

 

La semana pasada, en el artículo El pensamiento propio, planteábamos la necesidad de acudir a las reservas intelectuales forjadas por nuestros más grandes pensadores – Rodó, Vaz Ferreira y Ardao -, para proyectar el futuro del país, haciendo que nuestra sociedad sea cada vez más justa y libre. Concluíamos diciendo que esa es la mayor contribución que los uruguayos podemos aportar a la construcción de la Civilización Latinoamericana que nuestros pueblos aún le deben a la humanidad. 

 

Nuestro talón de Aquiles y el mayor nudo gordiano que nuestra inteligencia tiene para desatar, lo constituyen las grandes injusticias y vergonzosas desigualdades en las que sobreviven los pueblos de América Latina. Sin lugar a ninguna duda, tanto injusticias como desigualdades, tienen una estrecha correspondencia con la relación actual entre las naciones, pero no obtendremos un suficiente respaldo ético y moral para la batalla que es indispensable librar por un nuevo orden internacional, si no se transforma en evidente que los valores de justicia, equidad y libertad son los que deben prevalecer al interior de cada una de nuestras sociedades. Esta constituye una verdad radical, de la cual depende que se nos reconozca como sociedades que han ingresado a su edad adulta.

 

Después de la Segunda Guerra Mundial, fueron esas mismas grandes injusticias e inmorales desigualdades, las que propiciaran la instalación entre nosotros de la Guerra Fría y la penetración de los sistemas ideológicos cerrados, dificultando de manera importante la difusión de los nacientes desarrollos filosóficos propios, tanto entre los intelectuales como en los círculos dirigentes.

 

Un hito particular en dicho proceso, lo constituyó el pasaje de la revuelta  popular y democrática del pueblo cubano contra la dictadura en 1959, a la construcción de la primera y única experiencia de sociedad comunista en América Latina. La muerte de Ernesto Guevara en Bolivia en el año 1967 y las revueltas estudiantiles iniciadas en 1968, contribuyeron decisivamente en ese proceso y la hegemonía de las dicotomías entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, entre izquierda y derecha, penetraron fuertemente en nuestras sociedades.

 

La falsa oposición entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, no hizo otra cosa que reedificar entre nosotros, durante el período de la Guerra Fría, las utopías reaccionarias del comunismo y el nazismo. Esa confrontación propició la instauración de los regímenes autoritarios, durante las décadas del sesenta y el setenta, en una larga lista de países latinoamericanos, produciendo heridas en nuestras sociedades de tal magnitud que, hasta el día de hoy, no han culminado de cicatrizar. Heridas que no cesan de infringirse en situaciones como la de Colombia, tras prácticamente medio siglo de guerra de guerrillas - según cifras reveladas en el año 2001, anualmente se pierden tres mil vidas y más de un millón de colombianos se fueron del país entre los años 1998 y 2000. Consecuencia de esa misma prehistoria son, también, los dramáticos momentos que se encuentra viviendo el pueblo de Cuba.

 

El caso central de construcción de una sociedad comunista en América Latina, que hipotéticamente eliminaría la injusticia y la desigualdad, lo ha constituido la experiencia cubana. Al igual que en la Unión Soviética y en los países del este de Europa,  también en Cuba el llamado socialismo científico, se expresó en la práctica en un socialismo de cuartel que socializó la pobreza y transformó en una casta privilegiada a la nomenclatura de dirigentes del Partido Comunista y, por ende, del Estado. En Cuba, la pobreza uniforme de sus ciudadanos se pudo mantener mientras duró la subvención de la Unión Soviética, pero a más de diez años de la caída del Muro de Berlín y el posterior derrumbe del campo conformado por las sociedades socialistas, la pobreza se mezcla con importantes contingentes humanos que viven en la exclusión social, retornando a un panorama que mucho se asemeja al de 1959.

 

La invariable política antagonista de los Estados Unidos, que constituye un producto residual de la Guerra Fría y de su comportamiento imperialista, contribuye de manera importante al congelamiento de la intransigencia del régimen. En la política norteamericana hacia Cuba, uno de los factores determinantes ha sido, desde la configuración del conflicto, el poderío económico de ciertos grupos de cubanos exiliados, tan fundamentalistas - aunque de signo contrario -, como los que detentan el poder en la tan sufrida isla caribeña. Tanta envergadura ha adquirido este fenómeno, que la última elección presidencial norteamericana terminó decidiéndose, en buena medida, por el peso del voto de la comunidad cubana afincada en la Florida.

