LA
RENOVACION DE LAS IDEAS EN EL PARTIDO NACIONAL
La
Convención Ordinaria del Partido Nacional celebrada en el mes de marzo del año
2002, presentó la nueva Declaración de Principios que emanara del trabajo de su
Comisión Delegada, remitiéndola a la discusión de todas las Convenciones
Departamentales, proceso que se encuentra cercano a culminar.
La
anterior Declaración de Principios data del año 1983 y tanto las ideas como los
postulados en ella enunciados, explican el accionar político del Partido
Nacional en el peculiar y difícil período de la recuperación de la
institucionalidad democrática, durante el último tramo del siglo XX.
Esta es la novena Declaración de Principios en los
ciento sesenta y seis años de vida del Partido Nacional – cuatro se emitieron
en el siglo XIX e igual número durante el siglo XX –, constituyendo el marco
filosófico y político que deberá regir su accionar en este primer tramo del
siglo XXI.
El proceso que culminara con la aprobación de dicha
Declaración comenzó en los primeros meses del año 2001, con el planteamiento de
diferentes dirigentes sectoriales que coincidieron en la necesidad de llevar
adelante un debate de ideas que propiciara la renovación del Partido Nacional.
El Directorio hizo suyo estos planteos y convocó a la Comisión Delegada de la
Convención Nacional para recibir en su seno a los principales dirigentes de los
diferentes sectores partidarios, con el objetivo de recoger sus ideas y
propuestas. Un importante avance cualitativo se produjo en el debate interno,
con la comparecencia en la Comisión Delegada del principal dirigente de Desafío
Nacional, Dr. Juan Andrés Ramírez, en el mes de mayo del año pasado, oportunidad
en la que diera a conocer un extenso documento proponiendo una profunda
renovación de las ideas en la colectividad nacionalista, recogiendo - ya en esa
instancia - la adhesión de los diversos sectores que componen el Partido
Nacional.
Culminada esa primera fase se conformó una Comisión
Redactora integrada con representantes de todos los sectores, con la misión de
elaborar la nueva Declaración de Principios.
Dada
la difícil situación que durante los últimos años vive la sociedad uruguaya y
en particular en el plano político el Partido Nacional, este proceso de
renovación de las ideas puede significar el comienzo de un nuevo período para
esta colectividad política y para la sociedad en su conjunto, en la que tanto
ha incidido históricamente.
En efecto, desde el ángulo filosófico y político, lo
que a partir de este documento plantea el Partido Nacional no es solamente el
camino para su renovación interna, sino fundamentalmente una propuesta
innovadora para la transformación de la sociedad uruguaya, en este primer tramo
del siglo XXI.
Si bien ya en la Declaración de Principios del año
1983 se tomaba distancia de las concepciones economicistas,
en esta declaración se comienza estableciendo en su Introducción Histórica: “En
las últimas décadas se ha constatado una creciente y sostenida tendencia hacia
la transferencia de responsabilidades desde el Estado hacia organizaciones
intermedias o al individuo mismo, a través del auge y promoción de los
mecanismos del mercado como ámbito de creación y distribución de bienes y
servicios, así como asignador de recursos y
oportunidades. En la actualidad, se trata de encontrar un nuevo equilibrio
entre responsabilidad individual, comunitaria y estatal.”
Inmediatamente después, en el primer numeral de los “Principios
fundamentales”, la Declaración precisa: “1.- El fortalecimiento y pleno
ejercicio de la libertad en todos sus aspectos./ Se
trata de asegurar a todos los individuos la forma adecuada de decidir
autónomamente, con libertad plena, la opción de vida que desean seguir. Cada
miembro de la comunidad nacional, independientemente de su origen étnico,
género o credo, debe tener acceso a una vida digna, acorde a sus valores y
creencias, en un contexto de respeto mutuo y adecuación a la norma de derecho./ Abogamos por un liberalismo igualitario y solidario, que
elimine las diferencias entre los individuos derivadas de los orígenes sociales
y su condición económica.”
