De relevos y designaciones
Los
sucesos ocurridos en relación al relevo del Teniente General Carlos Díaz del
cargo de Comandante en Jefe del Ejército, a raíz de reuniones celebradas con
líderes políticos sin haber recabado la autorización correspondiente, presentan
en sí mismos, una serie de aristas y connotaciones que los potencian a la hora
de analizar -aunque sumariamente-, el relacionamiento futuro del gobierno con
la Fuerza de Tierra.
Desde
el punto de vista de los criterios seguidos por el Poder Ejecutivo a la hora de
designar a la máxima autoridad militar, podemos observar tres diferentes en las
tantas practicadas.
En
primera instancia con la designación de Bertolotti se optó por nombrar al
General de la derecha, manteniendo una costumbre no siempre seguida, pero que
no le provocaba rispideces con los uniformados, pues se ceñía a pautas “bien
vistas” dentro de la interna, más allá que el candidato elegido, no reuniera de
pronto la aceptación mayoritaria. Pero
la participación del novel Ejecutivo quedaba
a salvo de críticas en un momento muy especial, ya que se procesaba su asunción
al gobierno, y de esa forma se evitaba toda posibilidad de conflicto por la
designación. Cabe agregar que tal decisión tendría un corto alcance en el
tiempo, en virtud del tiempo de servicio que le restaba cumplir (un año) al
mencionado Oficial General.
Para
la segunda designación, ya con un año en el poder, quizá con mayor conocimiento
de la interna militar, y con la experiencia de haber procesado la elección de
cinco nuevos Generales que se promovieron para cubrir las vacantes dejadas por
quienes cumplían sus tiempos de permanencia en la Institución, se deja de lado
el orden de derechas contemplado en primera instancia, y se elige a un Oficial
General de “media tabla”, salteando a varios colegas que en la lista de
antigüedad en el grado y en la carrera figuraban antes que el elegido Carlos
Díaz. Tal medida provoca el pase a retiro anticipado y voluntario de dos de los
salteados, quienes en notoria discrepancia prefirieron dar un paso al costado.
Es notoria y pública la coincidencia de Díaz y Vazquez en “fraternidades”
externas a sus ocupaciones, pero que los “acercaba” para encarar una tarea
conjunta, particularmente en el tortuoso tema de los derechos humanos, que les permitiera
un tránsito sosegado para uno y exitoso para otro.
Pero
la Hermandad se rompe con la concreción de un encuentro no previsto, y a larga
distancia, el Presidente decide la remoción del cargo del candidato que apenas
unos meses atrás había elegido, llegando así a la actualidad.
Nueva
designación y nuevo criterio. En este caso se opta por uno de los Generales
menos antiguos, con menos de un año de en el grado, salteándose a la gran
mayoría de la lista, y creando con su decisión un ambiente de incertidumbre en
la interna, como consecuencia de especulaciones que tienen que ver con las
actitudes que tomarán con sus situaciones personales todos los que no fueron
tenidos en cuenta para tal nombramiento, (ya se anunciaron dos pedidos de
retiro anticipado), y las consecuencias que de ello se derivan en lo atinente
al reacomodamiento en los diferentes cargos que quedan vacantes.
Al
gobierno todo esto le viene de perillas, porque cuantos más sean los que en una
reacción digna decidan alejarse de la actividad, por considerar lesionadas sus
expectativas profesionales, más pronto en el tiempo tendrá la posibilidad de
contar con una plantilla de Generales elegidos por ellos en su totalidad.
A
esta altura de los acontecimientos cabe preguntarse en una relación costo-beneficio
¿quien salió beneficiado?, y se torna cada vez más disparatada la teoría de eventuales
“conspiraciones” que muchos manejaron.
El
futuro dirá de las repercusiones que este conjunto de hechos operará en el
ámbito militar, y por ende en la nación. Habrá que estar atento para poder
sacar conclusiones válidas.
Sería
buena cosa que la designación de Rosales, un profesional de prestigio, sirviera
para encarar definitivamente una política de inclusión para las Fuerzas Armadas
del presente y futuro inmediato, separándolas definitivamente de la
problemática de los derechos humanos, que ahora sí forma parte de una
generación que no está en actividad, incorporándolas al quehacer nacional sin
resquemores ni desconfianzas.
Si
la acción de mando del nuevo Comandante tiende a la profesionalización de la
Fuerza, preservándola de toda cuestión político-partidaria de la tienda que
sea, y de intereses ajenos a los puramente institucionales, estaremos
asistiendo a un proceso de revaloración de la profesión militar, hoy por hoy
tan devaluada.
Nunca
más que ahora es válido para el
Ejército el pensamiento del prócer...
“Nada
podemos esperar, que no sea de nosotros mismos”.
Nadia
Menéndez