“…en eso estamos ahora”
Cada 16 de junio, el verdadero Wilsonista,
siente un montón de sensaciones difíciles de explicar. Es que el recuerdo de
aquella jornada se agiganta al rememorar los días previos y las horas de la
llegada.
El 11 de junio, en el cumpleaños de mi prima Beatriz,
recuerdo las advertencias de familiares integrantes de la Armada Nacional,
acerca de la magnitud del operativo que se iba a realizar. La presión a través
de los medios de prensa y con movilización de efectivos y de vehículos
militares que parecía preparada para recibir a un ejército y no a un ciudadano
que llegaría rodeado de sus afectos en el “Vapor de la Carrera”.
Ese miedo fue el que hizo que en el almacén del Fito, a la hora convenida, la noche previa, varios amigos
se “durmieran” y faltaran a la cita. Después de un aguante prudencial mi amigo Fito me aconsejó: “Arrancá que no
viene nadie”, y sólo me tomé un 77 vacío que me dejó en la Plaza Independencia.
Caminé frente a una Casa de Gobierno cerrada en la que
detrás de las persianas se distinguían la punta de los fusiles y entré a la
Ciudad Vieja hasta dónde pude llegar: la esquina en dónde hoy está la sede del
INDA. Me detuvieron orientales de mi edad muy nerviosos que obedecían órdenes
en un operativo que tenía como objetivo infundir miedo, pero que desnudaba una
interna militar dividida de la que poco se ha escrito. Eramos
pocos los que habíamos llegado hasta la vereda de enfrente del puerto. Nada se
veía que no fueran containers, alambre de púa y
fusiles por lo que nos fuimos para la Avenida Agraciada en dónde una multitud
reclamaba una vez más por Libertad.
Ese día no pudimos escucharlo, no pudimos tocarlo,
abrazarlo, verlo, pero sí pudimos sentir rebeldía, unión, alegría, convicción y
amor por las banderas que defendíamos.
Un año después, el 16 de junio de 1985 sí lo pudimos escuchar,
lo pudimos disfrutar en el que hizo un análisis de la situación dramática que
atravesaba el país y en el que hizo propuestas concretas para salir de la
misma. En un Palacio Peñarol repleto, Wilson nos dio
una clase magistral de política con Mayúscula. Mientras hablaba seguro,
convencido, manejando información con claridad después de largos años de
Exilio, los militantes nos mirábamos en silencio escuchando absortos como ese
hombre lograba sintetizar, transmitir lo que sentíamos todos aquellos que nos autodenominabamos “Wilsonistas”.
Como si estuviéramos en un teatro uruguayo, “no volaba una mosca”. Nunca un
discurso de Wilson fue tan pocas veces interrumpido, tan pocas veces vivado. Es
que nos estaba hablando el Estadista, el gran Presidente que el país debió
tener en el 71, en el 73 o en el 84.
Los “Pactos” antes, durante y después de la dictadura
imposibilitaron ello. Y como dijo Wilson ese día:
“Esto es historia, historia ya juzgada, que repito, no
olvidaremos pero que es solo historia. Esto es el pasado y un Partido político
siempre – pero mucho más en circunstancias difíciles como esta – tiene que
pensar exclusivamente en el porvenir.
A nosotros lo que nos interesa hoy es el destino de la
patria, y descubrir la forma en que podemos servirla mejor.
Para esto existió siempre el Partido desde el momento mismo
de su fundación y nació casi junto con la Patria. Y para eso el Partido seguirá
viviendo; en eso estamos ahora.
Y yo les decía que las diferencias entre las fuerzas
políticas durante aquella campaña electoral además de éste que radicaba en el
juicio sobre el procedimiento elegido para una salida que nosotros no creíamos
tanto como una salida sino como a veces un poquito como una cierta entrada,
recaía también sobre el diagnóstico. Nosotros le dijimos al país que estaba
profundamente herido, que no sufría únicamente por la falta de libertad, porque
ésta podía ser recuperada, que no sufría únicamente por los bienes espirituales
que la dictadura se empeñó en destruir y en gran medida destruyó, que no sufría
solamente por la sangría poblacional, por el desencuentro de las familias, por
la destrucción de nuestras tradiciones; nosotros le dijimos al país que como
consecuencia de todo ello, estaba económicamente y socialmente profundamente
herido.
Y dijimos que esas heridas eran tan profundas que no valían
ya ni los parches ni los remiendos, y que se podía poner en riesgo la propia
existencia de una patria independiente. Y valientemente le dijimos al país que
se requerían remedios en profundidad y de fondo, y que si el país estaba herido
en su estructura, estructurales tenían que ser las soluciones a buscar.”
Un año después, volví a tomar el 77 luciendo una bandera de
POR LA PATRIA sobre mis hombros. Sentía que era mi PONCHO BLANCO, sentía que
volvía de una batalla ganada pero no a cualquier precio. Entré a casa contento
y me encontré con mi viejo, que había visto el discurso por televisión y nos
dimos un fuerte abrazo llorando emocionados en silencio. Ese día Papá, que era
Blanco, que era Nacionalista, entendió, sintió lo que era ser Wilsonista.
Por eso hoy disfrutando de la libertad y de la democracia,
un agradecimiento muy especial para los Wilsonistas
de todas las horas y el compromiso renovado de seguir levantando nuestras
banderas.
GRACIAS WILSON.
Hebert Reyes