FORMACIÓN Y DIÁLOGO SOCIAL

 

 

La globalización de las economías y los mercados y como consecuencia la intensificación de la competencia mundial en la medida que aparece un único mercado mundial para una gama creciente de productos, servicios y factores, pone al orden del día la necesidad de coordinar los esfuerzos de las autoridades nacionales y los actores del mundo productivo en materia de competitividad. En forma  creciente cobra importancia  la lógica de las ventajas competitivas frente a las comparativas que se refieren a factores tales como los recursos naturales y ofrecen una mayor rigidez y limitadas posibilidades de intervención. Las ventajas competitivas se basan fundamentalmente en criterios de calidad y se ven afectadas e influidas por las estrategias de las empresas y por las políticas públicas.

 

En términos generales la modernización tecnológica ha permitido aumentar la  productividad. La irrupción de tecnologías intensivas en  información y microelectrónica, facilitaron este proceso. Sin embargo, hoy en día el grado de difusión de estas tecnologías es bastante alto y muchas empresas han venido transitando el camino de las reformas organizacionales, la descentralización, el rediseño organizacional, el trabajo en calidad total y la modernización tecnológica.

 

Los cambios en las empresas no son sólo cambios internos sino también en sus relaciones con la sociedad. La necesidad de adaptarse rápidamente a un mercado mundial en evolución permanente y de sobrevivir a un entorno comercial cada vez más competitivo, difícil e imprevisible obliga a las empresas al aumento constante de la productividad y la innovación, para lo cual es imprescindible contar con recursos humanos calificados y capaces de acompañar estas transformaciones.

 

Pero aún es incipiente la inversión en materia de actualización y desarrollo de los recursos humanos. Especialmente en nuestro país, en donde las urgencias a que deben responder tanto empresas como trabajadores han ido relegando por décadas el tema de la capacitación de los trabajadores en actividad.

 

Los estudios de la OIT en América Latina en los últimos tres años acerca de  la incidencia de las modernizaciones y la reestructuración industrial sobre la gente han evidenciado que la principal carencia para mejorar la competitividad, es la falta de una adecuada capacitación.[1] 

 

Así que, el reto inmediato, en la medida que se realizan esfuerzos tecnológicos y organizacionales  tendientes a mejorar la  productividad y garantizar la competitividad,  es el de actuar decididamente en el mejoramiento del recurso humano.

 

 

La capacitación es un prerrequisito de cualquier intento de mejorar la calidad que, a su vez, se sostiene mediante esfuerzos continuos de capacitación. Muchas veces los deficientes resultados en la producción están asociados a problemas remediables con intervenciones de capacitación en el trabajo que mejoren  el nivel de desempeño de los trabajadores.[2]

 

Las empresas han empezado a reconocer que su principal factor de diferenciación es la gente con que cuentan y el grado de compromiso y aporte que ella desarrolle con su trabajo. Generar organizaciones propicias y promotoras de la innovación y del aprendizaje continuo requiere apoyarse en sistemáticos procesos de capacitación, para contar con equipos crecientemente competentes.

 

Las trayectorias de innovación de las empresas son diversas y en ellas intervienen factores de orden institucional como la cultura organizacional y las relaciones laborales, así como la base de conocimientos acumulados por los trabajadores y el desaprendizaje de las rutinas que han perdido funcionalidad. 

 

El aprendizaje de las organizaciones es un proceso continuo para lograr mayores niveles de calidad, flexibilidad, responder ágilmente a imprevistos y sólo puede lograrse con el involucramiento y la participación activa de sus recursos humanos.

 

Una organización que aprende requiere de trabajadores que aprenden y que son capaces de tomar la iniciativa y responsabilizarse,  tanto individualmente como en grupo, de la resolución de las situaciones profesionales a que se ven enfrentados.

 

 

Formación  a lo largo de toda la vida

 

 


Las transformaciones del ámbito laboral están llevando progresivamente, con mayor o menor celeridad según los sectores y las empresas, a cambios profundos en el contenido de los empleos, en el requerimiento de calificaciones y en la demanda de conocimientos.

 

La constante incorporación de nuevas  tecnologías y los vertiginosos cambios en las comunicaciones, demandan un capital humano en constante desarrollo para lograr crecimiento sustentable, estabilidad e, incluso, sobrevivencia, tanto para los trabajadores como para las empresas y los países. Este continuo desarrollo  requiere un nuevo tipo de aprendizaje, que incremente la empleabilidad en términos de acceso, mantenimiento, movilidad o generación de oportunidades en el empleo y que ya no puede restringirse a una actividad al inicio de la vida profesional de las personas  sino que debe ser un proceso permanente.

