Herencia maldita

 

 

En el número anterior de Compromiso, el Diputado Álvaro Alonso editorializó sobre las consecuencias a futuro que tendrá esta desastrosa administración progresista.

 

Indudablemente los aspectos políticos son trascendentes en cuanto a lo que le espera a la próxima administración, pero nosotros queremos hacer hincapié en una aspecto que a simple vista no es tan apreciable como las equivocadas tomas de decisiones políticas: me refiero al legado cultural que transmite a las generaciones futuras el Frente Amplio en el poder.

 

Las consecuencias políticas, gracias a que vivimos en un  régimen democrático, cada cinco años se les puede rectificar el rumbo, pero en lo que a la impronta cultural que la ideología de la izquierda vernácula ha estado proyectando desde la década de los 60 y que hoy con el poder del Estado está llevando a grados de imposición, está generando realidades nefastas que costará lustros sino décadas revertir y corregir.

 

Seguramente luego de lo que pase a explicar, alguien me tilde de retrógrado, reaccionario o en el mejor de los casos conservador, pero soy un convencido de que determinadas pautas y comportamientos que los individuos debemos tener, hacen a la buena convivencia entre los ciudadanos y hacen a una sociedad responsable y adulta en su desarrollo, los motes que conlleve pensar así no me quitan el sueño, otras cosas si.

 

Me paso a explicar.

 

Cuando yo era un niño o aún un adolescente, el trato hacia nuestros mayores era de respeto, consideración y tenido en cuenta como expresión de mayores conocimientos y experiencia posible de ser aprovechada. Hoy esa consideración para quienes nos han dado un país y una sociedad donde crecer, no solo no existe, sino que se ve denostada y en el mejor de los casos ignorada.

 

El alcohol, si bien no estaba ajeno a las actividades juveniles de años atrás, estaba acotado tanto en disponibilidad como en ámbitos de consumo, no por imposición sino por límites culturales implícitos; hoy la vía pública es lugar común donde se ve adolescentes consumiendo esa droga socialmente aprobada sin ninguna inhibición. Desde las instituciones que deberían tomar cartas en el asunto el silencio es la norma, se tolera y se mira para el costado, no se sabe si por omisión o por incompetencia, igualmente el resultado es el mismo.

 

La violencia es desgraciadamente otro componente casi cotidiano en la mecánica social de los adolescentes, con ejemplos de ajustes de cuentas, riñas o simples agresiones sin mayores motivos. Nuevamente las autoridades hacen “mutis” por el foro.

 

Los ejemplos de la falta de referencias y límites a los ciudadanos que se están formando como tales podrían seguir, pero creo que para el lector esta realidad es tan patente que ejemplificarla más es ocioso.

 

La pregunta es: ¿cuáles son las causas de todo esto? Y la respuesta, si bien no debe ser sencilla, tiene en lo que plantearé un componente sin duda fundamental.

 

Desde la izquierda, no solo desde su mensaje político, sino también y fundamentalmente desde sus canales de comunicación social, se han apadrinado conductas que tienden a resquebrajar los códigos que relacionaban a los ciudadanos entre sí; la oposición por la oposición misma es parte medular del comportamiento del accionar izquierdista en nuestro País y eso se percibe en gran parte de la sociedad como una conducta imitable a nivel individual o grupal. Que el que piensa distinto debe ser denostado y discriminado, también es parte del esquema ideológico trasmitido por los llamados progresistas. La sociedad es indudablemente permeable a esos ejemplos.

 

La falsa apología de la libertad individual, sin  destacar que esa libertad de cada uno depende también de la libertad y los derechos del otro, hace que la misma deje de ser tal para ser libertinaje. Ejemplo claro de ello son medidas sindicales promovidas por la izquierda que siempre ha tenido a las expresiones gremiales, como brazos políticos en el ámbito social (práctica que a mí particularmente me parece deshonesta para con los representados que ve relegados  muchas veces sus derechos, por posturas partidarias de sus sindicalistas) que en aras de sus reivindicaciones, no consideran el daño o perjuicio al resto del colectivo social en el que viven y les da sustento como individuos.

 

Otro aspecto es el que se ve en las expresiones de cultura que se perciben más como tales por la población, como ser el teatro, la música, la literatura, el carnaval, etc. donde la izquierda es casi hegemónica, trasladando valores de dudosa conveniencia; hacer de la denuncia (algunas veces con acierto y muchas otras no) o la burla de los oponentes político partidarios, el tema dominante de sus expresiones artísticas y que hacen carne en la sociedad, contagiándola de sentimientos de enfrentamiento, encono y muchas veces revancha. Todo eso luego tiene su consecuencia en los códigos que los uruguayos permitimos como aceptables en nuestras relaciones sociales y realmente atentan contra esas mismas pautas que deberían ser de aceptación de la diversidad y del derecho del otro de pensar distinto y no ser denostado por eso. Esto lo hemos ido perdiendo con el goteo que durante años, la mal llamada intelectualidad de izquierda, ha ido percutiendo la piedra que era el Uruguay de la tolerancia y las diferencias respetadas, esperemos que todavía no sea tarde.

 

La educación formal, controlada históricamente por la izquierda, ha ido perdiendo calidad, la cual es patente en los resultados que se ven en los alumnos de los tres estratos, tanto en lo curricular como en aquella educación no formal, pero que también se trasunta de los docentes y hoy cada día es menos perceptible.

 

Decir que esos aspectos no curriculares es responsabilidad de la familia, es tapar el sol con la mano. Sabemos que hoy la mitad de los niños del Uruguay provienen de hogares en condiciones críticas y que en la educación formal es el único lugar donde pueden recibir pautas y comportamientos sociales adecuados. La responsabilidad acá es evidente, no es un razonamiento honesto tratar de trasladar a otro esa responsabilidad, en el mejor de los casos compartida.

 

Lo peor de todo esto es que además desde las medidas, estas si netamente políticas, que toma el mal llamado progresismo desde el aparato del Estado, se tiende a castigar el trabajo y el éxito y premiar la vagancia. Tienden al asistensialismo y no al cambio estructural, en aquello de que no regales un pescado enseña a pescar, hoy eso no es de recibo.

 

Estos mensajes son claros para la población, si trabajás más lo único que hacés es mantener a los que no lo hacen.

 

También esta realidad asistencialista, está rayana en el clientelismo institucional.

 

Resumiendo, todo esto que describimos, tanto aquello que proviene desde los tristemente recordados años sesenta hasta las novísimas medidas del Frente Amplio en el poder, están dejando una impronta en nuestro Uruguay, que  sí es una herencia maldita, pero a diferencia de otras herencias malditas tan en boca de nuestros actuales gobernantes, nos va a llevar generaciones poder remediar.

 

Los cambios culturales son por su propia naturaleza prolongados en el tiempo, esperemos que todavía no sea tarde.

 

Hoy en el día a día, quienes creemos en otro tipo de sociedad más fraterna y tolerante, debemos trabajar para revertir eso y volver al Uruguay de nuestros abuelos, donde los presidentes paseaban por la calle y jugaban al fútbol en la playa con  los amigos de sus hijos. El punto de inflexión será la próxima elección, donde debemos no solo decirle no a este proyecto político demagógico y sin visión de futuro, sino poner fin a ese otro modelo más solapado, pero mucho más peligroso que durante años nos han ido imponiendo.

 

En el 2009 no estaremos solo votando un gobierno, estaremos votando el tipo de país en el que queremos que vivan nuestros hijos.

 

En nuestras manos está.

 

Javier Sala