EL FALSO DILEMA
ENTRE LIBERTAD E IGUALDAD
Carlos Vaz Ferreira comienza su Lógica Viva
afirmando: “Una de las mayores adquisiciones del pensamiento se
realizaría cuando los hombres comprendieran –no sólo comprendieran, sino
sintieran– que una gran parte de las teorías, opiniones, observaciones, etc.,
que se tratan como opuestas, no lo son. Es una de las falacias más comunes, y
por la cual se gasta en pura pérdida la mayor parte del trabajo pensante de la
humanidad, la que consiste en tomar por contradictorio lo que no es
contradictorio; en crear falsos dilemas, falsas oposiciones. Dentro de esa
falacia, la muy común que consiste en tomar lo complementario por
contradictorio, no es más que un caso particular de ella, pero un caso
prácticamente muy importante.”
La sabiduría de estas palabras no sólo nos enseña el
papel central que la reflexión filosófica puede desempeñar en la actividad
práctica, sino que ella también devela el eje central de los grandes equívocos
ideológicos y políticos que padecemos en el país desde hace más de tres
décadas.
El nudo central de nuestros problemas y que ha
impedido el desarrollo de la sociedad uruguaya, es el derivado de la falsa
oposición entre libertad e igualdad, con sus consecuentes simplificaciones
ideológicas y políticas.
Lo que a nosotros nos ha sucedido, desde fines de la
década de los sesenta, se inscribe en lo acontecido en el mundo a lo largo y
ancho del siglo XX, que transcurriera signado por esa falsa oposición entre
libertad e igualdad, con experiencias que buscaron desarrollar la libertad en
detrimento de la igualdad o intentando imponer la igualdad conculcando la
libertad. El resultado ha sido que, ni la libertad ni la igualdad han podido
desarrollarse exitosamente cuando una sojuzga a otra, haciendo de la fraternidad
la tercera excluida.
Immanuel Kant postulaba “que toda libertad pueda coexistir con la de los demás”, fórmula
que encuentra complementariedad con la enunciada por José E. Rodó: “no existe otro límite legítimo para la
igualdad humana que el que consiste en el dominio de la inteligencia y la
virtud, consentido por la libertad de todos.”
Tanto la
fórmula de Kant, como la de Rodó, siguen siendo objetivos a perseguir por las
sociedades democráticas actuales. Mas, al unir la síntesis de Rodó con la
fórmula de Kant, podemos encontrar uno de los puentes más importantes entre
libertad e igualdad, para hermanarlas fraternalmente, pues aunque no enunciada,
la fraternidad preside las fórmulas de los dos pensadores. Kant propone una
organización social compuesta por hombres libres de la que, incluso las
sociedades democráticas más desarrolladas, se encuentran aún lejos. Rodó le
agrega el límite de la igualdad, que consiste en el dominio de la inteligencia
y la virtud, lo que presupone que cada ser humano tendrá las condiciones
materiales y espirituales para poder desarrollarlas.
Como
señaláramos en el artículo de la semana pasada, cada criatura que llega al
mundo, es genéticamente diferente a todas las demás, pero dependerá de las
circunstancias en que se desenvuelva su vida, para que pueda construir su
propia personalidad y disfrutar de la libertad - que cada vez más depende de
las posibilidades de enriquecimiento intelectual, del desarrollo de sus
facultades cognoscitivas, sensibles y racionales a la misma vez.
La sociedad
humana que Kant y Rodó implícitamente proponen, brinda las condiciones para que
cada persona desarrolle todas las potencialidades que la naturaleza le brindó.
La
política auténtica, regida por un pensamiento crítico-creador al servicio del
cambio social, de la transformación humanista de la sociedad, debe buscar, a
través de la justicia, que el desarrollo de la sociedad democrática consista en
que, crecientemente, las personas que la constituyan no sólo puedan vivir
decorosamente, sino, fundamentalmente, contar con las posibilidades de
desarrollarse intelectualmente, para ser enteramente libres y poder actuar con
toda la personalidad.
“Cada persona es única y por esto no es un
abuso del lenguaje hablar de la ‘santidad de la persona’”, escribe Octavio Paz en “La llama doble” (1994), uno de sus
últimos ensayos. Y como recientemente la genética lo ha demostrado -dándole la
razón a tantos grandes hombres que, a través de los siglos, así lo habían
intuido-, los seres humanos somos las únicas criaturas del universo que no nos
reproducimos, porque poseemos la facultad innata de crear criaturas únicas.
Todos, al nacer, contamos con la misma potencialidad
de desarrollar nuestro talento, pero solo muy pocos tienen las posibilidades
materiales y espirituales de desarrollarlo en una actividad creadora.
De ahí, entonces, la justeza de la afirmación de que
hasta tanto la persona humana no pueda
vivir como tal, desarrollando todas las facultades con que la naturaleza la
distinguió, se continuará transitando por la real prehistoria de la humanidad.