Otro paro general

 

Nuestro país reúne algunas peculiaridades tan incomprensibles como características.

Una de ellas es la que inexorablemente aflora con la supuesta movilización que se persigue en la persistente convocatoria a paros generales, los que se organizan cada tres o cuatro meses.

 

Medida estéril e inoperante si se usa en exceso, no cuenta prácticamente con la compañía a nivel internacional de ninguna otra comunidad, a pesar de que en el concierto mundial de más de 160 naciones hay, como se decía en otros tiempos, de todo como en botica.

 

Hay gobiernos democráticos y autoritarios, de izquierda y de derecha, moderados, de centro, progresistas y conservadores y  todas las categorías imaginables que conviven en el planeta con relaciones más o menos civilizadas entre las centrales obreras, las organizaciones patronales y las autoridades  gubernamentales. En ninguna otra parte del mundo se utiliza el instrumento del paro general con la misma insistencia y asiduidad con la que se recurre a él en Uruguay desde el restablecimiento de la democracia hasta la fecha.

 

Siempre vamos a defender con todas nuestras energías la libertad de organización y movilización a la que tienen derecho los uruguayos genéricamente, y los trabajadores en particular, pero no creemos conveniente permanecer indiferentes ante esta reiterada utilización de este instrumento de movilización , al que se recurre sistemáticamente.

 

Es muy malo el momento que los uruguayos estamos viviendo. Son muchas las necesidades y las urgencias. Tantas como para que no debamos desarrollar una dialéctica de radicalización que nada aporta.

 

Al paro general podemos acostumbrarnos, y en la medida  en que se hace repetitivo, propender a asumirlo casi como un dato de la realidad, pero asumamos todos, aún  quienes lo promueven, que la superabundancia, en cualquier materia, al crear hábito, genera una natural relativización del impacto que se pretende obtener.

 

Este martes vivimos otro paro general. Otro paro general más para el olvido. Otro día perdido en la búsqueda de entendimientos y en la resolución de los verdaderos problemas de los uruguayos. Otro paro sin sentido. Sin un contenido que pueda ser fácilmente identificable por la ciudadanía.

 

Al día siguiente, todo quedó igual, con la amarga sensación de que ésa fue otra jornada desperdiciada de la que nada se saca en limpio, y que en nada contribuye. Esperemos que al menos por la vía de la acumulación de sensaciones, la indiferencia genere rechazo hacia la exageración  en su uso.                                                                     

                                                                                            

Alvaro Alonso