LA MADRE DE TODAS NUESTRAS CRISIS: LA CRISIS DE LAS IDEAS.

 

 

Después de la crisis económica y social que hemos padecido en los últimos años, si somos capaces de reflexionar profundamente sobre ella y recoger las principales lecciones que nos deja, se estará aprovechando la mayor oportunidad que se ha presentado desde la recuperación democrática para transformar la adversidad en fuerza positiva y revitalizar creativamente al conjunto de la sociedad.

 

También puede suceder, que la situación regional y mundial evolucione en las algunas de las tendencias que últimamente se insinúan, volviendo a ser nuevamente beneficiosas para nuestra economía y sin modificar nada substancial, conformándonos con que algunos indicadores comiencen a mejorar, arribemos al convencimiento de que la crisis ha sido superada. Este es uno de los principales riesgos que acarrearía perdernos una excelente oportunidad para reflexionar, con detenimiento, sobre nuestros problemas medulares y que nos limitan fuertemente como sociedad para afrontar los grandes desafíos del siglo XXI.

 

Es cierto que hasta ahora, contemplando lo que vemos y le sucede a cientos de miles de uruguayos, todos podamos aseverar que hemos atravesado una de las crisis económicas y sociales más importantes de la historia, pero al igual que en la crisis de los sesenta y setenta del siglo XX, el sustrato de aquella crisis económica y social que se transformó en política y la que ahora estamos viviendo, se concentra en lo que ha sido y es la principal de todas las crisis padecidas: la crisis de las ideas. Por lo tanto, no es necesario apelar a la clarividencia para deducir que si no somos capaces de resolver la crisis de ideas que nuestra sociedad padece, seguiremos condenados a que situaciones como las vividas se vuelvan a repetir, con mayores o menores grados de virulencia a las que ya hemos conocido.

 

La crisis de las ideas nos lleva a vivir en una sociedad –y este es un rasgo que nos caracteriza desde hace ya muchas décadas- en la que el debate político gira casi permanentemente en torno a falsas oposiciones, impidiendo encontrar las salidas a partir de un esfuerzo nacional conjunto e imposibilitando salvaguardar y potenciar los intereses fundamentales de la nación.

 

La crisis de las ideas en momentos como los que estamos viviendo, propicia la aparición de todo tipo de oportunismos políticos y expresiones demagógicas que pueden arrastrar a que un conjunto de errores sea suplantado por otro conjunto de errores aún mayor que el conocido. Esa es la dialéctica intrínseca de las falsas oposiciones ideológicas y políticas: confrontar un error con otro error, sepultando la posibilidad de avizorar y transitar el camino que puede resolver cada uno de los problemas que se nos presentan.

 

Si una contundente realidad nos ha exhibido esta última crisis económica, es la de mostrarnos, de manera dramática, las grandes desigualdades sociales y flagrantes injusticias que se registran en el país. Y aunque agudizadas esas diferencias entre los uruguayos que más tienen y los que menos poseen, siguen siendo, hasta el mismísimo día de hoy, los compatriotas más humildes quienes más contribuyen a sostener, con sus inenarrables sacrificios, al erario público. No es forzar ninguna conclusión, ni buscar dramatizar gratuitamente nuestra realidad –ya que los últimos estudios técnicos lo demuestran fehacientemente y nadie los ha cuestionado o relativizado-, afirmar que de todo lo que el Estado recauda para financiar su funcionamiento y prestaciones, proviene en una mayor proporción, de los uruguayos que menos tienen.

 

El centro de nuestro estancamiento y grandes incertidumbres actuales, deriva del hecho que desde la recuperación de la institucionalidad democrática no se ha profundizado en la reflexión sobre el conjunto de causas ideológicas y políticas que condujeron al período dictatorial. Si bien lo que ha primado en estos últimos dieciocho años es la tácita revalorización de las ideas de libertad y democracia, contribuyendo decididamente a la recuperación y consolidación de la institucionalidad –como fruto de la experiencia histórica de la ciudadanía-, el fortísimo trauma ocasionado por el autoritarismo ha impedido la reflexión sobre sus causas. Y aunque también tácitamente se reconoce la irreversible caducidad de las ideologías cerradas y totalitaristas que promoviera la mundialización de la Guerra Fría, las simplificaciones economicistas, la divinización del mercado y las caricaturescas visiones de la globalización, han continuado contribuyendo de manera muy importante al vaciamiento intelectual de la política, actuando como fuertes impedimentos para la renovación de las ideas y justificando los flagrantes errores de las falsas oposiciones que hegemonizan la acción política cotidiana, atravesando horizontal y verticalmente a todos los partidos políticos por igual.

 

El camino que nos abre lo que nos ha mostrado descarnadamente la crisis y que nos puede permitir desbloquear el atolladero al que conducen las falsas oposiciones ideológicas y políticas, es el de resolver el mayor conflicto ético y moral que emana de una organización social extremadamente desigual e injusta, en la que cargan con todo el peso de los sacrificios los compatriotas más desfavorecidos y postergados. Desigualdades que se cuantifican en que el veinte por ciento más rico recibe once veces más del total de nuestras riquezas que el veinte por ciento de los uruguayos más pobres, cuando la relación en las sociedades que se consideran como equitativas y justas no supera la diferencia de cuatro veces entre esos dos quintiles de la población. He ahí la base fundamental de nuestros problemas actuales, pero que fuera también el sustrato de la coyuntura que viviera el país durante los años sesenta y setenta, propiciando los enfrentamientos fratricidas y el surgimiento de los autoritarismos, en aquél particular y embrutecedor período de la historia continental y mundial.

 

Es decir que la clave de la situación actual de la sociedad uruguaya, lo constituye la revalorización ética y moral de la política, en la que el conjunto de sus actores, con sus matices y diferencias de grado, arriben al consenso básico de dar todos los pasos necesarios para construir una sociedad que sea cada vez más justa y decente, al decir de John Rawls*.

 

Por estos senderos es que podemos reconstruir la unidad esencial de la nación, para emprender un gran esfuerzo conjunto que nos permita resolver, paso a paso, el conjunto de desafíos al que nos enfrenta el mundo en el que vivimos. De esta forma derribaremos el muro que ha separado tosca y falsamente a la libertad de la igualdad, redescubriendo la rica amalgama de ideas propias y formas de pensar -críticas y creadoras en unidad radical-, forjadas por tantos héroes, pensadores y estadistas, desde el mismo comienzo de nuestra historia.

 

Luis Alemañy

 

 

* John Rawls (1921-2002), filósofo del derecho, norteamericano, reconocido como el fundador del liberalismo igualitario en el último tramo del siglo XX, a partir de la publicación de su “Teoría de la justicia” en el año 1971.