EL LEGADO DE ARTURO ARDAO*

 

 

“Es la inteligencia la que ha reencontrado en las nubes, los vientos y las olas, la misma racional legalidad de las estrellas.” Arturo Ardao.

 

Pocos días antes de que Arturo Ardao se nos fuera físicamente de este mundo, en un artículo destinado a difundir su última obra filosófica publicada, “Lógica de la razón y Lógica de la inteligencia” (Biblioteca de Marcha y Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 2000), decíamos que se trataba de un verdadero tesoro que nos entregaba el compatriota más sabio e ilustre que hasta esos momentos aún vivía entre nosotros, concluyendo que el conjunto de nuevos desarrollos por él alcanzados, constituye la mayor riqueza que la sociedad pueda poseer.

 

José Ortega y Gasset, en la primera mitad del siglo XX, pensaba que Europa necesitaba una filosofía auténtica que le llevara a descubrir al hombre, nuevamente, su intrínseca condición de encontrarse obligado a buscar una instancia superior. Para que prevaleciera nuevamente la filosofía, advertía sobre la necesidad de tener presentes los intentos de Platón, a los que no dudó en calificar como funestos: el de buscar que los filósofos imperaran en la sociedad y, como intento posterior de corregir este error, el de preconizar de que los emperadores filosofaran. Partiendo de que los intentos de superar un error garrafal pueden conducirnos a otro de similar envergadura, con acierto afirmaba que la filosofía prevalecía si la había y que bastaba con que los filósofos fueran filósofos.

 

Algunas décadas antes de que Ortega y Gasset efectuara esta acertada afirmación, esa era, precisamente, la paciente labor a la que se encontraban abocados en esta región del Nuevo Mundo, filósofos como José Enrique Rodó y Carlos Vaz Ferreira.

 

Hasta hace muy pocos días, pero a lo largo y ancho de la tumultuosa y adversa segunda mitad del siglo XX, Arturo Ardao consagró su vida para que continuáramos teniendo filosofía, esa filosofía auténtica que para España y Europa forjara el propio José Ortega y Gasset, junto a Miguel de Unamuno y Xavier Zubiri.

 

Así como ningún pensador contemporáneo español puede reflexionar en serio sobre una perspectiva trascendente para su sociedad, sin afincarse en la obra legada por sus últimos tres mayores filósofos, aquí tampoco es posible hacerlo si no es a partir de la colosal construcción filosófica que heredamos de Rodó, Vaz Ferreira y Ardao.

 

Desde Vaz Ferreira y Ortega, había quedado establecido con claridad meridiana que esa nueva filosofía que llegaba para renovar la conciencia sobre la trascendente presencia y acción del hombre en el universo, debía alejarse de toda tentación de enfrentar a los estrictos límites de la razón, partiendo de que su verdadera superación se produciría conteniéndola. Las décadas transcurridas durante la segunda mitad del siglo XX en que la irracionalidad se instalara en tantas sociedades de América Latina -provocando heridas que hasta el día de hoy no terminan de cicatrizar-, reafirmaron en Arturo Ardao esa misma convicción.

 

La Guerra Fría congeló espiritualmente al mundo durante varias décadas, coadyuvando a que el país viviera los años más negros de su historia, en los que se llegara a extremos tan inauditos como el de obligar a que Ardao debiera emprender el camino del destierro. Mas, es evidente que él lo entendió como un período efímero de reaparición de los peores fantasmas del pasado, reafirmándolo en su labor de profundizar y elevar la filosofía propia.

 

Pero, en la actualidad, es de primer orden enfrentar las consecuencias de ese período traumático, porque si bien han transcurrido casi dos décadas desde la recuperación de la institucionalidad democrática, continuamos viviendo inmersos en un creciente empobrecimiento espiritual e intelectual de la sociedad, potenciando y retroalimentando todas las demás pobrezas tan presentes, últimamente, en nuestra cotidianeidad.

 

Es en estas circunstancias que la obra de Ardao puede contribuir decisivamente a la revitalización intelectual y moral de la sociedad. El legado fundamental que forjara el prolongado y sostenido esfuerzo intelectual de Arturo Ardao, es el de habernos develado el destino trascendente –tanto uruguayo como latinoamericano- ínsito en la obra de nuestros mayores pensadores, fundadores de la novel filosofía de la inteligencia, última gran contribución a la evolución del pensamiento universal, como lo destacan últimamente investigadores y pensadores de diversos lugares del planeta -“Homenaje a la filosofía latinoamericana”, Jorge Liberati, Cuadernos de Marcha, Nº 165, Agosto de 2000.

 

Si bien genéricamente, se identifica a Arturo Ardao como perteneciente a la generación crítica, por encontrarse en la misma franja etaria de quienes la integraran, el contenido de su obra lo distingue y aleja de sus compañeros generacionales. Este no es un tema menor y es una labor crucial para que investigadores e historiadores de las ideas profundicen sus trabajos, pues las consecuencias no medidas en su momento, por buena parte de los más destacados integrantes de dicha generación, propiciaron la devaluación del pensamiento propio y la penetración de los sistemas ideológicos cerrados en las posteriores generaciones de intelectuales, en particular a partir de las que surgieran sobre el final de la década de los sesenta.