 

Antonio Elorza, catedrático de Pensamiento Político en la Universidad Complutense de Madrid, ha escrito últimamente: “En marzo de 1952, el golpe militar del ex sargento Batista no sólo sepulta el orden constitucional, sino que anula las expectativas de cambio dentro de la democracia, conforme explica muy bien un testigo de los acontecimientos: 'Había una vez una República. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades, presidente, Congreso, tribunales, todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El Gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada, y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y el pueblo palpitaba de entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho, y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podía volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada...'./ El autor de este apasionado canto a la libertad política republicana se llamaba Fidel Castro, y con el tiempo había de poner en pie una dictadura cesarista que, casi punto por punto, vino a convertirse en la negación de todo aquello que elogiaba en 1953 frente a la dictadura del momento, la de Batista.” (“Cuba cumple cien años”, El País de España, 14/V/2002).

 

En los últimos dos lustros las inversiones externas en el sector turístico de Cuba han sido muy importantes, pero le resuelven los problemas a un exiguo número de ciudadanos, en su mayoría sobrecalificados para las tareas que deben desempeñar. Por otra parte, el resto de los cubanos que se benefician del crecimiento del sector turístico lo hacen de dos penosas maneras: a través de la mendicidad o de la prostitución.

 

Escribir que el drama comenzó propiciado porque en los años cincuenta Cuba era el prostíbulo de los norteamericanos y de que ahora, ya en el tramo final de la tragedia, Cuba es uno de los más grandes prostíbulos del mundo, puede conducir a deducir que se trata de una exagerada paradoja del autor, pero lamentablemente no lo es.

 

El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, describe esa misma realidad, sólo que de manera mucho más conmovedora: “La Habana era un burdel de los turistas americanos, decía el Máximo. Ahora es un burdel globalizado: para todos los turistas - siempre que traigan dólares -. Es decir, como antes pero peor que antes. Ahora se permite pagar las vituallas de USA con dólares cantantes y sonantes. Pero le debe millones a la Argentina y no le paga. Como le debe a México y, sí, a España, siempre comerciando fiado a pesar de que en Cuba por un dólar, quién lo creería, se da todo, se da más.” (“La efemérides”, El País de España, 20/V/2002).

 

 

Una parte importante del pueblo de Cuba vive fuera de sus hermosas y cálidas comarcas desde hace muchos años, buscando la libertad, a pesar del precio que por ella tiene que pagar. Pero las persecuciones a sus más destacados artistas e intelectuales, forman parte de una siniestra antología que en los últimos años se ha comenzado a conocer.

 

Nosotros los cubanos, no sólo los que viven y han muerto en el exilio, sino los cubanos dentro de Cuba que han muerto y los que están muertos en vida como los zombies, podrán un día relatar lo que vieron - es decir, lo que sufrieron y penaron en esa otra vida que es la muerte”, escribe Cabrera Infante en el artículo citado.

 

La situación de Cuba es producto del modelo de sociedad que en todo el mundo ha demostrado su irreversible caducidad, pero también es expresión amplificada de esa prehistoria en la que aún viven buena parte de nuestros pueblos.

 

Mas, la construcción de la sociedad democrática en Cuba encontrará, en el mediano plazo, su sostén social en una importante capa de ciudadanos que han accedido a la educación media y superior - a pesar de los contenidos ideológicos dogmáticos de la educación recibida y de encontrarse económicamente sumamente sumergida -, pues tiene las características culturales de los sectores medios, con una acumulación de conocimientos que puede llegar a permitirle pensar y actuar por sí misma, en el momento que obtenga las libertades y derechos para hacerlo.

 

A pesar de todas las dictaduras soportadas a lo largo del siglo XX, las ideas liberales y democráticas en Cuba tienen una rica tradición, cimentada en la obra y la acción de José Martí. Como la vida nos lo ha demostrado tantas veces en los últimos años, a lo largo y ancho de América Latina, esas ideas siempre renacen con mucho más fuerza que antes, siendo dicha fuerza proporcionalmente mayor a las que pretendieron sojuzgarla.

 

 

Luis Alemañy