AMERICA LATINA
La tempestad sacude un barco. En la cubierta va un muchacho que, por el impacto, pierde el equilibrio y cae al mar. No sabe nadar. Un marinero se arroja detrás de él. Lo rescata con mucho esfuerzo. Un rato después, en el camarote, el muchacho, aún no repuesto del shock, le dice al marinero: gracias por haberme salvado la vida. De nada, le responde el marinero, pero procure vivirla como algo digno de haber sido salvado.
En ocasiones, América latina ha sido comparada con el muchacho del cuento de Paulo Coelho que no sabía nadar y que, gracias al marinero, logra salir a flote. En otras, América latina ha sido comparada con un barco sacudido por una tempestad. Y en otras, América latina ha sido comparada con la mismísima tempestad.
¿Qué es América latina, entonces? A los ojos de círculos gubernamentales y políticos de los Estados Unidos, no es el muchacho ni es el barco. Es, más que todo, algo así como la causa y el efecto de la tempestad. O, acaso, la tempestad en sí misma si no resuelve aquello que traba ideales compartidos, o declamados, como el fortalecimiento de las instituciones democráticas, la expansión del libre comercio y la lucha contra la corrupción.
En esos tres pilares insistían los hombres de Bill Clinton; en esos tres pilares insisten los hombres de George W. Bush. Cambios no hubo de un lado del mostrador, más allá de que, en una década, sucesivas tempestades hayan sacudido varios barcos y, a su vez, hayan cobrado varias víctimas. No siempre el muchacho ha sido rescatado.
En la remozada visión del marinero, el muchacho debe aprender a nadar. Algunos se preguntan, empero, si el Consenso de Buenos Aires, rubricado por Néstor Kirchner y Luiz Inacio Lula da Silva, es el acta de defunción del Consenso de Washington o, en cierto modo, un salvavidas de plomo. Otros, menos temerarios, se preguntan si la presunta ola antineoliberal encarnada por ambos y por otros, entre los cuales incluyen en forma casi risueña presidentes tan dispares como Ricardo Lagos y Hugo Chávez, significa un cambio abrupto en la carta de navegación adoptada desde las privatizaciones de los años ochenta. .
Los pecados capitales
.Al evaluar resultados, no circunstancias, los banqueros
advierten déficits notorios: calidad de las instituciones democráticas y
gobernabilidad política; corrupción; desigualdad en la distribución de la renta
y la riqueza; bajas tasas de ahorro interno; dependencia del ahorro externo y
apertura escasa hacia el exterior; bajas tasas de inversión en capital físico y
humano, y poca o nula financiación a mediano y largo plazo en monedas locales,
según esbozó José Juan Ruiz, del Banco Santander, en Santa Cruz de la Sierra,
Bolivia, en vísperas de la cumbre iberoamericana.
Los siete pecados capitales de América latina derivan en uno
en particular: la desconfianza hacia nosotros mismos. Agravada con la
desconfianza hacia el exterior. En especial, hacia la política de Bush: jamás
desdijo a Paul O´Neill, ex secretario del Tesoro, por aquello de no destinar el
dinero de los plomeros y de los carpinteros norteamericanos al rescate de
países que, como la Argentina, se contentaban con no haber fomentado las
industrias y las exportaciones.
Lo aplaudió. Y, sin haber creado ni recreado un nuevo
consenso, dejó que el mensaje cobrara forma por sí mismo: maduran o maduran. En
Irak no ha actuado de otro modo, rebatiendo los reparos del Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas (o de México y Chile, si de América latina se
trataba). ¿Le ha ido mal? La mitad de los norteamericanos aprueba su trabajo y
seis de cada 10 ven en él un líder fuerte, decidido y honesto, según Gallup.
Moraleja: sería reelegido si las elecciones fueran hoy, por
más que la mayoría desapruebe el manejo de la posguerra. No nos engañemos,
tampoco: nadie pierde el sueño por ello, sino por las muertes de los soldados
norteamericanos.
¿Quién pierde el sueño por América latina, excepto nosotros
mismos? En el ideario popular norteamericano somos casi idénticos desde Tijuana
hasta Ushuaia: organizamos una fiesta para 50, invitamos a 150 y preparamos
comida para 100; creemos que el jugo de limón cura todo; sospechamos más de la
policía de tránsito que de los asaltantes de caminos; usamos títulos
profesionales (licenciado, doctor, ingeniero) como nombres de pila; llamamos
hermano a un desconocido y desconocemos a nuestro propio hermano; llenamos de
animales nuestras agendas telefónicas (Mono Gatica, Cabrito Fernández, Buey
Gutiérrez, Gato López), y aplaudimos cuando aterriza el avión en el que
viajamos. Y, a propósito, si la fiesta es a las ocho, vamos a las 10 y todavía
no hay nadie. .
El paradigma de la
riqueza .
No nos cierra el paradigma de la riqueza, sin embargo: ¿por
qué Suiza, del tamaño del área de despeje que el gobierno de Andrés Pastrana
concedió a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), fabrica el
mejor chocolate del mundo si el cacao, precisamente, proviene de América, o por
qué Japón y Corea del Sur, agobiados por guerras, aprendieron a nadar antes que
nosotros?, nos preguntamos.
Tal vez porque advirtieron que el progreso iba a venir con
la economía del conocimiento, no necesariamente peleada con la economía de
mercado. Subsanaron de ese modo uno de los déficit, o de los pecados, apuntados
por Ruiz: las bajas tasas de inversión en capital físico y humano. ¿Son seres
superiores? Si lo fueran, un argentino, un brasileño, un chileno o un mexicano
no tendrían cabida en centros de poder de países centrales. Falla algo entre
nosotros para evitarles el sinsabor del éxodo.
Entre los norteamericanos, al igual que entre los europeos,
prima una máxima: ustedes no están condenados a caer al mar. Y esa máxima,
dicen, va más allá de las cuestiones coyunturales, como las señales cruzadas
entre una buena relación con Bush y una buena relación con Fidel Castro en los
casos de Kirchner y de Lula. No deja de ser una rareza, no obstante ello, que
ponderen la democracia y, en forma simultánea, toleren, o endiosen, un unicato
que lleva décadas y décadas de rutina, soslayando a aquellos que han sido
sentenciados a penas absurdas de prisión sólo por pensar distinto y a aquellos
que han sido ejecutados por el mero afán de huir.
Que Kirchner y Lula hayan fundado el Consenso de Buenos
Aires en desmedro del Consenso de Washington (término acuñado por el economista
John Williamson en 1989) no tiene tanta entidad como la convergencia, o el
intento de alcanzarla, en aras de fortalecer el Mercosur con un matiz más
político que económico. O que, puertas adentro, el hambre cero de uno equipare
el crecimiento con equidad del otro.
Por una respuesta política, tanto interna como externa,
pasa, pues, el principio de solución de déficit, o de pecados, que no hacen más
que crear tempestades, como el terrorismo (asociado con el tráfico de drogas),
la inseguridad, la corrupción y la pobreza, entre otros. Tempestades que pueden
llevar al muchacho a perder el equilibrio y caer al mar. Sin que el marinero
responda, por más que, según él, no haya nada personal.