 

Formación a lo largo de toda la vida que promueve una trayectoria de permanente desarrollo entre la educación formal, la formación profesional y técnica y  la educación  informal.  Una concepción en la que la educación dura lo que dura toda la vida de una persona y en la cual se vuelven educativos todos los espacios en los cuales transcurre la vida. Este  enfoque de educación a lo largo de la vida  encuentra su sustento, en primer término, en la necesidad de mantener la competitividad en un mundo de productos y tecnologías que cambian vertiginosamente, en segundo lugar, en la rápida obsolescencia de los conocimientos y la desmitificación de las profesiones que conducen a la paralela pérdida de poder y reconocimiento de los diplomas y a la valorización de las competencias reales y, en tercer lugar, a la necesidad de luchar contra el desempleo.[3]

 

En este nuevo contexto sólo se logra mantener un empleo si se tiene acceso constante y repetidamente a oportunidades de formación, formalizadas o no, que sean útiles, significativas  y utilizables en la actividad laboral. Para que la vida laboral  o profesional de los trabajadores pueda desarrollarse, necesita nutrirse permanentemente de conocimientos nuevos y especializaciones pero fundamentalmente necesita de aprendizajes que puedan hacerse efectivos y sean conocidos y reconocidos por las empresas.

 

La formación continua debe ser concebida como un instrumento estratégico para asegurar la competitividad de las empresas y como un derecho individual de los trabajadores, destinado a garantizar su empleabilidad a lo largo de su vida laboral.

 

 Así, el concepto de formación adquiere un significado más abarcador que incluye todas los espacios, modalidades y públicos, y que tiene por objetivo fundamental el de construir la capacidad social, técnica y económica  para proporcionar respuestas formativas oportunas y pertinentes a empresas e individuos que las requieran.[4]

 

La demanda de formación aumenta y se diversifica en la medida que se convierte en una necesidad constante para trabajadores,  empresas y países  a la vez que  se vuelve cambiante al ritmo de los rápidos cambios tecnológicos.

 

 

Los desafíos de la formación

 

A todos los sistemas educativos y de capacitación se les plantea el desafío de mayores demandas de parte del mundo productivo y laboral  (el conocimiento y consecuentemente los recursos humanos, como factores productivos, adquieren creciente importancia para alcanzar los estándares de competitividad exigidos para mantener la viabilidad de cada unidad productiva), pero, a la vez, las distancias entre la información, la tecnología e incluso la cultura de la empresa y la propia de la escuela, se incrementan cotidianamente y a velocidades no registradas hasta ahora.

 

Una de las respuestas de las instituciones educativas y de sus actores es cerrarse y defender sus tradiciones y definiciones, demonizando incluso las transformaciones en la economía y en el trabajo. [5]

 

Otra de las respuestas es abrir canales de comunicación.

 

Se percibe una creciente  convicción de que instituciones educativas y de capacitación por una parte y,  empresas y trabajadores por otra parte, se necesitan recíprocamente; pero, se reconoce que hoy son pocas sus interacciones y que las imágenes y actitudes que ambas tienen hacia las otras, están pautadas por desentendimientos,  estereotipos y en general actitudes de prescindencia.

 

Los sistemas de formación “tradicionales” basados en la oferta, ya no están en condiciones de dar respuesta a las necesidades de formación de empresas y trabajadores. El motor de los sistemas de formación debería ser, fundamentalmente, la demanda y para ello hace falta una interacción fuerte y sostenida entre el sector formativo y el sector productivo.

 

Sin embargo, generalmente la demanda del sector productivo en materia de formación no está claramente explicitada o se refiere a intervenciones remediales más que a un análisis de las necesidades reales que dé respuesta a los problemas del presente con proyección de futuro, es decir que permita desarrollar en los trabajadores capacidades de adaptación y transferibilidad a nuevos contextos organizacionales, tecnológicos y económicos teniendo en cuenta los procesos de integración regional.

 

De lo que se trata, entonces, es de crear espacios e instrumentos que faciliten la interacción, el diálogo y la acción conjunta para fomentar soluciones formativas abiertas, ágiles en sus respuestas y abiertas al futuro, atendiendo no sólo a la demanda explícita del mercado sino buscando identificar las necesidades reales del sector productivo.

