La misma piedra de siempre

 

Hace dos años,  reflexionábamos en un almuerzo sobre la estrategia que debía tener el Uruguay para no reeditar las crisis que consetudinariamente azotaban a este pequeño territorio del planeta cada veinte años.

 

En aquel momento salíamos del tortuoso 2002, con las heridas de la devaluación fresquitas y  abiertas, con  la gente estafada en los bancos cerrados con la ira a flor de piel, pero con un panorama por delante lo suficientemente auspicioso como para imaginar una salida a aquel calvario.

 

Alrededor de aquella mesa, en la que estaban gente vinculada al software, comerciantes instalados en Montevideo, constructores de renombre y algunos correligionarios, coincidíamos en que la lección de la burbuja cambiaria había sido lo suficientemente trágica como para no volverla a repetir.

 

Eramos todos pertenecientes a la generación que ronda los cuarenta años,  la misma que vio sucumbir a padres, tíos y amigos en cada devaluación producida por una pretensión desubicada de no tenerle respeto al dólar.

 

Increíblemente, pasados veinticuatro meses de aquella cazuela de lentejas, el síndrome del atraso cambiario vuelve a estar en el tapete, esta vez con un cambio de roles sorprendente que hace que los argumentos de tener un tipo de cambio que araña los veintidós pesos sean defendidos por aquellos que tildaban de neoliberal este tipo de política económica, o por aquellos que pintaban graciosamente los muros de la capital  solicitando un “país productivo”.

 

Si algo explica el crecimiento de los años 2003 y 2004 en el Uruguay, es justamente él haber recobrado la competitividad; se movilizó la capacidad ociosa, la rentabilidad permitió el riesgo, la tasa de desempleo que oscilaba en un veinte por ciento bajó a los guarismos de la actualidad, batimos records en las temporadas veraniegas al ofrecer paquetes turísticos baratos y la inversión en el sector productivo  alcanzó niveles inusitados para lo que fueron las ultimas décadas.

 

Este círculo virtuoso se produjo sin crédito alguno, con bancos inexistentes y con el antecedente de venir con un país arrasado por la crisis. Todas las voces coincidían en destacar este impulso de generación de riqueza genuina, de aumento del producto por la colocación de nuestras exportaciones y por el aprendizaje ciudadano a cuidar en mucho su endeudamiento interno.

 

Las secuelas de la devaluación fueron lo suficientemente graves como para que aterricemos en la realidad de lo que valen las cosas y no seguir comprando autos en cuotas a valores superiores a los de Zurich, o apartamentos valorados a precios de ciudades como Nueva York a tasas en dólares de mas del 18% anual!!!.

 

Por lo visto, nada de esto se aprendió.

 

El gobierno insiste en sostener que no hay atraso cambiario, se ofusca el Presidente del Banco Central cuando le muestran la evidencia de la falta de competitividad y ataca a los empresarios  que permitieron la salida de la crisis, tildándolos por lo menos de inútiles que lo único que quieren es hacer lobby para  enriquecer a sus empresas; se reitera la muletilla de aumentar la producción por productividad olvidando la carga que el Estado representa en cualquier emprendimiento, la que se verá incrementada una vez aprobada la ley presupuestal, y por si fuera poco asustan con los peligros de una devaluación a una ciudadanía lo suficientemente empobrecida como para tomar créditos en dólares.

 

El Frente Amplio pregona por la memoria de los pueblos, preocupándose por los desaparecidos políticos de la última dictadura militar, tener memoria también es no volver a tropezar con la misma piedra de volver a un proceso que todos conocemos tanto su comienzo, su desarrollo y su fin, el que más temprano que tarde volverá a generar inocentes desaparecidos económicos, victimas de una equivocada visión de la realidad

 

Sebastián da Silva