La voluntad popular

 

Todo hace pensar que los cambios operados en la realidad política del país, a partir de las últimas elecciones nacionales, pueden redundar en un benéfico impacto tanto en las propias relaciones políticas, como así también en las relaciones sociales, económicas y culturales de la sociedad uruguaya.

 

Parecería que nos encontramos ante una coyuntura histórica, en la que un amplísimo espectro de la ciudadanía ha emplazado a las dirigencias políticas a llevar adelante el conjunto de reformas que la sociedad uruguaya reclama desde hace cuatro décadas, cuando se produjera la más profunda crisis de ideas en el período que reconocemos como del Uruguay moderno. Mas, para que ello sea posible se requiere que las dirigencias en general y muy particularmente los sectores que detentarán los mayores grados de poder, acierten a identificar las ideas y proyectos concretos a impulsar en el próximo período institucional.

 

Aunque la coalición del EP-FA-NM, sobrepaso el cincuenta por ciento de los votos, es evidente tanto que los uruguayos residentes en el exterior -en particular los que lo hacen en la República Argentina-, decidieron que no hubiera segunda vuelta, así como que los ciudadanos partidarios del conglomerado que viven en el país aunque se aproximan, no alcanzan a constituir la mitad de las voluntades populares.

 

Pero es peligrosamente reduccionista y simplificadora la visión de que la ciudadanía se encuentra dividida en dos mitades, porque en relación a la renovación política y las reformas fundamentales que es necesario implementar, por primera vez en toda la historia se ha producido un consenso tácito que, como mínimo, abarca a las tres cuartas partes de la voluntad popular que se expresara en las últimas elecciones nacionales del domingo 31 de octubre.

 

En relación a esas necesarias renovaciones y reformas, debemos sumar a los votos recogidos por el EP-FA-NM, en primer lugar los del Partido Nacional y el Partido Independiente, así como también una parte importante de los votos recogidos por la candidatura de Guillermo Stirling en el Partido Colorado.

 

Es decir que, desde un punto de vista abierto, lejos del dogmatismo y el partidismo estrecho, se puede afirmar sin ambages que la ciudadanía acaba de establecer un amplísimo consenso tácito, para avanzar en el cúmulo de tareas históricas fundamentales que es necesario acometer, a partir de un fluido diálogo y acción conjunta entre las corrientes ideológicas liberales, socialdemócratas y socialcristianas, a partir de las cuales se forjara el Uruguay moderno y democrático del siglo XX.

 

Resulta obvio que la sociedad uruguaya para lograr avanzar decisivamente en su evolución, debe dejar atrás el cúmulo de falsas oposiciones ideológicas y políticas que han actuado como los más importantes frenos de su desarrollo y que se encuentran entre las principales causas de su involución, con sus secuelas de importantes grados de retroceso en la formación de los individuos, empobrecimiento material en importantes sectores de la población, aumento de las desigualdades y de la desintegración social.

 

La gran  incógnita e incertidumbre del momento actual y del tiempo por venir es si la heterogeneidad ideológica y política de los partidos y grupos que componen el EP-FA-NM, les permitirá a sus principales dirigentes poder encontrarse a la altura de estas circunstancias históricas por las ha comenzado a transitar la sociedad uruguaya. Como resulta imaginable son múltiples y muy trascendentes las interrogantes que desde el 31 de octubre han quedado planteadas:

 

§         ¿Qué peso tendrán los sectores más conservadores del izquierdismo uruguayo, empecinado en sus visiones maniqueas de la sociedad uruguaya?

§         ¿Reconocerán esos sectores que el acceso al gobierno fue posible por el rol determinante que desde su liderazgo se le otorgara para la conducción económica del país al sector renovador, en el mismo inicio de la campaña electoral?

§         ¿Al conjunto de reformas que conduzcan a un nuevo contrato político y social, se sumarán iniciativas dinamizadoras de la economía que se les negaran a las anteriores administraciones, para que esas transformaciones no terminen redundando en un proceso de socialización de la pobreza o de igualación para abajo?

§         ¿La demagogia del populismo, tan preponderante últimamente en la coalición, no será ahora el arma de sus sectores conservadores para estigmatizar y difamar a la dirigencia renovadora, como la forma de combatir la apertura ideológica y política que propicia la prudencia, sensatez, ecuanimidad y racionalidad en la gestión de la nueva administración?

§         ¿Cuál será la táctica de los sectores más dogmáticos e ideologizados de la izquierda para cumplir con su objetivo estratégico de pasar de la obtención del gobierno del país a lo que conciben como el de “la toma del poder” y que nada tiene que ver con la contundente expresión mayoritaria de la voluntad popular y con el propio proceso de evolución histórica de la sociedad?

 

De las respuestas a éstas y a otras tantas interrogantes, dependerán los grados de correspondencia que podremos ir corroborando entre la acción de los principales actores políticos con la expresión de la voluntad popular mayoritaria manifestada en la ultima elección nacional.

 

Luis Alemañy