Los inquisidores
Se
puede llegar a pensar que la campaña de difamaciones lanzadas por la izquierda
contra el candidato a la Presidencia de la República del Partido Nacional,
constituye tan solo un recurso para enlodar la campaña electoral.
Pero
la gravedad de esta campaña de difamaciones radica en que trasciende lo
meramente coyuntural, porque responde a lo que es la esencia filosófica que
históricamente ha signando las definiciones ideológicas de los partidos y
grupos de la izquierda uruguaya que, actualmente, constituyen la fuerza fundamental
del EP-FA-NM.
En
estos casi veinte años de integración de la izquierda uruguaya a la vida
institucional y democrática, el proceso de modificación de sus ideas ha sido de
una extraordinaria lentitud, signado por avances y retrocesos, pero sin que en
sus partidos históricos y sus grupos más gravitantes – PS, PC, MPP-MLN - se
produjera el debate de ideas sobre el sustrato filosófico que les diera
nacimiento en un país muy particular y en un mundo que tanto ha cambiado en las
últimas décadas.
De
todas formas, el aspecto más relevante de estas dos últimas décadas, lo ha
constituido el abandono de los caminos violentos para la toma del poder y la
construcción de una sociedad socialista. Y aunque el objetivo continúa siendo
el mismo, la opción ha sido la de acumular fuerzas a nivel político para
obtener el gobierno nacional.
El
problema central lo constituye la concepción conspirativa de la política de
dichos partidos políticos, a partir de la cuál ocultan el programa que se
proponen llevar adelante cuando accedan al gobierno, elocuentemente expresado
cuando distinguen entre obtener del gobierno y hacerse del poder. Para obtener
el gobierno no tienen ningún reparo en hacer alianzas con cualquier oportunista
que les permita enmascarar sus propósitos finalistas, llegando hasta extremos
inauditos como el de reclutar latifundistas fundidos, que se les suman,
simplemente, para buscar eludir el pago de sus millonarias deudas con el Estado
o empresarios inescrupulosos que desean beneficiarse en sus futuros negocios.
Mas,
siguen siendo altamente importantes los grados de incertidumbre sobre su
reconversión a la tolerancia democrática, en la medida de que no solo continúan
considerando como adversarios y enemigos a los demás partidos que integran el
sistema político, sino también a todo aquél sector que integrando la propia
coalición de izquierda se atreva a plantear puntos de vista no compartidos por
la mayoría.
La
cuestión medular estriba en que los partidos históricos y grupos más
gravitantes de la izquierda, tienen en común que se rigen internamente, hasta
el día de la fecha, por los rígidos principios del centralismo-democrático que,
desde principios del siglo XX, han sido adoptados por los partidos
revolucionarios y comunistas. Dichos principios ideológicos fueron formulados
por Vladimir I. Lenin para
la organización interna de los revolucionarios en Rusia, en el que fuera uno de
sus escritos más famosos, titulado “¿Qué hacer?” (1902)
En
un conmovedor artículo, del poeta ruso Evgeni Evtushenko, titulado “Lenin, el
pecado original del comunismo”, publicado hace unos meses por el
Semanario Bitácora, dice: “Los miembros de la generación de los años sesenta nos
hacíamos la ilusión de que luchábamos contra las "doctrinas de Stalin", que, según creíamos, había traicionado los
ideales de Lenin. Pero había sido Lenin,
tal vez sin darse cuenta, el primero que había traicionado sus propios ideales,
porque no había hecho realidad ninguna de las tres primeras consignas del
bolchevismo -¡ Paz para el pueblo! ¡La tierra para los campesinos! ¡Las
fábricas para los obreros! -, los lemas
que habían engañado al pueblo y habían llevado al poder a un puñado de
bolcheviques. Fue Lenin, y no Stalin,
el que firmó el decreto para la creación del primer campo de concentración de
Europa, en Solovki, en 1918, destinado a quienes no
comulgaran con sus ideas. Stalin fue el padre del Gulag, pero Lenin fue su abuelo.