En el numeral siguiente se reafirma esta concepción:
“2.-
La búsqueda permanente de la justicia como meta social básica, entendida como
la igualdad de oportunidades de acceso a los bienes espirituales y materiales
de esta época. Ello implica un eficaz y sostenido esfuerzo público y
comunitario especialmente en favor de
aquellos sectores más vulnerables y excluidos.”
En primer lugar, estas definiciones significan una
toma de distancia radical de las corrientes economicistas
– mal llamadas neoliberales -, que tanta influencia han tenido en las últimas
décadas en Occidente y en particular en América Latina. Es, a la misma vez, una
adhesión a los nuevos puntos de vista que desde la filosofía del derecho y la
filosofía política, se vienen abriendo paso, entroncándose con las mejores
tradiciones del pensamiento liberal que se ha caracterizado en Uruguay por
haber sido asumido en toda su plenitud humanista, al decir de Arturo Ardao.
.
En segundo lugar y no menos importante, se diseña una
nueva visión del Estado, señalándolo como el principal instrumento para avanzar
en la construcción de una sociedad que sea cada vez más justa, en la que todos
sus integrantes y no sólo los más privilegiados, puedan vivir y actuar con toda
su personalidad y disfrutar plenamente de todas sus libertades y derechos.
Desde
hace algunos años no son pocos los autores y pensadores en Occidente y muy
particularmente en América Latina, que vienen planteando la necesidad de nuevos
desarrollos del pensamiento político que den respuesta a las nuevas
problemáticas de las sociedades contemporáneas.
Hoy
es más evidente que nunca que aquí, en América Latina, no se saldrá de la
pobreza y el subdesarrollo, hasta tanto sus intelectuales y dirigencias
políticas no emerjan con ideas propias de sus realidades particulares y
específicas, dejando en el pasado los sistemas ideológicos cerrados con los que
vivieron durante la última mitad del siglo XX.
En
dicho sentido, la experiencia histórica de Uruguay es un particular ejemplo:
aún antes de su independencia la nación comienza a conformarse sobre los
cimientos de un pensamiento genuinamente liberal, adaptado a la particularidad
de nuestra región por José Artigas; es ese pensamiento el que encarnan los
libertadores de 1825, quienes se transformaron, en su mayoría, en los
promotores de la fundación del Partido Nacional – en su Introducción Histórica,
la Declaración de Principios recuerda que en su nacimiento, en 1836, “al
adoptar el lema “Defensores de las Leyes”, inscripto en una cinta blanca,
homenajeaba a los patriotas Artiguistas que, en 1811,
iniciaron el movimiento emancipador distinguiéndose con divisas de ese color”;
no se puede comprender, en su más profunda dimensión, la construcción de la
sociedad democrática uruguaya en el siglo XX, sin los aportes decisivos de la
gesta por las libertades políticas de Aparicio Saravia
y el formidable esfuerzo intelectual de la Generación del 900, con su pléyade
de continuadores, profundizando y ampliando lo que hoy podemos denominar como
la filosofía uruguaya.
Debemos tener conciencia de que a pesar del período
comprendido entre la última mitad de los años sesenta y la primera mitad de los
ochenta del siglo XX, durante el cuál la sociedad uruguaya vivió un retroceso
sin antecedentes en todo el período de su construcción moderna, fue gracias a
las reservas intelectuales, éticas y morales acumuladas a lo largo de la
historia que se recuperara la institucionalidad democrática y la convivencia en
paz.
Mas, en los últimos tiempos, los
elevados grados de cultura política que alcanzara la mayor parte de la ciudadanía,
no han encontrado correspondencia con el nivel de sus dirigencias. Como ya se
destacara en el Documento Fundacional del Instituto Carbone - el 26 de julio
de 2001 -, las falsas oposiciones políticas heredadas de las décadas perdidas,
han contribuido fuertemente al vaciamiento intelectual de la política; el
fundamentalismo economicista por un lado y el de la
demagogia populista por el otro, así como sus correlativos intentos de dividir
a la ciudadanía en bandos de derecha e izquierda para imponer modelos
reaccionarios de sociedad, han fomentado un acelerado proceso de
desvalorización de la política.
