La campaña del diagnóstico

 

Cuarenta días quedan para el acto eleccionario, son seis las semanas que restan para que la ciudadanía marque la impronta que le quiere dar a su país en el siglo que comienza. La trascendencia de esta decisión, a mi juicio extremadamente importante, no ha coincidido  empero con la actitud de claro escepticismo que se refleja en la gente en sus actitudes cotidianas. Mas allá del fervor partidario, de la cada vez menor militancia frentista y del recogimiento brutal que tuvo para el pueblo blanco la conmemoración del centenario de la gesta saravista, poca cosa más se ha visto desde junio para acá.

 

Esta es una campaña sin Neber, con pocos programas políticos en televisión, en donde  las radios no hacen contrapunto, donde el susto de Vázquez no permite el debate esclarecedor y donde cualquiera puede desdecirse olímpicamente sin tener la réplica sana y correctiva del contendor que marque una incoherencia demagógica.

 

Es una elección donde a todo el mundo le queda claro que hay que cambiar, en donde por unanimidad se recoge la preocupación por los alarmantes indicadores de desigualdad y pobreza y donde todos los partidos priorizan la generación de empleo en sus propuestas electorales.

 

También es la campaña de los insólitos, la de  López Mena financiando al Frente Amplio que hace menos de seis meses lo denunció, por las fotos en la Casa Blanca, de las designaciones en las barbas mismas del Fondo Monetario, del país productivo que pasa por la “choricez” de ponerle detracciones a las exportaciones agropecuarias y últimamente por saber quien de los candidatos sale más en la prensa o como gastar los ahorros previsionales sin pedirle permiso a sus dueños.

 

No se discuten las formas, porque no existen los ámbitos para discutirlas, más que la tribuna de turno, y  porque los que tenemos las propuestas no profundizamos en el debate por estar un día si y otro también, corrigiendo las barbaridades que desde la izquierda se proponen sin la más mínima medición de sus consecuencias prácticas a la hora de ejercer el gobierno al ejemplo de Marenales.

 

Nosotros queremos hablar claro, nuestra responsabilidad generacional nos obliga a ponderar aspectos que hacen al país que heredamos y al que hay que ayudar a salir, toque el gobierno que toque con respuestas que no permitan perder más tiempo.

 

Repuestas para ese casi treinta por ciento de jóvenes que no tienen educación formal, en donde la valorización y modernización de la Enseñanza Técnica puede no solo re incluirlos en la sociedad sino colaborar con el Uruguay del valor agregado y la inversión. Respuestas para una Universidad que la realidad le marca su anacronismo, respuestas para un interior rico en su diversidad que obliga al Estado al fomento del desarrollo local para clusterizar sus distintas potencialidades.

 

Soluciones éticas para nuestra Salud Pública que no pasan por su presupuesto sino por la eficiencia del gasto, soluciones éticas para nuestro Servicio Exterior que debe ser el esclavo de los vendedores uruguayos en el extranjero y  soluciones éticas para un sistema tributario que exige muchísimo más al que nada tiene que al que teniendo mucho nada se le tributa.

 

Confiamos en poder hacerlo, hemos demostrado desaprensión al poner la otra mejilla en los peores momentos de la crisis, nuestro candidato tiene sobradas pruebas de saber ser el timon de un gobierno,  (sino pregunten en Paysandú), nuestro Partido lleva sobre sus espaldas la más pesadas de las cruces que es cumplirle a su legado histórico de búsqueda de justicia y libertad no solo en los homenajes, y a nuestro Uruguay le hace falta la energía y el dinamismo que los blancos le ponemos a las cosas que son de todos.

 

 

Sebastián Da Silva