LA POLÍTICA AUTÉNTICA
José Ortega y Gasset, en su ensayo sobre Mirabeau –“Mirabeau
o el político” (1927)-, decía que la política auténtica, la política
con mayúsculas, se caracteriza por practicar, simultáneamente, “un
impulso y un freno, una fuerza de aceleración, de cambio social, y una fuerza
de contención que impida la vertiginosidad”.
Aunque la experiencia histórica de la sociedad
uruguaya formara una ciudadanía receptiva de la política auténtica, en las
últimas décadas ella ha sido prácticamente inexistente, exceptuando el período
final de la lucha contra la dictadura y de la recuperación de la
institucionalidad democrática. Mas, es importante resaltar que se trató de un
gran esfuerzo nacional para recuperar lo perdido, lo que la sociedad
históricamente ya había conquistado en la primera mitad del siglo XX y que la
regresión registrada desde fines de los sesenta hasta la mitad de los ochenta,
conculcara durante todos esos años.
Sucede que como los períodos históricos no comienzan
ni terminan de un día para otro, la permanencia hasta nuestros días de fuertes
resabios regresivos, actúan como importantes impedimentos al resurgimiento de
una política auténtica que promueva las transformaciones que nuestra
contemporaneidad exige. Una parte muy importante de esos resabios regresivos se
manifiestan en el escenario político nacional fomentando su división entre
izquierda y derecha. Ese encasillamiento maniqueo y simplificador que
propiciara la ascensión del autoritarismo, en la actualidad bloquea la
evolución de la sociedad, en la medida que se propone la división tajante e
irreconciliable de los ciudadanos.
La
política auténtica, se encuentra dificultada por esas falsas oposiciones que
continúan obstaculizando el desarrollo de la sociedad. Si bien en todo el
período de la Guerra Fría que congelara espiritualmente al mundo, se exacerbó
en América Latina la tendencia a la polarización entre derecha e izquierda,
dicha dicotomía no logró imponerse definitivamente, en Uruguay al menos, ante
la inmensa mayoría de los ciudadanos. De ahí que, continuar exigiéndole al
ciudadano que sea de izquierda o de derecha es subestimarlo, constituyendo una
regresión y un achicamiento de su cultura política propia.
Un
politólogo español, invitado por sus colegas uruguayos para analizar la
coyuntura electoral del año 1999, no salía de su asombro al tomar conocimiento
de las exiguas cifras que correspondían a los ciudadanos que se reconocían como
pertenecientes a la derecha o a la izquierda. Pero en estos años de
posdictadura y posguerra fría, una parte importante de intelectuales y
dirigentes políticos, no han comprendido cabalmente de que ese fenómeno que
asombró al politólogo español, es fruto de los elevados grados de cultura
política de los ciudadanos, conquistados a través de un largo proceso de aprendizaje
democrático y transformación cultural que no se desmantela de un día para el
otro.
Además,
esta tajante división que implica una importante dosis de fanatismo, proviene
de una errónea traducción del verbo être, que en francés significa, a la vez,
ser o estar. Desde la Constituyente del 11 de setiembre de 1789, hasta la actual Asamblea
Nacional, los franceses no son de izquierda o de derecha; ellos están a la
izquierda o la derecha, no implicando a todo el ser, a toda la persona,
admitiendo la posibilidad de movimiento. Si bien nos inclinamos a pensar que el
equívoco original puede ser atribuible al temperamento hispano, los españoles
aunque también son, ellos son de izquierdas o de derechas, reconociendo ciertos
grados de pluralidad. De todas maneras, Ortega y Gasset concebía esta división
como una mutilación de la persona, de hacer individuos hemipléjicos.
Continuando con la misma línea argumental de su padre, hace unos años, en uno
de sus excelentes artículos, José Ortega Spottorno escribió: “Lo más difícil en las democracias es que
exista un partido netamente de derechas o un partido netamente de izquierdas
que no aspiren en el fondo al autoritarismo, a gobernar por decreto o, incluso,
a la dictadura.”
Más del ochenta por ciento de los uruguayos se define
ideológicamente en el espacio comprendido entre quienes se auto identifican
como de centro, centroizquierda y centroderecha, constituyendo una amplia base
ciudadana en la que la política auténtica puede encontrar sustento, tanto para
su impulso como para su freno.
Y es precisamente esa fuerza de aceleración, de
cambio social que impulsa a la política auténtica, lo que
imperiosamente reclama la sociedad uruguaya contemporánea.
Fuerza de aceleración en la erradicación de las grandes injusticias y las
oprobiosas desigualdades actuales, como punto de partida para que todos los
ciudadanos cuenten con la certidumbre que se les brindarán las condiciones de
desarrollarse como personas, constituyendo la condición sine qua non para
impulsar el cambio social que los nuevos tiempos reclaman.
Cambio social que en el mundo de nuestros días se encuentra en
estrecha relación de interdependencia con la necesidad de que los individuos
cuenten con la educación y formación permanente, a todos los niveles, así como
demás servicios básicos que les garanticen desempeñarse en lo que elijan hacer,
libremente, con su vida en sociedad.
Y en relación con el freno, la sociedad
uruguaya registra últimamente una experiencia más que suficiente, pero no para
impedir la vertiginosidad de la fuerza de aceleración del cambio social, sino,
simplemente, como forma de detener la frivolidad de tantos dirigentes políticos
con desmesuradas apetencias de poder y la demagogia que cobija buena parte de
la irracionalidad que continúa conviviendo entre nosotros.