Y LOS LIBRES DEL MUNDO RESPONDEN...
El
pasado domingo ha asumido la Presidencia de la República Argentina, Néstor
Kirchner, luego de que el ex-presidente Carlos Menem abdicara de presentarse a
la segunda vuelta que debía celebrarse el 18 de Mayo.
A
pesar de que en la primera vuelta casi uno de cada cuatro argentinos votara por
el político riojano, las encuestas no le garantizaban que en la segunda vuelta
alcanzara la votación que recibiera en la primera, pero sí le adelantaban que
su contrincante santacruceño difícilmente no tuviera la adhesión de siete de
cada diez argentinos.
A
pesar de que los candidatos pertenecientes al heterogéneo conglomerado
justicialista sumaron casi el sesenta por ciento de los votos en la primera
vuelta, por encima del sentido de oportunidad y sagacidad del presidente
interino Eduardo Duhalde en la definición de las leyes del juego del escenario
electoral, sus profundas diferencias no les posibilitaron concurrir unidos.
Fue
así que la primera vuelta, con sus cuatro primeros candidatos a la presidencia
separados por escasos márgenes, mostró el rostro de una nueva Argentina
caracterizada por la pluralidad y la diversidad.
Pero
lo más importante que esta coyuntura nos ha dejado es que, a veinte años de la
recuperación democrática, los argentinos han mostrado al mundo su apego al
sistema democrático representativo y el aprendizaje político que sus ciudadanos
han realizado en este último tiempo, inmersos en los tan desproporcionados
sufrimientos a los que fueran arrastrados por la irresponsabilidad y frivolidad
de unas dirigencias políticas que la voluntad popular acaba de derrotar.
Prueba
de lo antedicho, se resume, en las siguientes palabras, del novel presidente,
en su discurso de investidura: “El 27 de abril las ciudadanas y los
ciudadanos de nuestra Patria, en ejercicio de la soberanía popular, se
decidieron por el avance decidido hacia lo nuevo. Dar vuelta una página de la
historia no ha sido mérito de uno o varios dirigentes. Ha sido, ante todo, una
decisión consciente y colectiva de la ciudadanía argentina. / El pueblo ha marcado
una fuerte opción por el futuro y el cambio. En el nivel de participación de
aquella jornada se advierte que, pensando diferente y respetando las
diversidades, la inmensa y absoluta mayoría de los argentinos queremos lo mismo
aunque pensemos distinto. / No es necesario hacer un detallado repaso de
nuestros males para saber que nuestro pasado está pleno de fracasos, dolores,
enfrentamientos, energías malgastadas en luchas estériles, al punto de
enfrentar seriamente a los dirigentes con sus representados. Al punto de
enfrentar seriamente a los argentinos entre sí. / En esas condiciones debe
quedarnos absolutamente claro que en la República Argentina, para poder tener
futuro y no repetir nuestro pasado, necesitamos enfrentar con plenitud el
desafío del cambio./ Por mandato popular, por comprensión histórica y por
decisión política ésta es la oportunidad de la transformación, del cambio
cultural y moral que demanda la hora. Cambio es el nombre del futuro. / No
debemos ni podemos conformarnos los argentinos con haber elegido un nuevo
gobierno. No debe la dirigencia política agotar su programa en la obtención de
un triunfo electoral. Sino que por el contrario, de lo que se trata es de
cambiar los paradigmas desde los que se analiza el éxito o el fracaso de una
dirigencia y de un país”.
Es
cierto que el adagio popular de que “del dicho al hecho hay un buen trecho”,
adquiere en estos momentos que viven nuestros pueblos, una dramática y crucial
vigencia. Pero en estas palabras del novel mandatario del país hermano, vibran
la reflexión y la experiencia de una generación muy sufrida que, siendo aún
adolescente, padeció las consecuencias de sobrevivir en una región y en una
época en la que la vida política fuera regida por concepciones ideológicas
irracionales o, mucho mejor dicho aún, verdaderamente demenciales.
Aparentemente,
quien llega a la presidencia argentina es un outsider que, hasta hace pocas
semanas, cualquier observador desprevenido no tenía idea de quien se trataba.
Mas, Néstor Kirchner, con sus 53 años, lleva tres décadas consagrado a la
política activa, registrando una experiencia política importante. Al frente de
la gobernación de la Provincia de Santa Cruz que a pesar de que su población
significa el uno por ciento del total de habitantes de la Argentina, su gestión
ha sido la más exitosas de todas las que se conocen en aquéllas comarcas, sin
que la afectara el flagelo devastador de la desocupación, con el índice de
desigualdades sociales más bajo de toda la región, una obra social que nada
tiene que envidiar a la de los países más desarrollados y un multimillonario
superávit en dólares.
Jorge
Luis Borges decía que cuando Dios creara el mundo, había hecho del territorio
que ocupa Argentina la región más rica de todo el orbe y que después, para
poder llegar a compensar tanta inequidad había creado a los argentinos. Pero
esta es una de las exageradas paradojas a las que nos acostumbrara el escritor
y poeta argentino. Su propia y genial obra desdice la paradoja, porque mucho
más importante que sus grandes riquezas naturales es la riqueza humana que se
ha desarrollado en el país hermano, aportándole a la humanidad las
realizaciones de tantos intelectuales, sabios y científicos a lo largo y ancho
de su existencia como nación independiente. El problema ha sido que esa riqueza
humana que la Argentina alberga ha sido ignorada sistemáticamente por el poder
político, por lo menos desde hace más de medio siglo.
En
los últimos días en la presidencia interina, Eduardo Duhalde no se ha cansado
de repetir el juicio del pensador brasileño Helio Jaguaribe: “La Argentina está
condenada a ser exitosa.”
La
designación de Roberto Lavagna al frente de la cartera de economía, es uno de
los mayores aciertos del ex-presidente Duhalde, porque se trata de uno de los
economistas mejor formados del ámbito académico argentino, con reconocimiento
mundial entre sus pares. Desde hace muchos años pertenece al grupo de los
economistas con pensamiento propio, enfrentado al fundamentalismo de los
seguidores del llamado “consenso de Washington”, inscribiéndose en las nuevas
corrientes que en el mundo de hoy se están abriendo paso, estableciendo una
estrecha alianza entre ética y desarrollo.
Es
decir que la nueva administración, tiene un camino ya iniciado durante la
transición del caos a un nuevo orden cultural, político, institucional,
económico y social que es necesario instaurar.
Bien
sabemos que los grandes problemas y desafíos que están enfrentando las nuevas
dirigencias argentinas, aunque amplificados, son los mismos que tenemos en nuestra
propia sociedad. Será un proceso de largo aliento, pero la experiencia que se
vaya desarrollando en el país hermano, constituirá un importante antecedente
para potenciar las transformaciones profundas que reclama nuestra propia
sociedad.
Es
verdad, cambio es el nombre del futuro, que tan estrechamente se
complementa con el renovarse es vivir que tan
insistentemente nos estampara José Enrique Rodó en Motivos de Proteo.
De
ahí que, en estas primeras horas de la Administración del Presidente Kirchner,
sintamos tan hondamente, esas estrofas del himno patrio argentino: Y los
libres del mundo responden/ al gran pueblo argentino salud.
Luis Alemañy