Estas son algunas de las razones por las que es
necesario demostrar que la sociedad uruguaya tiene caminos propios para
construir su futuro, devolviéndole la credibilidad ciudadana a la acción
política como tal.
El formidable esfuerzo intelectual de la Generación
del 900, vanguardizada por José Enrique Rodó y Carlos
Vaz Ferreira, ha terminado siendo reconocido no sólo
como el del nacimiento de la filosofía uruguaya, sino que, en la actualidad, la
obra de nuestros mayores pensadores, a la que se ha sumado la de Arturo Ardao, es valorada mundialmente como una contribución
fundacional a la filosofía latinoamericana y un fecundo aporte a los nuevos
desarrollos de la filosofía universal.
A su vez, finalizado el siglo XX, la sociedad
uruguaya lo transitó prácticamente en sus tres cuartas partes, con la vigencia
de la institucionalidad democrática, haciendo de nuestra experiencia una rara avis en el concierto de las naciones de América
Latina. Mas, si ello ha sido posible no fue por obra del azar, sino que ha sido
el fruto del esfuerzo intelectual de sus constructores, en una denodada y
persistente lucha contra la adversidad, a contracorriente de los tiempos que
les tocó vivir.
Es
decir que tanto por el legado intelectual de contar con una filosofía propia,
esencialmente humanista, generadora de ideas de libertad y democracia, así como
por la experiencia histórica de la ciudadanía, están dadas las mejores condiciones
para desplegar un pensamiento crítico y creador al servicio de la sociedad
uruguaya del siglo XXI, en el mismo sentido que lo señala esta nueva
Declaración de Principios del Partido Nacional, retomando las ideas
fundamentales del documento presentado por el Dr. Juan Andrés Ramírez a la
Comisión Delegada de la Convención Nacional.
La
evolución de las ideas nacionalistas en el Uruguay ha tenido características
muy particulares, en estrecha interacción con la evolución del pensamiento
liberal. A su vez, se trata de un nacionalismo peculiar, que incluye a
emigrantes de muy distintas nacionalidades y culturas. Como enseñara el
historiador Washington Reyes Abadie, para conformar
el uruguayo contemporáneo, concurrieron grupos humanos provenientes de más de
setenta nacionalidades, ubicadas en los más diversos puntos del planeta.
Uruguay y el resto de América Latina aunque, en mayor o menor medida,
predominantemente occidentales, encontramos la principal característica que nos
diferencia del resto del mundo, en el hecho de que el mundo forma parte de
nosotros mismos.
La sociedad justa
Como
también se destacara en el Documento Fundacional del Instituto
Carbone, durante buena parte del siglo XX, las sociedades humanas
estuvieron signadas por la falsa oposición entre libertad e igualdad, con
experiencias que buscaron desarrollar la libertad en detrimento de la igualdad
y otras que intentaron imponer la igualdad conculcando la libertad. El
resultado ha sido que, ni la libertad ni la igualdad han podido desarrollarse
exitosamente cuando una sojuzga a otra, haciendo de la fraternidad la tercera
excluida.
Hace unos años, Arturo Ardao
en su artículo “Liberalismo y liberalismos” - Cuadernos de Marcha, Nº 130, Agosto de 1997 -, en el que formulara
el concepto que citáramos páginas atrás, señalaba: “El liberalismo económico de nuestros días recibe a menudo, de
partidarios y adversarios, el prefijo ‘neo’; vaya y pase, aunque más de una vez
debiera recibir el de ‘paleo’. Se omite en cambio, no menos habitualmente, el
siempre obligado calificativo de ‘económico’, sustentándosele o impugnándosele
entonces, como si fuera por excelencia ‘el liberalismo’. Ni histórica ni
conceptualmente es ello legítimo.” Puntualizando en el final: “El tradicionalmente llamado liberalismo
político (que en nuestro país se remonta a las Instrucciones del año XIII), asumido en toda su plenitud humanista
—como por encima de interpretaciones restrictivas debe serlo— es el único e imperecedero LIBERALISMO sin
más.” (Las mayúsculas son de
Arturo Ardao).
