¡Qué pena!
¡Qué
pena que siendo aún joven tenga que sentir vergüenza ajena! ¡Qué lástima que a
ésta edad tenga que sentir esta desilusión!
Algo
anda mal en nuestra sociedad. Parece que a mucha gente ya no le importan los valores;
sólo el éxito y los resultados. Me duele que a muchos jóvenes; como yo; esta
realidad no los lastime.
¿Cómo
puede una presunta ideología anestesiar el sentido crítico y la capacidad de
analizar las circunstancias de grandes sectores de la juventud?
¿Cómo
es posible que el sentimiento de pertenencia a un determinado grupo acalle
nuestro propósito de transparencia y búsqueda de la honestidad?
En
estos últimos días he sido sacudida por sentimientos a veces difíciles de
definir, mezcla de tristeza y desesperanza. Tristeza y desesperanza por el
episodio relativo al presupuesto de la enseñanza, por el cual se intentó
confundirnos en que se cumplía una promesa largamente anunciada, cuando
solamente se expresaron deseos que probablemente la realidad demuestre, al
final del quinquenio, que sólo eran eso, deseos.
A
propósito de los hechos mencionados, he estado reflexionando acerca del
funcionamiento del, así llamado, sistema político y de su relación con la
ciudadanía. ¿Cuál es el papel del control ciudadano? ¿Cuál es el rol de los
medios de comunicación?
También
he pensado que los partidos políticos, para trascender los avatares que les
depara la cambiante realidad de la sociedad y del país en su conjunto, deben
generar la capacidad de analizar los hechos de manera de desprenderse de
aquellas posturas o explicaciones que busquen un mejor posicionamiento ante las
circunstancias, intentando disimular los errores de sus dirigentes o las graves
fallas en su funcionamiento.
Este
comportamiento lleva inevitablemente a olvidar los principios que congregaron a
los ciudadanos a trabajar para alcanzar el gobierno y de ese modo, mejorar a la
sociedad.
Los
partidos políticos resumen historia, ideales, principios y valores en común de
una colectividad. En cada momento histórico definen un programa de acción, pero
siempre impregnados de su historia, ideales y valores.
Cuando
suceden hechos muy graves con algún dirigente o miembro del elenco de gobierno,
el partido debe asumir su responsabilidad y volver a mirar aquellas cosas que
los hicieron trascender y por las cuales tantos ciudadanos dan diariamente
mucho de sí. No debe buscar la explicación fácil y cómoda, y mucho menos,
tratar que los ciudadanos no aprecien, en su cabal dimensión la magnitud de la
trasgresión cometida.
Sin
haberlo deseado jamás, hoy estoy obligada a enterarme que quien ocupó hasta
ayer un alto cargo en la Intendencia Municipal de Montevideo, estaría
involucrado, desde hace un año, en un fraccionamiento ilegal en la zona rural
de Montevideo. Este ilícito conducía al engaño de personas muy pobres que
terminarían constituyendo un asentamiento ilegal y por lo tanto, viendo
truncados sus sueños de una vivienda digna. De ser así, eso es nada más y nada
menos que un atentado a la ilusión y a la esperanza de personas de muy
menguados recursos.
Quien
estaría involucrado en estos vergonzosos hechos pertenece a una fuerza política
que desde hace tres décadas ha pretendido transformarse en fiscal de la Nación.
Ningún hecho indecoroso, presunto o real, pequeño o mayor ha dejado, en todos
estos años, de ser condenado en forma draconiana.
De
esta forma, muchos ciudadanos fueron sometidos al escarnio público, aun cuando
no se hubieran probado los hechos por los cuales se los acusaba o aun cuando la
justicia no encontrara méritos para condenarlos.
Siempre
sospeché que aquellos episodios respondían a la concepción de que al rédito
político se lo consideraba por encima de la dignidad del individuo y del ser
humano.
Pues
ahora, esa fuerza política mira hacia el costado con cara de “Yo no fui”.
Hoy
he escuchado declaraciones asombrosas. Una edila del oficialismo, que integró
la Comisión que investigó lo relativo al fraccionamiento ilegal hace un año, y
que citó a declarar al actual jerarca renunciante, dice que no relacionó al
entonces investigado con quien ocupaba tan alto cargo en el ejecutivo comunal.
Deberíamos pensar que dicha edila no pertenece al partido de gobierno, pues no
conoce a quienes ocupan cargos de dirección en la administración municipal.
También existe otra explicación plausible: puede que haya perdido temporalmente
la memoria y que, ante la inminencia de la denuncia de la oposición, la hubiera
recobrado en su total claridad.
¡Qué
pena! ¡Qué tristeza! Otra vez intentan engañarnos o confundirnos.
¡Qué
pena! ¡Qué tristeza! Otra vez nosotros, los ciudadanos, demostramos no haber
creado los suficientes anticuerpos contra estas deslealtades y falta de
consecuencia con la prédica.
Florencia
González.-
Juventud
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