 

No se trata de condenar a nadie ni al fuego del infierno ni al frío del cielo, se trata de profundizar en la comprensión de un período crucial de la historia de la sociedad que puede permitirnos avanzar decididamente en su evolución.

 

En América Latina, a pesar de que predominantemente el hombre continúa siendo un lobo para el hombre -al igual que en la mayoría de las sociedades-, no tenemos aún una idea aproximada del tiempo que estamos viviendo y de las potencialidades espirituales e intelectuales que poseemos para la construcción del futuro de nuestras sociedades.

 

Julio Paladino (1909-1976),  alumno de Carlos Vaz Ferreira y continuador de su obra,  escribió a fines de los años sesenta: “A la juventud puede extraviársela, intentando infundirle ideas equivocadas. Pero corromperla, esto sólo lo hace la falta de ideas.” La reflexión de Paladino tiene una renovada vigencia, no sólo porque nos ayuda a comprender hechos que nos han conmovido, sino porque también nos devela el problema fundamental que nuestra sociedad vive desde la década de los sesenta: la crisis de las ideas.

 

Así como buena parte de la juventud en los años sesenta y setenta del siglo XX, se inmolara por sus ideas equivocadas, a comienzos del siglo XXI los jóvenes están corriendo el grave riesgo de corromperse, al no contar con ideas trascendentes para comprender y transformar la realidad.

 

En la actualidad tenemos demasiada economía que, al igual que la politología, la sociología, la sicología y demás disciplinas del comportamiento humano, tratan de explicarnos cuantitativa y esquemáticamente lo que acontece en la sociedad, cuando lo que más estamos necesitando -bajo la amenaza de que se puedan configurar situaciones similares a las ya vividas-, son nuevas ideas pensadas desde la crítica creadora de la filosofía de la inteligencia, en aras de profundizar la concreción de la misión para la que nuestra especie fuera dotada y distinguida por la naturaleza.

 

La vida de nuestras sociedades, globalmente consideradas y al menos en el último medio siglo, se ha caracterizado por imitar sin inventar, adoptando modelos sin ni siquiera intentar adaptarlos a cada realidad particular. Ese largo inventario de fracasos, nos abre las puertas a la búsqueda de caminos propios, a partir del hasta ahora desaprovechado legado de nuestros pensadores. La filosofía de la inteligencia nos invita a esforzarnos en comprender y transformar la realidad, desde una abierta metafísica de lo verosímil y el empírico escepticismo moderado de la inteligencia, como sabiamente nos propone Ardao.

 

Más allá de los importantes aportes de tantos grandes pensadores, que irrumpieran en la vida de Occidente hace tan solo dos milenios y medio, la lucha entre la razón y la sinrazón en la marcha de la humanidad, es una lucha en la que muy recientemente se han abierto perspectivas para que la primera pueda llegar a prevalecer sobre la segunda. Esto quiere decir que a pesar de los enormes avances en tan diversos campos registrados en los últimos siglos, la evolución de la humanidad se encuentra aún en grados muy inferiores de su desarrollo.

 

Lo antedicho, no debe ser tomado como un canto a la desesperanza. A pesar de los relativamente escasos avances sustanciales en la evolución de la humanidad, globalmente considerada, la acumulación instrumental alcanzada en los últimos quinientos años y la experiencia histórica adquirida, nos permiten avizorar estadios superiores a los que puede acceder la evolución de nuestra especie.

 

Aunque todos los grandes descubrimientos, en el lento y persistente avance de las ciencias, encuentran su lógica en la inteligencia, en los propios ámbitos científicos la inteligencia continúa considerándose como un ente abstracto, pues sus diversas disciplinas se han desarrollado, hasta ahora, dentro de los estrictos marcos de la lógica de la razón y su instrumental metodológico. Esto quiere decir que son infinitamente inabarcables las posibilidades de desarrollo del conocimiento que pueden desencadenar los nuevos desarrollos filosóficos.

 

Y si bien en el último medio milenio las sociedades han vivido un proceso evolutivo particular, la inmensa mayoría de la humanidad continúa viviendo en la prehistoria. La verdadera historia de la humanidad no comenzará hasta que los individuos puedan vivir desalienadamente, partiendo de que existe alienación siempre que el hombre es considerado como medio y no como fin y que de alguna forma se ve privado de sí mismo, en pos de una finalidad que no ha elegido libremente.

 

Nuestro talón de Aquiles y el mayor nudo gordiano que nuestra inteligencia tiene para desatar, lo constituyen las grandes injusticias y escandalosas desigualdades en las que sobreviven nuestros pueblos en América Latina. Sin lugar a ninguna duda, tanto injusticias como desigualdades, tienen una estrecha correspondencia en la relación actual entre las naciones, pero no obtendremos un suficiente respaldo ético y moral para la batalla que es indispensable librar por un nuevo orden internacional, si no se transforma en evidente que los valores de justicia y equidad son los que deben prevalecer al interior de cada una de nuestras sociedades. Esta constituye otra verdad radical, de la cual depende que se nos reconozca como sociedades que han ingresado a su edad adulta.