El sustantivo único y el adjetivo imperecedero
con los que Ardao caracteriza al liberalismo son
intrínsecamente justos, contradiciendo a las aves de mal agüero que a través de
los tiempos - ora desde un extremo y ora desde el otro
del fundamentalismo -, han pronosticado su fin. El liberalismo con mayúsculas,
es único
e imperecedero
porque no se trata de un sistema cerrado, sino de un elevado y rico conjunto de
ideas para la libertad, la justicia y la acción. Un conjunto de ideas abierto a
los nuevos desarrollos que cada nuevo período histórico impone - sometido
constantemente a la crítica creadora de la inteligencia -, para impulsar la
evolución humanizada de la sociedad democrática.
El
liberalismo igualitario por el que aboga
el Partido Nacional en su nueva Declaración de Principios, se entronca
directamente con el liberalismo político de José Artigas que le diera su
fundamental razón de ser a la sociedad uruguaya. A su vez, esta renovación de
las ideas liberales contemporáneas, encuentra sustento en los nuevos
desarrollos del pensamiento político que se vienen abriendo paso.
Por
lo tanto, la transformación que propone el nacionalismo nace de la experiencia
histórica, particular y concreta, de la sociedad uruguaya. No se trata de
abogar por innovaciones salvajes que puedan amenazar a las conquistas logradas
por nuestra sociedad a lo largo de su historia – en particular, las libertades
políticas y económicas -, sino que estas innovaciones surgen, precisamente,
como las principales lecciones que brinda el tiempo pretérito y como el camino
más directo para profundizar las conquistas sociales y culturales que el
presente reclama.
Las
nuevas ideas que contiene esta Declaración de Principios están dirigidas a
desarticular las falsas oposiciones que han impedido el desarrollo integral de
la sociedad uruguaya, posibilitando la creación, a partir de la justicia y la
solidaridad, de los puentes que indisolublemente deben unir a la libertad con
la igualdad.
Las
lógicas sectarias de los sistemas ideológicos cerrados configuraron esas falsas
oposiciones políticas. De ahí que sea decisivo superar dichas lógicas, pues
ellas hoy no hacen más que empobrecer a la política como tal, propiciando el
descreimiento ciudadano. Dicho esfuerzo intelectual y político, es imprescindible
para ingresar a una fase superior de construcción de la sociedad democrática, a
la que la experiencia histórica nacional invita a acceder.
La
crisis económica y financiera regional que nos ha conmovido desde hace tres
años - repercutiendo fuertemente en lo social y particularmente en los sectores
más desfavorecidos -, exige la búsqueda de caminos razonables y justos para
salir de ella, propiciando la mancomunidad y solidaridad del esfuerzo nacional, como lo reclama la
peculiar expresión del sentido común de la inmensa mayoría de nuestros
ciudadanos que se manifestara, persuasiva y prudentemente, ante cada coyuntura
adversa que nos ha tocado enfrentar.
En
síntesis, como tantas veces en el pasado, la suerte de la evolución de la
sociedad uruguaya en el comienzo del siglo XXI, tiene
una estrecha relación con la fortaleza y vigor que estas nuevas ideas puedan
alcanzar en esta colectividad política que aunque congrega a una parte de la
ciudadanía, siempre ha sabido otorgarle un lugar decisivo a quienes bregan por
los más elevados intereses del conjunto de la Nación.
Impulsar la renovación de la sociedad democrática
uruguaya contemporánea, para transformarla en una sociedad intrínsecamente
justa, es el principal cometido de la hora actual, como lo propone el actual
proceso de renovación de las ideas en el Partido Nacional.
Luis Alemañy