 

Participación de los actores sociales en la formación: Alianzas estratégicas

 


Los acuerdos en torno a la asociación para la formación adquieren diferentes modalidades y profundidad en función de las realidades políticas, económicas, sociales y culturales de cada país. Sin embargo, los cambios surgidos de los factores económicos, tecnológicos, sociales y políticos constituyen el motor que guía la búsqueda de nuevas y más cercanas colaboraciones entre el Estado, las empresas, sindicatos y otros actores.

 

En la mayoría de los países la razón principal para el desarrollo de las asociaciones es la preocupación por la actual situación económica y tecnológica en el contexto de competencia global combinada con la emergencia de problemas sociales agravados por el desempleo. SÍ bien estos condicionamientos impuestos por las necesidades sociales y el cambio acentúan la exigencia de asociaciones y de inversión en desarrollo humano, las limitaciones en recursos de los asociados representan un gran obstáculo. Sin duda, lo que conduce al proceso de las asociaciones es esta combinación de mayor necesidad y limitaciones más severas.

 

La existencia de una cultura de la participación -una larga tradición de tripartismo y de negociación colectiva- puede ser también factor clave para el desarrollo de las asociaciones. Tal cultura también puede tener influencia importante en la naturaleza y extensión de la participación en los procesos de toma de decisiones y en la calidad de las asociaciones. Ello también puede condicionar la existencia o no de una representación equilibrada de los diversos asociados (Alemania, Canadá, Dinamarca, España, Irlanda).

 

Los mecanismos institucionales, a través de los cuales los sistemas de formación se desarrollan y operan, son importantes en la determinación de la calidad de las asociaciones formadas. Algunas dimensiones de estos mecanismos parecen tener particular importancia al respecto: la participación de todos los actores involucrados, y particularmente de los empleadores y trabajadores: el grado de autonomía de los mecanismos involucrados; el alcance de la iniciativa local en la oferta de formación a través la descentralización de los mecanismos pertinentes; y el grado de separación entre gestión y determinación de las políticas.

 

El ambiente organizacional latinoamericano y las rápidas transformaciones surgidas, particularmente en la década anterior, como consecuencia de la implementación de las políticas de ajuste, apertura económica y reestructuración industrial, generaron cambios en la conformación de las organizaciones y en la estructuración del trabajo, los cuales han desembocado en la necesidad de transformar el contenido, estructura e intensidad de los programas de formación.

 

Diálogo Social y Formación

 

 


Las transformaciones estructurales de la economía y las empresas, colocan a los actores ante la necesidad de enfrentar una serie de desafíos:  a)  lograr priorizar el factor humano dentro del proceso productivo; b)  darle prioridad a políticas de empleo que sean eficaces en las nuevas condiciones que exigen las transformaciones  productivas; d) contar con instrumentos que sean capaces de analizar los procesos y desempeños laborales en sintonía con la dinámica de cambio rápido de reorganización de la producción; d)  desarrollar relaciones fluidas entre entidades de formación y empresas.

 

Ello tiene consecuencias en la organización y gestión de las unidades productivas y de sus recursos humanos, en la implementación de las políticas de empleo, en las relaciones y negociaciones entre trabajadores y empresarios y entre instituciones educativas y empresas.

 

Estado, cámaras empresariales y sindicatos son, históricamente, los actores protagónicos de cualquier sistema de relaciones laborales. También han participado en muchos países y mediante fórmulas diversas de las instancias de decisión sobre formación. En el caso de nuestro país la participación de los actores sociales en este ámbito ha sido muy reciente y escasa, circunscribiéndose generalmente, a  instancias  representativas en la  dirección de instituciones o Programas.

 

En la actualidad, todos estos  actores se encuentran inmersos en procesos de redefinición de sus roles, tanto el marco de los sistemas de relaciones laborales, como de su propia naturaleza y formas de acción, así como con relación a cómo situarse respecto de la formación.

 

  Las relaciones laborales se han vuelto en cierta medida, más complejas. A diferencia del pasado, donde ciertos temas aparecían como casi resueltos -entre ellos el del empleo- y las materias de negociación estaban más claramente acotadas, hoy los diferentes temas- empleo, tecnología, competitividad, productividad, calificación de la mano de obra, etc.-  no pueden abordarse por separado. A tal punto las relaciones entre los distintos aspectos que interactúan en materia de relaciones laborales se han complejizado y se condicionan, que hoy cobran una mayor importancia  las relaciones entre ellos que los temas en sí mismos. A su vez, los márgenes para la negociación aparecen como relativamente más condicionados por factores tales como el avance tecnológico, la apertura comercial, la integración regional y la globalización de los mercados, sumados a los cambios en las pautas de consumo, etc.

