LA ESPERANZA DE LOS TIEMPOS
QUE VENDRÁN
grandes alegrías
tendrían un marcado dejo de amargura;
y así ha sido, porque
en cada abrazo de festejo
nos miramos a los ojos
y cada uno sabe
que las lágrimas del
otro son las imágenes
de los amigos que no
están.
Sólo la historia los
podía reunir,
como un canto de
esperanza de los tiempos que vendrán.
Bárbaro fue el acto
criminal que cegó sus vidas.
Vana la intención de
los verdugos de borrar
para siempre la
amistad, el amor y la esperanza
que sembraron en vida,
porque continúan
haciéndolo después de muertos.
Recordarlos es un acto
de poesía,
por la magia que los
envuelve en cada paso,
en cada paisaje, en
cada niño, en cada palabra,
en cada primavera.
Rosario, Willy,
Zelmar, Toba, juntos y por separado
son todos los hombres
de esta tierra,
que aún no han perdido
la sabia costumbre de
soñar por un mundo
mejor.
(“Réquiem por Rosario, Willy, Zelmar y Toba”, Mayo de 1986)
Se han
cumplido veintisiete años de que fueran secuestrados y asesinados, en la ciudad
de Buenos Aires, Héctor Gutiérrez Ruiz, Zelmar Michelini, Rosario Barredo y
William Whitelaw. Cuando se conmemorara el décimo aniversario de tan luctuoso
hecho, mientras el país vivía la reciente recuperación de la institucionalidad
democrática y de la convivencia en paz, junto a Eliseo Corbo -hoy también
lamentablemente desaparecido y quien por obra del azar no llegara a ser
secuestrado junto a ellos en aquellos trágicos tiempos transcurridos en ambas
orillas del Plata-, como dedicatoria de un ensayo que elaboráramos
conjuntamente en el año 1986, escribimos ese Réquiem que es el epígrafe
de estas páginas.
Muy
recientemente se ha comenzado a conocer públicamente la historia que en ese
tiempo se estaba forjando en el exilio de Buenos Aires, cuyos principales hacedores
fueran Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz y Wilson Ferreira Aldunate. Como
hoy bien sabemos, fue también por obra del azar y, fundamentalmente, por la
rápido reacción del círculo más cercano de amigos y militantes blancos en el
exilio, que Wilson se salvara por minutos del secuestro, durante los aciagos
días de mayo de 1976. Mas, por sobre las diferencias históricas de las
colectividades políticas en las que las que estos tres grandes hombres
desarrollaran su acción política, los unía una entrañable amistad y una
comunidad superior de valores espirituales. De ahí que el proceso de
acercamiento político que entre ellos se había producido, trascendía lo
meramente coyuntural, mancomunando sus esfuerzos para forjar el proyecto de
país libre y justo que su historia exigía. Y llegados hasta el día de la
fecha, tenemos el firme convencimiento
de que ese mismo proyecto de país libre y justo, continúa conservando su cada
vez más renovada vigencia.
Rosario
Barredo y William Whitelaw, sintetizaban los más elevados ideales de nuestra
generación y en particular fueron de los pioneros entre quienes nos convenciéramos de que la violencia, fuera
del signo que fuera, había sido y era rechazada por las amplias mayorías ciudadanas
y de que el fin del período dictatorial no se produciría por el accionar de
pequeños grupos mesiánicos, sino por la voluntad de esas mismas mayorías
ciudadanas, llegado el momento en el que tuvieran las condiciones de expresarse
pacíficamente, como sucediera una década después. William Whitelaw era uno de
los jóvenes más lúcidos de esa generación, jugando un papel decisivo por su
capacidad de análisis, ecuanimidad e inteligencia, en el proceso de
acercamiento entre los principales líderes democráticos en el exilio de Buenos
Aires.
Tanto Ferreira
Aldunate como Michelini y Gutiérrez Ruíz, encarnaban parte de lo mejor de una
generación muy particular, formada en el transcurrir del siglo XX en la
sociedad uruguaya, bajo el influjo intelectual de la Generación del 900 que los
proyectara como hombres de pensamiento y de acción. Si bien pertenecían a
tradiciones diferentes como las de los Partidos Colorado y Blanco, Michelini
más a fin a la socialdemocracia o al liberalismo social y Ferreira Aldunate y
Gutiérrez Ruíz al liberalismo nacionalista y el humanismo cristiano, ellos
convergían en la misma fuente, la fuente de la filosofía de la vida que los
pensadores uruguayos de aquella generación habían fundado. De ahí la dificultad
para encasillarlos dentro de determinada corriente de pensamiento, como las que
muy genéricamente líneas arriba esbozamos, pues eran hombres acostumbrados a
pensar por ideas y no por sistemas, como tan insistentemente preconizara Carlos
Vaz Ferreira.
En
síntesis, los tres combinaban una sólida formación intelectual en constante
crecimiento y una vocación innata por la política, como el instrumento más
idóneo para promover la evolución de la sociedad democrática a estadios
superiores, en los que los ciudadanos pudieran vivir con más libertad y
justicia.
En
los últimos tiempos, en Occidente, se está registrando el comienzo de un
fecundo diálogo entre las ideas liberales y socialdemócratas que, aunque
balbuceante aún, es uno de los grandes temas para la renovación de la política
en el comienzo del siglo XXI. En uno de sus últimos ensayos, La
otra voz (1990), Octavio Paz vislumbraba que estaban dadas las
condiciones históricas para la fundación de una nueva filosofía política,
partiendo del convencimiento que ese nuevo pensamiento debía heredar esa doble
tradición de la modernidad, la liberal y la socialdemócrata. Mas,
previniéndonos, de que para transformarse en una verdadera renovación, ese
nuevo pensamiento no debía repetirlas sino trascenderlas.
Así
como el pensamiento liberal en Hispanoamérica tuvo como uno de sus primeros precursores
a José Artigas, la búsqueda del diálogo entre liberales y socialdemócratas
tiene importantes antecedentes en el escenario político uruguayo, a lo largo y
ancho del siglo XX. Aunque dicha tendencia sufrió una abrupta interrupción en
el período previo al régimen militar, promovida por la dialéctica de los
extremos y la influencia de la Guerra Fría, ella comenzó su renacimiento en ese
proceso de unión política liderado por Wilson Ferreira Aldunate y Zelmar
Michelini.
Si
bien podemos llegar a pensar que ese fue un proceso truncado por los luctuosos
acontecimientos de Buenos Aires en mayo de 1976, el norte de aquella evolución
de las ideas políticas continúa más vigente que nunca, recobrando actualidad la
célebre sentencia de Van Gogh: “los molinos ya no están, pero el viento
sopla todavía”.
Ese
viento, a veces menos intensamente y otras con más fuerza, ha continuado
soplando desde la recuperación democrática hasta nuestros días, cuando todos
hemos vuelto a poder vivir por las ideas, sin que nadie corra el riesgo de
morir por ellas. Y es ahora, con el fin de la posguerra fría, la consolidación
de la paz y de la sociedad democrática, que se nos brindan las mejores
condiciones para dar un salto cualitativo en el proceso de maduración de los
intelectuales y las dirigencias políticas; un proceso de maduración
caracterizado por el diálogo fraterno entre las ideas de libertad, justicia e
igualdad, superando las falsas oposiciones predominantes durante el siglo XX.
Esa
es la esencia del proceso de renovación de las ideas que se encuentra
impulsando nuestro sector, conducido por Juan Andrés Ramírez. En ese proceso
radica buena parte de la esperanza de los tiempos que vendrán.
Luis
Alemañy