Nuestra justicia

 

Desde hace un tiempo vemos con preocupación distintos aspectos que tienen como centro a la Justicia en el Uruguay.

 

La mayoría de éstos no refieren a responsabilidad de la misma, pero sin lugar a dudas generan en la opinión pública interrogantes y razonamientos, que atentan contra el convencimiento que hasta ahora tenía la ciudadanía de la independencia del Poder Judicial.

 

Durante la administración Batlle vimos a distintos magistrados desarrollar un despliegue mediático que nos recuerda lo que sucede en la vecina orilla, con jueces que entendían en causas de repercusión en la opinión pública, por suerte esto hoy no acontece más.

 

Luego vimos el procesamiento con prisión del Dr. Lisidini, por lo que en la opinión pública se percibió como un desvío administrativo o formal y que a los uruguayos nos pareció un “tate quieto” al Director de Aduanas y un ejemplo para los que lo sucedieran por parte de ese poder invisible que todos sabemos opera entre bambalinas y fuera de la ley, que una muy recordada publicidad describía como “la mano negra”. Poco tiempo después, el magistrado en la causa de Lisidini se vio envuelto en circunstancias muy preocupantes, para lo que tiene que ser la conducta pública de un juez.  No ponemos en tela de juicio la decisión, solo vemos las conclusiones que de ella saca la ciudadanía.

 

El asunto “Z” reviste algunas de las características del proceso anterior, un jerarca público que lesiona intereses económicos muy importantes se ve condenado por un delito de comunicación a meses de prisión y quienes robaron a la sociedad decenas de millones de dólares, se los condena a tareas comunitarias. Parece desde todo punto de vista un despropósito y el mensaje indirecto es: más vale ser ladrón que hablar mal de alguien. Todo esto con el agravante de que el abogado defensor de quines defraudaron al Estado Uruguayo es el hoy Secretario de la Presidencia del Dr. Vázquez, el Dr. Gonzalo Fernández. Diría el inefable Wimpy: “Ud. no desconfiaría”, creo que la población dice como en el juego de cartas: “descónfio”. Acá tampoco ponemos en tela de juicio la decisión judicial, solo analizamos los hechos que la enmarcan.

 

Como triste corolario, integrantes del Poder Ejecutivo y connotadas figuras del Frente Amplio salen públicamente a respaldar al Director Nacional de Rentas en una indudable actitud irreverente frente a la Justicia de este País.

 

En el ínterin de estos dos casos (Lisidini y “Z”) llegan pedidos de extradición, que se resuelven en contra de los extraditables, ajustadamente con los tiempos políticos  de la actual Administración Frenteamplista.

 

Acá tampoco ponemos en tela de juicio las decisiones judiciales, solo marcamos las coincidencias: “alcoyana” / “alcoyana”, diría el conductor de TV Berugo Carámbula.

 

Pero la frutilla de la torta es el tema de DANCOTEX, donde el Poder Judicial resuelve un procedimiento y por la presión de algunos sindicalistas, el funcionario judicial desiste de llevar a cabo la medida, en una actitud en el mejor de los casos desconcertante, dado que a pocas cuadras, como mencionaron los medios de prensa presentes, se encontraban las fuerzas policiales prontas a intervenir. Con posterioridad  se decide por parte de la Justicia volver a efectuar el procedimiento y éste se ve nuevamente frustrado por un llamado del Ministro del Interior José Díaz, que le solicita a la Suprema Corte de Justicia lo suspenda por no estar el Ministerio a su cargo en condiciones de enfrentar el procedimiento que garantice el accionar judicial. No sabemos entonces en la primera instancia que hacían los efectivos policiales acantonados a pocas cuadras de la textil, capaz que el Ministro no estaba al tanto, como de tantas otras cosas en su Cartera. Parece poco creíble.

 

Amén de la incongruencia con la presencia policial en la primera instancia, suponemos que el Instituto Policial está integrado  por profesionales capaces y eso nos consta, entonces resulta poco seria la argumentación del Secretario del Interior, más parece una excusa para justificar una decisión política, que una inoperancia de los efectivos a su cargo.

 

La actitud de José Díaz nos trae a la memoria los incidentes del Hospital Filtro. De un lado militantes de izquierda, con la concurrencia de importantes figuras políticas del Frente Amplio, intentando impedir el accionar de la justicia y por el otro al entonces Ministro del Interior Dr. Gianola empleando la fuerza coercitiva de su Secretaría de Estado para hacer cumplir un mandato judicial. Ese día sentí vergüenza de ser uruguayo al ver a compatriotas atentando contra un Poder del Estado y por otra parte orgullo al ver por primera vez, luego de los oscuros años de la dictadura a la Fuerza Pública emplearse para defender la institucionalidad. Entre el Sr. Díaz y el Dr. Gianola hay un abismo: de responsabilidad política, de lo que significa la defensa de las instituciones y del respeto al estado de derecho que rige a todos los habitantes del territorio nacional.

 

Todo este relato apunta a que si bien el Poder Judicial indudablemente actuando dentro de la Ley y de la independencia que la Constitución le confiere, a los ojos de nosotros los ciudadanos nos queda casi la convicción de que este Poder del Estado está al límite del marco que regula su accionar. Creemos que  tenemos el legítimo derecho a preocuparnos por la confianza que despierta en la ciudadanía la independencia de la Justicia en este País y entendemos que estos planteos conducen a reafirmar la condición de Poder independiente, que todos pensamos que tiene.

 

No sabemos si quienes hoy ostentan el Poder Ejecutivo piensan igual que nosotros, parecería que no

 

En todo esto hay que aplicar una máxima que viene del período de la República Romana cuando Cayo Julio César era Pontífice Máximo y se puso en entredicho el honor de su mujer por lo cual se divorció de ella: “la esposa de César no solo debe serlo, sino que también debe parecerlo”.

 

 

Agustin Cobas