Si algo ha caracterizado a la sociedad uruguaya desde el momento en que
como tal se transformó en nación, fue
la intención permanente de preservar tanto los acuerdos como los más tenaces
enfrentamientos dentro de parámetros de respeto, de dignidad, y de defensa de
los valores que como decía Max Scheler “
hacen del hombre un hombre ”.
Sostenía el ilustre filósofo” que la diferencia esencial entre el
hombre y el animal radicaba precisamente en la existencia de algo que se
denomina espíritu”.
Ese espíritu que habita en todos nosotros constituye la esencia misma
del valor humano, y consecuentemente deben existir valores que lo estén
nutriendo en forma permanente a efectos de evitar caer en el plano de la
irracionalidad, de la falta de elevación, y consecuentemente del advenimiento
de actitudes, individuales y colectivas,
que conduzcan al deterioro permanente de lo que hace de un pueblo una
auténtica nación con sentimiento de unidad, con bases de identificación, y con
la manifestación de un estilo que asegure la convivencia pacífica, ordenada,
respetuosa, y fundamentalmente libre.
Iniciamos el milenio percibiendo, o lo que es peor en muchos casos no
advirtiendo, que asistimos a un cambio
de estilo, a una forma de pretender resolver los problemas del país, de
defender los intereses de todos los uruguayos, absolutamente errónea, y por
esta vía vamos entrando en el camino de
una miopía que no nos deja ver con claridad, que no todos los caminos son
válidos, que la soberbia y los empecinamientos a nada conducen, y así al
levantar la mira, nos encontramos
frente a una sociedad que parece estar perdiendo de vista cuáles son los
valores, que efectivamente existen antivalores, y que no todo es aceptable por
el mero hecho de que la indiferencia y el “ todo vale “ vayan incrustándose en
la mentalidad de la ciudadanía, y lo que es peor en la percepción que del país
adquieren las nuevas generaciones. Porque estas terminarán perdiendo hasta la
noción de la trascendencia y necesidad de vivir dentro de una sociedad, y ya ni siquiera sabrán lo que es un país, y
lo que es el verdadero sentido de contar con una identidad nacional.
Hoy día, resulta difícil abordar un tema, de mayor o menor trascendencia para el país, sin correr el riesgo de que los hechos
involucrados en el mismo ya se encuentren inexorablemente deformados; por ejemplo, si en este momento se nos
ocurriera incursionar en el tema de la ley de ANCAP, son tantos los disparates
que hemos oído, las contradicciones que nos han alcanzado, que es absolutamente
explicable que cuando los medios de comunicación se enfrentan directamente con
la población, un porcentaje muy elevado de los entrevistados no sólo no tiene
idea de qué va a votar, sino que además no conoce los fundamentos que abonan
una opción u otra, sino que se llega al extremo de no saber que hay
efectivamente un plebiscito el 7 de diciembre próximo, y llega el absurdo a
encontrarnos con gente que ya no sabe que cosa es ANCAP.
Entonces cuando las encuestadoras preguntan, y terminan encontrándose
con elevado porcentaje de indecisos, vale la pregunta de si son indecisos,
desinformados, o sencillamente indiferentes.
Alguien se atrevería a pronosticar un porcentaje de votación si el voto
no fuera obligatorio ... ?
Es válido que un Senador trate de nabo a un periodista ?; es válido que
desde un programa televisivo un caracterizado ginecólogo” pontifique “ sin
adversarios acerca del sentido del sexo ? ; contribuye a algo que un arquero
extranjero incursione en cualquier tipo de tema hasta llegar a cuestionar la
figura del Presidente de la República ?.
Todo lo dicho, no implica que hay que “ conservar “ lo que está y
negarse a los cambios. Porque si alguna virtud tiene el sistema democrático es
precisamente la de habilitar la dinámica del cambio permanente, respetando
todos y cada uno de los derechos de todos y cada uno de los ciudadanos del
país.
El tema está en que nuestra gente no siga descreyendo, y no importa
tanto en que crea. Lo que importa es que reciba los instrumentos adecuados como
para defender el cambio si es que su razón y su espíritu están plenamente
convencidos de lo que defienden. Como válido es que quien no está de acuerdo
con determinados cambios, se sienta
absolutamente libre de poder expresarlo en la forma respetuosa en que debe
hacerlo.
Lo que no vale es el abuso intelectual, lo que no vale es el imperio de
la patota, lo que no vale es que todo el sistema político nacional se
transforme en algo incapaz de lograr los consensos necesarios para la
salvaguarda de los más altos intereses del país y fundamentalmente de su gente.
Y en cuanto a nosotros concierne, y me refiero a los blancos, lo que no
vale es que arriemos banderas que desde los albores de la formación de la
patria misma dieron mérito a la conformación de un partido que se acuñó en las
luchas permanentes por las ideas, por la dignidad, por la libertad, como forma
de construir el país que, aunque sin gobernarlo, lo supo orientar hacia derroteros de fe, de esperanza, y de
respeto irrestricto a las ideas ajenas.
Hoy más que nunca el Partido Nacional debe cerrar filas en torno a su
matriz original, pero sin desconocer que también nosotros debemos asumir un
fuerte compromiso dándole una dura batalla a la hipocresía, haciéndole espacio
al auténtico sinceramiento, entendiendo de una buena vez de que solo unidos
podremos lograr no sólo lo que los blancos anhelamos sino lo que el país
necesita en un momento donde no todos parecen estar efectivamente convencidos
de la urgencia de la hora.