El
gobierno apostó a que con la participación de las fuerzas armadas, daría por
terminado el revisionismo de la dictadura de hace treinta años.
Tan
fuerte fue la apuesta y tanta fe se tenía el Dr. Vázquez, que salió a la
televisión, con bombos y platillos, a decir que había un 99% de probabilidades
de encontrar restos de los desaparecidos, en cuestión de días.
Perdió
la apuesta por lejos.
Es
entonces que, tal como había amenazado con hacerlo desde el exterior en uno de
sus viajes, aplicó el “plan B”: avanzar
en la derogación de excepciones de la ley de caducidad, con escarnio público y
castigo para los militares.
¿Ponderación?
¿Respeto? ¿Justicia?
Nada
de eso: Pataleta autoritaria e irresponsabilidad en el manejo de la cosa pública en grado extremo.
No
existe ninguna duda que al Presidente de la República no se le hubiese ocurrido
“interpretar” una ley tan especial como ésta si su plan original de identificar donde es que estaban enterrados
los desaparecidos resultara exitoso.
El
panorama que se presenta ante esta tardía vocación inquisidora nos lleva a
transitar caminos que no es necesario recorrer, y, lo que es peor, a un final
poco previsible y riesgoso.
Que
la justicia tome competencia para investigar, con una carga de alta presión
social, y cobertura mediática, sobre temas que dividen aun hoy a los uruguayos,
no parece ser la más inteligente de las estrategias.
Es
que mientras el mundo sigue andando, en lugar de mirar hacia delante y pensar
en el país de los próximos años, el Presidente Vázquez nos embarca en una
aventura revanchista que poco tiene para aportar al mentado “país productivo”,
término tan prostituido y vilipendiado que ya parece incorporado
definitivamente al glosario de lo virtualmente ajeno a la acción de gobierno
del Frente Amplio.
Esta
patética maniobra, no cuenta con la complicidad del Partido Nacional. Es más,
vamos a hacer todo lo posible para que este disparate finalmente no resulte
perpetrado.
Las
naciones modernas no se gobiernan en función de los intereses de ninguna
corporación ni grupo de ciudadanos, y mucho menos en virtud de pasiones
personales, por más que estas sean las del Presidente de la República.
La
Nación somos todos, y sin perjuicio de compartir el lugar común de que los
países tienen los gobiernos que se merecen, entendemos que en este caso, como
se dice ahora, esto resulta ser “muy fuerte”.
Mientras
tanto, y hasta que las urnas vuelvan a hablar, esperando que la próxima vez lo
hagan con mayor sabiduría, a quedarse con el cambio.