La rotación de los partidos políticos en el poder,
resulta una práctica saludable que se da en todas las democracias modernas a lo
largo del mundo entero.
Así vemos que en países como los Estados Unidos y las
potencias europeas, regularmente, se turnan en la administración, los
demócratas y los republicanos, los socialistas y la derecha, los conservadores
y los laboristas, y sigue la lista.
Uruguay no puede estar ajeno a esta realidad, con los
ajustes que la dinámica de la evolución de nuestro mapa político manifiesta.
Ahora bien, en el mundo desarrollado, el que gobierna
promueve, y la oposición controla.
Uno no puede ocupar el lugar del otro.
Con este escenario, el rol del Partido Nacional está
nítidamente definido, con el matiz de que los blancos siempre nos hemos sentido
inclinados a colaborar con nuestro aporte más que a destruir con la critica.
Para otras tiendas el asunto no es tan sencillo.
El Partido Colorado, disminuido por un revés
electoral sin precedentes, parece no reaccionar. Está casi ausente.
Pero el peor problema se da en el Frente Amplio.
El mareo de la
novelería de haber alcanzado el gobierno, como si esto fuese un fin en
si mismo, sumado a la dificultad manifiesta de administrar sus diferencias
internas, más su falta de experiencia ejecutiva, adolecente de cuadros, lo pone
en una muy incomoda situación, y, por la transitiva, al Uruguay todo.
Los primeros síntomas de desencanto de la población
no se hicieron esperar.
Vázquez cayó, como en un tobogán, de una aprobación
para su gestión en el mes de marzo de más del setenta por ciento, a la
situación actual en la que apenas supera el cincuenta, cifra que casi reproduce
el resultado electoral.
Los errores
han sido muchos, y las expectativas generadas por más de treinta años de
irresponsabilidad electorera, pegan la vuelta y cual implacable boomerang
apuntan amenazadoramente al corazón
del gobierno, poniendo en jaque su apoyo popular.
Empresarios, gremios y ciudadanos comunes empiezan a
tener en común la falta de respeto hacia un gobierno que parece no merecerlo.
Un desalentador presupuesto quinquenal, propone más
burocracia, más gasto y más impuestos, más incertidumbre y la sensación de
estar a bordo de un buque que va
navegando en el sentido contrario al del puerto al que se quiere llegar.
Ante este
panorama, el Partido Nacional tiene la obligación, y el compromiso irrenunciable, de denunciar todos y cada uno
de los errores y desaciertos con la responsabilidad que la hora reclama.
Es cuestión de saber ser oposición cuando nos toca, asi como de saber gobernar cuando el deber nos
llame. Y que cuanto antes sea, mejor.
Alvaro Alonso