Quien alimente todavía alguna ilusión sobre Lenin
debería leer la pequeña selección de citas suyas reunida por Venedikt Eroféiev, Mi pequeña leniniana./ Fue Lenin quien escribió a Dzerzhinski
la nota en la que le aconsejaba que "arrestase a treinta o cuarenta
profesores" para restablecer el orden. En ese número impreciso se oculta
el inicio del totalitarismo. En la época de la guerra civil, Lenin recomendó a Stalin que
amenazara con el fusilamiento a las telefonistas de Caritsin
si no mejoraba la calidad de las comunicaciones telefónicas entre dicha ciudad
y Moscú. Fue Lenin quien ordenó fusilar y ahorcar sin
piedad a los campesinos que escondían el grano para que no se lo confiscaran
los bolcheviques. ¿Cómo iban a sobrevivir si no lo hacían? Lenin
es responsable de la escasez sufrida en las regiones del Volga,
cuando la gente empezó a devorarse entre sí, del mismo modo que Stalin tiene la responsabilidad de la escasez durante la
época de la colectivización forzosa en Ucrania.”
Sin dudas, tiene
razón el poeta ruso de que es en Lenin que
encontramos el pecado original del
comunismo, pero él se encuentra en su libro “¿Qué hacer?” y no en la
nota a la que se refiere, pues es en ese trabajo que establece los principios
rectores del centralismo-democrático
que regirían la organización de los revolucionarios bolcheviques. Y como bien
lo anticipara Rosa Luxemburgo, aunque por supuesto no en todas las dimensiones
que adquiriría en el tiempo, es en esa obra que podemos rastrear el inicio de
uno de los dos mayores totalitarismos inquisidores – junto al nazi-fascismo -
que conoció el siglo XX.
El epígrafe que Lenin eligiera para el “¿Qué hacer?”, fue
extractado de una carta del socialista alemán Fernando Lasalle
dirigida a Carlos Marx, que decía así: “… La lucha interna da al partido fuerzas y
vitalidad; la prueba más grande de la debilidad de un partido es la amorfía y
la ausencia de fronteras bien delimitadas; el partido se fortalece depurándose…” Como podemos apreciar,
aquí se enuncia el carácter inquisidor del modelo de partido fundado por Lenin y que marcaría las características más brutales y
represivas que tendrían en el tiempo las sociedades socialistas, develando que
es en las propias estructuras de funcionamiento interno de los partidos donde
se encuentra concebida la sociedad que se busca instaurar.
A lo largo y
ancho del siglo XX, las revoluciones que condujeron a la construcción de sociedades
socialistas, comenzaron a partir de alianzas muy efímeras con partidos o
personalidades liberales o socialdemócratas, que a muy poco andar se
transformaron en sus primeras víctimas. Ellos fueron utilizados para acceder al
gobierno, dentro del cuál, más temprano que tarde, se produjeron los autogolpes
de Estado, impulsados por los aparatos de los partidos revolucionarios,
transformados en verdaderos ejércitos burocráticos regidos por el llamado
centralismo-democrático.
Es a partir de
esta concepción que hoy, como en la pasada elección del año 1999, los
dirigentes del MPP-MLN, el PS o el PC, distinguen las etapas entre lo que ellos
conciben como el acceso al gobierno de lo que será la toma del poder. Cuando
los grupos de ultra-izquierda, por ejemplo, reprochan el rol que pocos meses
antes las elecciones, desde la cúpula, se le ha asignado al sector de Asamblea
Uruguay, lo que desde esos otro partidos se les dice que ello se inscribe
dentro de las concesiones políticas necesarias en el proceso para obtener el
gobierno mediante la vía electoral, reuniendo el máximo posible de sufragios
que les permita legitimar los pasos ulteriores hacia la toma del poder.
En los aparatos
de estos partidos de la izquierda uruguaya, es donde radica el mando superior
del accionar de
Es previsible de
que si accedieran a obtener el Poder Ejecutivo, los pasos inmediatos serán los
de debilitar los demás poderes del Estado. Y podemos tener la más absoluta
seguridad de que los métodos inquisidores, difamando a todo aquél que piense
diferente, como lo han venido haciendo en la campaña electoral, serán los
principales instrumento que utilizaría la izquierda para obtener los fines que
persigue.
Luis Alemañy