El compromiso ante los viejos y nuevos desafíos

 

Dentro de pocos días, el 18 de mayo, se cumplirán 7 años desde que, con un conjunto de compañeros, fundamos un movimiento  político al que lo llamamos Desafío Nacional.

 

El nombre pretendía destacar un sentimiento común de rebeldía frente a algunos factores adversos, negativos y hasta condenables, que aparecían en la realidad de los uruguayos en general y de los nacionalistas en particular.

 

En 1996 –recordemos- no se había producido aún la crisis económica que ocurrió  luego en Brasil primero y en Argentina después, con efectos traumáticos sobre nuestra economía nacional .   Nuestro  país se encontraba entonces todavía en la época del crecimiento conjunto reflejado en  las cuentas nacionales (PBI)

 

Sin embargo, las razones que representaban para todos nosotros en aquel entonces un “desafío” motivante y movilizador eran fundamentalmente éticas.  Ello hacía  que se tratara ciertamente de una patología más profunda y de más difícil solución, que las que derivan de meras circunstancias que afectan transitoriamente algún aspecto de la prosperidad y el bienestar de una sociedad o de parte de ella.

 

Fundamentalmente, nos alarmaba la existencia de signos de corrupción política -  que habían degradado nuestro orgullo de nacionalista de pertenecer al partido de  la “honradez administrativa” y de la “dignidad arriba” - y de manifestaciones diversas de injusticia social – que ocurrían pese al crecimiento económico global- que se concretaban en especial en una severa desigualdad en el arranque  entre los uruguayos, según el lugar del territorio o la cuna donde les había tocado nacer.

 

Ambas realidades humanas atentaban contra la moral e importaban el principal desafío que nos aglutinaba entonces y que fue motivo de duras luchas.

 

A ocho años de aquella fundación, los desafíos se han amplificado considerablemente

Es cierto que hay causas de la actual crisis que padecemos –lamentablemente más grave que cualquier otra anterior -  que no se deben a fallos éticos sino a errores técnicos en la gestión de la economía –tanto en el ámbito público como en el privado- y otras causas son ajenas a la voluntad de los uruguayos, por prevenir de la naturaleza o del exterior-

 

Así ocurre, por ejemplo, con  la crisis derivada de la aftosa o la conducta errática de los agentes económicos privados que colaboraron –aún culpablemente-  en el desplome del sistema financiero o con los errores y deficiencias en el contralor por parte del BCU o con la posible omisión del Poder Ejecutivo en no reaccionar a tiempo liberando el tipo de cambio mucho antes del lo que lo hizo.

 

La lista puede ser interminable en esto que, utilizando un término corriente que sirve a los economistas para englobar las cuentas nacionales no contabilizadas, son los “errores y omisiones” de los uruguayos, de su gobierno y de sus agentes privados.

 

Pero la enfermedad  es más seria y por consiguiente, el “desafío” se amplía.

El orden jurídico – nacional e internacional- que rige nuestras conductas individuales y colectivas se revela muchas veces impotente para corregir las desviaciones a la ética y otras veces es cómplice y hasta instrumento de las mismas.

 

En algunos casos por  permisivas o por incautas.

La ley olvidó que los agentes económicos privados no necesariamente actúan de acuerdo con la moral y que el mercado no acomoda ese tipo de desvíos.

 

Adam Smith, que desconfiaba seriamente de la moralidad de la gente adinerada –el Premio Nobel de economía Amartya Sen dice que desconfiaba más que el propio Marx, Lester Thrudow - afirmó que la “mano invisible” del mercado muchas veces se transforma en la “mano de un carterista”

 

Y así nos ocurrió a los uruguayos y todavía –y por  muchos años- pagaremos las consecuencias negativas de tales entuertos.

 

En otros casos es la  propia ley la que provoca la inmoralidad

 

Como hemos dicho hasta el cansancio, en el sistema legal tributario uruguayo los pobres pagan más que los ricos y – peor aún- los fondos así recaudados se gastan en gran parte en beneficio, no de los que no tienen, sino de los que sí tienen.

 

La inequidad existe también en la educación, en la salud y en la seguridad pública, para mencionar solo tres de los cometidos esenciales del Estado.

 

No olvidemos que, absurdamente, la premisa de la doctrina económica dominante en las últimas décadas a nivel universal fue que “hagamos más ricos a los ricos  porque son el motor del desarrollo pues luego la riqueza se derramará sobre los pobres” por lo cual la injusticia era presupuesto del desarrollo

 

También es reñido con la ética, el abuso intelectual que implican las propuestas demagógicas de algunos operadores políticos que aún hoy prometen alegremente rebajas de los tributos y aumentos de ingresos cuando  todos sabemos de la falta de margen que tienen el Estado  y su gobierno para tomar medidas que no generen efectos secundarios desastrosos.

 

En el plano internacional, la situación es de cataclismo

El sistema jurídico que regula la conducta de los Estados, por un lado, fue olímpicamente desconocido por los poderosos y frente a ello no hubo respuesta normativa, lo cual implica la desaparición del Derecho y el renacimiento de la fuerza como razón .

 

Pero por otro lado, el sistema internacional sobrevive para,  cada vez más, regular  directamente la conducta de los habitantes de los países,  pasando por sobre las fronteras y la autonomía del poder nacional

 

Así, el comercio de mercaderías, el de bienes intangibles y el de capitales se regula por normas supranacionales y se vigila por organismo de la misma naturaleza como la OMC

 

Pero las normas, que aquí sí eficientemente se aplican, al contrario  de lo que se supone, privilegian a los privilegiados y ajustan a los países más débiles y a sus  ciudadanos.

 

El resultado general es –obviamente – mucho más provocador para que advirtamos la magnitud del desafío y con él  la necesidad del compromiso, Primero que nada con nuestras conciencias y luego con aquellos compañeros de Partido que crean en estos mismos valores y finalmente con todos y cada uno de nuestros prójimos a quienes nos debemos.

 

Sólo así podremos transformar la realidad y en el esfuerzo conjunto ciframos nuestra esperanza.

 

Juan Andrés Ramírez