A diez años...
Se acaban de cumplir diez años desde que Alvaro
Carbone, tan prematuramente, se nos
fuera de este mundo.
Y quienes fuimos sus compañeros y amigos, a pesar del
tiempo transcurrido que tanto ayuda a mitigar los dolores del alma, no cesamos
de sentir el enorme peso de su falta, de no tenerlo entre nosotros compartiendo
las circunstancias de nuestras existencias, vibrando por la marcha de lo que
acontece aquí y en el mundo.
Es muy arduo y complejo el proceso en el que se
construyen las personalidades de los grandes hombres y es precisamente, como
tan certeramente lo observara José Ortega y Gasset, cuando rondan las cuatro
décadas y media de sus existencias, que se encuentran maduros para comenzar a
brindar los mejores frutos en el ámbito escogido para actuar. Fue al contar
exactamente con 45 años que se produjo la desaparición física de Álvaro
Carbone, pero sabiendo que sus compañeros y amigos ya lo reconocíamos como el
gran hombre que infatigablemente se había empeñado en construir.
Y aunque Alvaro se le adelantó a Ortega, quienes
tanto lo conocimos sabemos de las inmensas potencialidades para acometer las
grandes obras que nuestra sociedad requería y que tan angustiosamente continúa
requiriendo. Tenía plena conciencia del peligroso vacío intelectual que nuestra
sociedad estaba transitando a pasos agigantados y que la mayor pobreza que tan
patentemente ya se comenzaba a mostrar -arriesgando desencadenar a todas las
demás-, era la pobreza de ideas de nuestros hombres públicos.
Como la vida lo ha venido demostrando, ese es el
mejor caldo de cultivo para que emerjan los oportunistas de todo tipo e
individuos sin escrúpulos con desmesuradas ansias de poder, sin preparación
para ejercerlo, medrando con la pobreza y desesperación de la gente. Así fue
como irrumpieron individuos de esa especie en la escena política nacional de la
mano de la derecha a fines de los años sesenta del siglo XX, así como ahora han
retornado de la mano de la izquierda, en esta primera década del siglo XXI, muy
posiblemente como expresión de que, cuatro décadas después, nos encontramos
próximos al fin del ciclo de decadencia de la sociedad uruguaya moderna.
Lo más triste de la desaparición tan prematura de
Alvaro Carbone, es que era uno de los integrantes mejor preparado de nuestra
generación para acometer la inmensa obra de lograr el renacimiento de lo mejor
que nuestra sociedad contiene. No es casual que haya elegido el Partido
Nacional para brindarle toda su inteligencia y enorme humanidad, porque lo hizo
en el momento que, con Wilson Ferreira Aldunate, nuestra colectividad retornara
a ser tan digna, justiciera y libertaria, como lo fuera desde el mismo instante
de su fundación, gracias a los esfuerzos de la flor y nata de los patriotas
artiguistas que independizaran la nación.
Blanca había sido la divisa que como único uniforme,
adornaba las frentes de los patriotas que acompañaron a José Artigas en las
primeras batallas contra los colonialistas, sobre la que Manuel Oribe
inscribiera el primigenio mandato de “Defensores de las leyes” y después
Aparicio Saravia el célebre “Por la patria” -en la última batalla para forjar
los cimientos de la sociedad democrática moderna-, signando también al
movimiento de Wilson Ferreira Aldunate que buscara ofrecer una alternativa
renovadora que mitigara la trágica dialéctica de los extremos y cuya influencia
política se tornara tan decisiva en la recuperación de la institucionalidad
democrática.
De ahí pues que para Alvaro Carbone, ser blanco y nacionalista, era sinónimo de patriotismo, concibiendo al partido político como un instrumento al servicio de la nación en su conjunto, impulsando el diálogo y la construcción con todos los demás compatriotas, sin distingos de partidos o creencias religiosas o ideológicas, uniendo tras objetivos posibles y concretos a quienes a priori se concebían como enemigos irreconciliables. En los años que le tocó actuar tanto en el Poder Legislativo como en el Poder Ejecutivo esa fue su línea de acción política fundamental, regida por el estudio en profundidad de los problemas a resolver.
De manera innata, Alvaro Carbone se comportaba en la
vida pública tal como aconsejara Ortega y Gasset en las últimas líneas de su
magistral “Mirabeau o el político” (1927): “No se pretenda excluir del político la teoría; la visión puramente
intelectual. A la acción tiene en él que preceder una prodigiosa contemplación;
sólo así será una fuerza dirigida y no un estúpido torrente que bate dañino los
fondos del valle. Lindamente lo dijo, hace cinco siglos, el maestro Leonardo: ‘La teoría é il capitano e la prattica sono
i soldati’.”
La existencia entre nosotros de Alvaro Carbone hasta
hace diez años nos habla de las reservas intelectuales y morales que la
sociedad uruguaya aún continúa conservando, a pesar de tantos estúpidos torrentes que batieran y continúan
batiendo dañinos los fondos de nuestros valles. Su ejemplo, de constituirse
en fuerza dirigida, nos alienta para
seguir soñando en que la grandeza política, la ecuanimidad, la magnanimidad, la
prudencia y la amplitud de miras, por encima de los estrechos marcos de los
aparatos partidistas, puedan llegar a gobernar nuestra sociedad para construir,
sin zozobras ni exclusiones, el futuro que se merece y que lo mejor y más rico
de su historia reclama.
Luis Alemañy