CON JUAN PABLO II
La semana pasada tuve el privilegio de participar de la visita que el Presidente de la República realizó al Vaticano, de la que extraigo algunas experiencias que creo justifican un cambio transitorio de estilo y forma de los editoriales con los que generalmente nos comunicamos con los lectores de Compromiso.
Fue
sin dudas una experiencia inolvidable, desde el punto de vista personal y
también político, aspecto que especialmente desde esta columna quisiera resaltar.
El
Uruguay, con su empecinamiento republicano y autónomo resolvió en el siglo
pasado, separar sabiamente al Estado de la Iglesia, en lo que desde una perspectiva histórica es de
sencilla interpretación. Así se sucedió a lo largo de las décadas de nuestra
vida institucional, el moldeado de nuestra propia identidad nacional,
prescindente de un contacto vinculante con la iglesia, a diferencia de como lo
resolvieron otros países de la región.
Lo
que de todas maneras resulta imposible de negar, es que los valores que
encierra el dogma católico, coinciden en los elementos centrales, con nuestros
valores éticos y morales, los que de generación en generación son trasladados
por intermedio de la educación de padres a hijos y estos a los suyos en la
larga cadena de sustitución generacional.
Hoy,
con la madurez que nuestro Estado puede esgrimir en este caso como en muchos otros, acompañamos a un Batlle, a
internarse en los muros del Vaticano, para expresar, en nombre de todos los
uruguayos, los respetos a la investidura papal, en un momento histórico que
evidencia madurez en el respeto y reconocimiento a la libertad de culto, como
pocas veces podemos decir que se haya representado en forma más explicita.
Así
vimos, en una delegación reducida pero políticamente representativa, que los
principales valores de nuestra cultura, reflejan la base de nuestra convivencia
pacífica, solo explicable en un a veces oculto amor al prójimo al que estamos
obligados a apelar con generosidad por nuestro compromiso con nuestro propio
futuro.
El
caso de Juan Pablo II representa para todo el mundo un ejemplo de protagonismo
difícilmente comparable al de ningún otro líder espiritual o político, y esta
ha sido sin dudas una de las recompensas más valiosas que alguien que como yo,
ha abrazado ésta a veces ingrata carrera política, la que sin embargo tiene,
raramente, este tipo de recompensas.