En la mayoría de los países, los actores sociales comienzan a interesarse y participar en la gestión de la formación porque comprenden hasta qué punto ella influye decisivamente en temas que son para ellos estratégicos. El avance tecnológico aplicado a la producción encuentra dificultades y no alcanza sus posibilidades potenciales sin formación. No es posible concebir políticas activas de empleo que no comprendan a la formación. Toda estrategia de competitividad resulta limitada y mediatizada sin la formación. Para responder adecuadamente a las expectativas y necesidades de empresas y de trabajadores, los Estados, organizaciones de empleadores y organizaciones sindicales, no pueden eludir el diálogo constructivo y la implementación de acciones articuladas acerca de la formación.

Por todas estas razones, la formación tiene una gran importancia en el futuro del sistema de relaciones laborales y, por extrapolación, en el futuro del diálogo social. Estamos atravesando momentos de cambios importantes, que todavía no permiten dibujar un perfil claro de lo que serán las relaciones laborales del futuro. Pero lo que sí resulta claro es que estamos en pleno proceso de cambio y que no serán  como las de los años precedentes. En ese sentido, y teniendo en cuenta los procesos que se vienen produciendo en la experiencia internacional,  se pueden identificar algunas líneas  tendenciales, prefigurando unas relaciones laborales mucho más participativas que conflictivas, más basadas en la colaboración que en el enfrentamiento.

 

Pero un sistema de relaciones laborales que desarrolle los mecanismos de participación de los trabajadores y se base mucho más en instancias de colaboración, exige una mano de obra mucho más formada. Por tanto, de cara a la conformación del nuevo sistema de relaciones laborales, hay que resaltar el papel y la importancia de la formación, tanto por su valor en sí misma (dadas las actuales exigencias del sistema productivo y desde el punto de vista del empleo y del desarrollo profesional de los trabajadores) como por su valor instrumental. En efecto, la formación profesional es también necesaria para el desarrollo de las nuevas experiencias de participación que cada vez vienen más exigidas, por el sistema de relaciones laborales, como favorecedoras de dicho desarrollo, constituyendo una "escuela" de experiencias fundamentales para él.

 

Todo ello hace que la formación constituya hoy, sin duda, un elemento central para las estrategias empresariales y clave para el desarrollo de la empresa y de las relaciones laborales.

Por regla general, en todos los países industrializados con economía de mercado, sobre la base de la reflexión y al análisis a que nos hemos referido, puede llegarse al convencimiento de que el sistema de relaciones laborales será cada vez más cooperativo y menos conflictivo. En ese sentido, la experiencia española de los Acuerdos de Formación Continua de los trabajadores, es significativa.

La cooperación, la colaboración, ganarán terreno frente al conflicto, el antagonismo, la confrontación. El sistema tenderá a ser más cooperativo, por tanto, por la nueva dosificación del papel que desempeñará el conflicto y del que desempeñará la cooperación.[6]

 

Relacionamiento de un nuevo tipo, impuesto o exigido por las circunstancias económicas, tecnológicas y productivas y, por otra, requerido por una renovación necesaria de la propia dinámica sindical, en la que los sindicatos deben ganar una nueva representatividad frente a la pérdida de identificación de las mayorías con sus postulados y prácticas “tradicionales”. Para ampliar y hasta conservar su base, las organizaciones sindicales deberán plantearse cómo dar respuesta a las exigencias de representación de los trabajadores, atendiendo a la situación real de los mismos en el proceso productivo.

 

Por otra parte, tanto en el terreno de las empresas como en el de los sectores de actividad y de la economía en su conjunto, empresarios y trabajadores, asociaciones empresariales y sindicatos, deben afrontar cada vez más la conducción conjunta de determinadas materias El caso de la formación continua es paradigmático y particularmente adecuado para experimentar y desarrollar acuerdos y una gestión compartida de las relaciones laborales.

 

Nina Billorou

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] OIT. Oficina Regional para América Latina. Estrategias de productividad y competitividad. Recursos Humanos y empleo en los 90.

 

[2] Vargas Zúñiga, Fernando. 2000.

[3] Silveira, Sara. 2000

[4] Weinberg, Pedro Daniel, 1998.

[5] Lasida, Javier. Billorou, Nina. 1999.

[6] Durán López, Federico.1998