 

Después de la Segunda Guerra Mundial, fueron esas mismas grandes injusticias y escandalosas desigualdades, las que propiciaran la instalación entre nosotros de la Guerra Fría y la penetración de los sistemas ideológicos cerrados, dificultando de manera importante la difusión de los nacientes desarrollos filosóficos propios, tanto entre los intelectuales como en los círculos de dirigentes. 

 

Carlos Vaz Ferreira comienza su “Lógica Viva” (1910) afirmando: “Una de las mayores adquisiciones del pensamiento se realizaría cuando los hombres comprendieran –no sólo comprendieran, sino sintieran– que una gran parte de las teorías, opiniones, observaciones, etc., que se tratan como opuestas, no lo son. Es una de las falacias más comunes, y por la cual se gasta en pura pérdida la mayor parte del trabajo pensante de la humanidad, la que consiste en tomar por contradictorio lo que no es contradictorio; en crear falsos dilemas, falsas oposiciones. Dentro de esa falacia, la muy común que consiste en tomar lo complementario por contradictorio, no es más que un caso particular de ella, pero un caso prácticamente muy importante.

 

Tan importantes, en la práctica, han resultado ser esas falsas oposiciones que la evolución de las sociedades humanas terminó desperdiciando la mayor parte del siglo XX. Y en particular, nuestras sociedades en América Latina, obnubiladas por las falsas oposiciones de los sistemas ideológicos cerrados, las posteriores simplificaciones economicistas y sus contra-caras populistas, han gastado en pura pérdida las últimas cuatro décadas transcurridas.

 

La experiencia histórica de la ciudadanía en la construcción de la sociedad democrática, durante un extenso tramo del siglo XX, junto al esfuerzo intelectual de la Generación del 900, sustentaron el proceso de recuperación institucional y convivencia en paz producido desde mediados de los años ochenta del siglo pasado. De todas formas, la influencia intelectual de las generaciones idas, ha sido inercial, más allá de que una transformación cultural y política como la experimentada en la primera mitad del siglo XX, no es posible extinguir en poco tiempo, pues continúa actuando en el inconsciente colectivo a través de los valores recibidos por los individuos. Mas, desde hace varias décadas nuestros intelectuales -entendido el adjetivo en su acepción más amplia-, no tienen conciencia y muchos de ellos ni siquiera lo saben, que contamos con una filosofía propia. He ahí uno de los factores esenciales del empobrecimiento intelectual de la política, a partir del que medran buena parte de los actuales dirigentes.

 

Es verdad que en la época de oro que conoció la sociedad uruguaya en los años cincuenta del siglo XX, cuando se la reconociera en el mundo como la “Suiza de América” o la “Atenas del Plata”, encontró condiciones económicas externas que beneficiaron su desarrollo, pero el análisis meramente economicista de aquél fenómeno conduce a desconocer el lento y fecundo proceso de formación de nuestros ciudadanos durante la primera mitad del siglo XX, en el que se consolidara una extendida y particular clase media, conformada por muchos miles de individuos capaces de pensar y actuar por sí mismos, en los diversos campos de la vida económica, social, política y cultural. La base sobre la que sustentara esa época de oro fue la conformación de una intelectualidad con pensamiento propio, de la que surgieran varias generaciones de dirigentes políticos y estadistas de excelente nivel, a pesar de las características de un Estado del que tan sólo, en la actualidad, magnificamos sus males, olvidando la temprana separación de sus poderes –como garantía fundamental del proceso de construcción de la institucionalidad democrática– en esta región del mundo.

 

En el último tiempo, no sólo en nuestras sociedades democráticas aquí en el sur, sino también en las del norte de Occidente, asistimos a un acelerado proceso de descreimiento ciudadano de la actividad política y de los políticos como tales. El fenómeno encuentra buena parte de su explicación en el hecho de que la acción política sigue regida por falsas oposiciones que fueron la base de las divisiones en partidos del sistema político de las sociedades democráticas, cumpliendo un rol dinámico mientras la inmensa mayoría de los ciudadanos poseía muy bajos niveles educativos y escasa experiencia de participación en los asuntos que los concernía.

 

En la renovación de las ideas y de la política se juega la futura evolución de nuestras sociedades. Es sobre esas bases que se deben hacer todos los esfuerzos, desde los más diversos campos, para contar con una nueva generación de intelectuales. Generación ésta que, para ser verdaderamente nueva, como nos lo demostrara a través de toda su obra Arturo Ardao, debe contener lo más elevado de las que la han antecedido.

 

Luis Alemañy

 

* Exposición del autor en el Homenaje a Arturo Ardao al cumplirse el primer mes de su fallecimiento -el 22 de Octubre de 2003-, realizado por la Dirección Nacional de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura.